Por la vega de Granada

viene un carro chalanero…

(Oropel y campanillas

tintinean en su vuelo

una melodía triste,

sin sonajas ni panderos).

Los caballos llevan prisa,

pero más, el carretero,

que reza mientras camina

rosarios y padrenuestros.

Una pena arracimada

se derrama por el suelo

dejando surco en las losas

del camino ceniciento.

 

Al llegar al Arco Elvira

un gitano enjuto y serio,

apoyado en su bastón

se alza en saludo el sombrero:

¿Dime cañí, dónde vas,

qué dolor traes en tu pecho?.

¡Ay, patriarca, no voy;

sino al contrario, que vengo.

Vengo de Puerto Sanlúcar

de comprar algunos sueños;

abrazos de caracola

y, arpones marineros!

 

¡Qué se me muere mi niña

de un mal que yo no comprendo!

¡Se muere mi niña chica

y no atino su remedio…!

 

 Sus ojos color de chopo

mutan a estanques de cieno,

y al hablar, yergue su rostro

torvo, mirando al cielo;

recitando en letanía

oraciones que en los pueblos,

le fueron dando las gentes

y que él, custodia con celo:

¡Ay, Cristo del Sacromonte…

mi niña se está muriendo….

Haz que termine su mal

y te juro por mis muertos,

peregrinar a tu ermita

de rodillas, por el suelo!

 

 Al llegar al Albaicín

la brisa se torna viento.

Los cármenes se entristecen.

En los pozos y arroyuelos

ya no hay aguas cantarinas,

sino llantos y lamentos.

 

En las fuentes de la Alhambra,

ondean pendones negros,

y las rosas plañideras

presagian un mal encuentro.

Enmudecidas las aves,

bate alas, el silencio;

espían desde sus nidos

golondrinas y vencejos.

…Al tiempo que muere el sol,

un grito, desgarra el velo.

 

Vencido, baja los brazos

humillado, sin resuello.

Rinde su frente, oscura,

en cuclillas hasta el suelo;

abrazado a sus rodillas,

mece así, su desconsuelo.

 

Malograda la esperanza

de un milagro postrero,

por la cuesta abajo, bajan

las lágrimas al infierno;

por la cuesta abajo, ruedan

como piedras, los lamentos.

 

Zigzaguea una navaja…

Todo se tiñe de negro…

 

Sobre un féretro de algas

yacen inermes dos cuerpos.

Mano grande y mano chica

van apretadas, sin miedo.

Tan sólo se oye el quejío

de una garganta de acero,

y un desgarro de guitarra…

 

…retumba en el cementerio.