Al llegar febrero,  inducido por la Presidenta y las instancias en la que ella influye, aparece un fervor andalucista a la cara que, como efímera y artificiosa  señal, en nuestro pensamiento queda lejano a lo largo del año.

            El estudioso Isidoro Moreno ha dicho que sus mentores no explicaron bien a la joven  doña Susana los albores de la Autonomía de Andalucía. Algo de eso debe ser pues ella confunde algo lo que ocurriera por estas fechas y un 4 de diciembre allá por los años setenta en nuestra tierra. No Sra. Díaz, el gentío andaluz, al menos por lo que yo recuerdo y pretendo aclararle, no nos echamos a la calle por entonces con la bandera roja y gualda que usted enarbola con frecuencia, venga o no a cuento.

             Además parece que usted se fija poco en la realidad, pues apenas reconoce la tradición federalista de su vetusto partido. De otra manera habría reconocido la huella nominativa que tal concepción ha dejado en el Comité Federal, que no nacional, donde usted se mide con el señor Sánchez.

            Permítame que le explique lo que pudo hacer mejor hace unos días don Rafael Escuredo, cuando le entregó aquella bandera verde y blanca con la expresiva marca del pintor Genovés. Tanto Caparrós en el 77 como Blas  Infantes en el 36 no murieron por lo que usted pretende a este transido pueblo. Tengo yo también “clavada en mi conciencia … la sombría visión del jornalero… paseando su hambre por la calle del pueblo” como escribiera don Blas.

            También se me ocurre, señora Díaz, que, si su discurso fuera más meditado y sentido, tendría más presente la muerte de aquel joven del 4 de diciembre. Perdone que me pase de sensible al esperar que, al enaltecer la cultura andaluza en la aclamada Natalia Molina por su interpretación en Comida y techo, reconociera el drama de nuestra juventud. Sí, un drama que, sin ser tan negro como una bala asesina sin firma, no es menos triste que la condena a la desesperación y/o al exilio.

            Claro que a la hora de hablar de desesperación, de exilio o de pobreza, tendríamos que compartir el drama mucha más gente. Estoy pensando en Linares y en el “ensordecedor” homenaje que aquí se ha dispensado a Natalia Molina, la citada actriz galardonada linarense. No. No me voy a referir a una posible recepción por las autoridades  municipales, eso sí que la arriba señalada. Me refiero al más sincero reconocimiento que se puede dedicar a una artista: el disfrute de su obra. Aquí habiendo tanto linarensismo, que en esta ocasión parece huero, el reconocimiento a la paisana se ha mostrado con una bastante escasa entrada a la única función programada a las diez de la noche de una fría semana. Yo, que soy muy mal pensado, trato de encontrar explicación al hecho. Sin descartar la cierta desidia del la empresa exhibidora no difundiendo el tirón mediático del goya conseguido por la paisana, pienso en otra causa que nos iguala a los linarenses con la Presidenta de la Junta. Como ella, no nos hemos enterado o no hemos querido, como venimos haciendo desde hace tiempo, mirar de frente el reto colectivo de la profunda crisis de la ciudad que podría echarnos a la cara Comida y techo.

            Tal vez yo estoy errado, como tantas veces, esperando algo de las efemérides. Está claro que,  en Linares como en Andalucía y en el resto del país, no aprovechamos ni la historia ni la cultura como el resorte crítico para afrontar la realidad. En casos de crisis no nos resulta grato mirar nuestra relativa parte de responsabilidad en el naufragio colectivo. Con nuestra postración, otros como la Sra. Díaz  vendrán a acomodarnos a la amarga y denostada realidad que nos propone el IBEX 35.  Ahora…sea.. como por Andalucía libre.. que en España…nos sigamos conformando con los mismos neofranquistas, de ciudadanos algo repintados, regeneradores de la nada. Así en estos días el gentío tan contento a tragar con el explicable consenso del 78, eso sí, ahora recargado de la corrupción más descarada que denunciara el 15M.