Leyendo el blog El Adarve, de Miguel Ángel Santos Guerra, catedrático emérito de Didáctica y Organización Escolar en la Universidad de Málaga, he hallado una reflexión que me parece interesantísima con respecto a la posible relación entre el “saber” y la corrupción que hoy en día parece invadirnos por todas partes. El profesor Santos se pregunta  cómo y por qué se pone  el conocimiento al servicio del enriquecimiento ilícito, del engaño a los otros, del abuso de poder para propio beneficio, del imperio del mal. Se refiere a que hay mayores posibilidades de que haya corrupción si uno no tiene en cuenta la esfera de los valores, si uno no se pregunta para qué ha de servir el conocimiento…

Nos dice que las operaciones que han llevado a cabo los Rato, los Pujol, los Urdangarín, los Bárcenas, los Roca… no las puede poner en marcha un analfabeto. Esos delincuentes saben más, han estudiado más, han ido a la Universidad, son más cultos, son más listos que la mayoría de quienes les rodean…  Pero en su propio interés. Utilizan el saber para engañar a quienes saben menos, a quienes no ven más allá, a quienes son más confiados,  más ingenuos, más honestos. O a quienes somos menos poderosos, apostillo yo. Lo cual me lleva al peliagudo tema de qué es la educación. Saber mucho no es estar bien educado. Tener mucha información no es sinónimo de ética en el comportamiento, concluye Santos.

Yo creo que en esta sociedad hemos adquirido un tono corrupto a casi todos los niveles, desde los ejemplos que el catedrático aporta más arriba hasta el ciudadano que desempeña la profesión más anónima posible. ¿Quién no se ha llevado folios de la oficina o del colegio a su casa, o bolígrafos, o brochas o latas de pintura del taller…? ¿Quién no ha trabajado sin cobrar el IVA si ha podido, o quién no ha pagado sin IVA? ¿Quién no se ha descargado música o cine de manera ilegal alguna vez? ¿No conocen a nadie que trabaje sin contrato como empleada de hogar o cuidando enfermos? Y nos parece tan normal, y lo justificamos porque los otros también lo hacen o porque las leyes actuales sangran al trabajador precario. Pues esto, señores, es también una forma de corrupción. Cada uno somos corruptos en la medida de nuestras posibilidades, y lo peor es que o lo disculpamos o ni siquiera lo advertimos. Sí criticamos a los políticos por sus excesivos sueldos y dietas, y a los bancos por las comisiones sangrantes que cobran y a las eléctricas y a las compañías telefónicas, incluso advertimos corrupción en La Fiscalía del Estado si no inculpa a personas importantes, o en algunos jueces que parecen medir con rasero diferente a los poderosos; pero nosotros tampoco somos autocríticos ni todo lo honestos que debiéramos. Quién esté libre de pecado… Lo cual no justifica que sigamos siéndolo.

Hemos introducido en nuestro subconsciente colectivo esta forma corrupta de vivir que hoy escuchamos a los defensores de un partido político corrupto esgrimir argumentos a su favor porque los contrarios también lo son (“y tú más”)

¿Y cómo se soluciona este problema? ¿Con educación de valores cuando los valores y el sistema educativo lo dictan personas impregnadas de esta forma corrupta de vivir, por ínfima que sea?

Sólo se me ocurre un argumento: La Ley. Tener la suerte de que algunos dirigentes políticos no corruptos (espero que alguna vez los haya) establezcan leyes bastante duras al respecto, proporcionales al delito, pero para todos, por pequeño que sea el acto de corrupción. Cuando pase el tiempo, quizá generaciones, la Ley habrá calado en ese subconsciente colectivo y sus directrices podrán formar parte de nuestra idiosincrasia, hasta entonces, esperemos que la suerte nos acompañe. Nadie podía esperar que la Ley del Tabaco o la Ley de los toros en Cataluña fuesen a ser tan eficaces como lo están siendo.

La sanción es el único lenguaje que, en este momento social que vivimos, parecemos entender los españoles. Seguro que nuestros nietos vivirán sin corrupción, como lo hacen muchos países nórdicos, para cuyos ciudadanos la palabra corrupción apenas aparece en su vocabulario diario, por su inexistencia. Hasta entonces, leyes.

En el artículo del catedrático Miguel Ángel Santos hay tres ejemplos simpáticos que les aconsejo echen un vistazo; lo pueden consultar en el siguiente enlace.