Ángelus

Un cuerpo yace en la estancia.
Frío. Cal. Huele a nada.

Las plañideras entran
con llanto estudiado, sinfónico,
a llorar al nardo que se ha roto
como el cristal,
a llorar tu muerte no rezada.

Parece un ángel, murmuran,
y sus labios (ruido blando),
entre queja y rezo,
entre asombro y misterio,
tejían alas
para tu cuerpo tierno.

Parecías, o tal vez eras,
eras como un ángel,
huérfano como ellos,
bueno por mandato,
triste por legado.

-Era la hora del ángelus-,
acordaron las mujeres
-y un ángel se lo ha llevado-.

Pero tú no volaste sin manchar
tus alas de sangre:
los ángeles no caen,
ni se estrellan contra el suelo;
ellos tal vez se pierdan
en el laberinto de la eternidad,
pero allí no hay sangre
que diga,
lo que vale una vida.

Allí no hay sangre que grite,
sobre las alas blancas,
que a la hora del ángelus
estamos solos,
siempre solos,
tanto que, en un instante,
las mismas alas que nos sostienen
nos abocan al vacío
y nos abraza el asfalto.
Un nardo se ha roto
como el cristal.

Parece un ángel,
susurran las mujeres,
mientras arreglan tu cuerpo
para el viaje eterno.

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