Escribo estas reflexiones con los acordes de la cabalgata de reyes de fondo. Tal circunstancia  viene a ampliar las tres ideas previas y aledañas que abren el presente escrito. Sí, a la idea de niñez y juguetes -la de juego menos-, se añade la de disfrute público que me habían sugerido tal título. Veamos si es acertado tocar tantos palillos  propiciando la ilusión sin desmerecer el deber para con  nuestras criaturas. Vayamos por partes.

            La niñez parece principal protagonista en esta cabalgata y noche de reyes que cierra las fiestas del invierno en nuestra tradición-religiosa mercantil. En estas fechas, como en el resto del año, resulta muy socorrida la ilusión-ingenuidad infantil para escamotear la ineludible responsabilidad educadora y social del personal adulto para con las criaturas. Tanto el sesgo consumista, la superficialidad más descarnada y-lo que es más grave-las potencialidades educativas del juego, entran sin más en la frecuente evasión más acrítica. Uno lamenta que el alumbrado de navidad no borre los negros nubarrones que se ciernen sobre el povenir de la juventud y la chiquillería ante la desvalida ingenuidad de la misma. Más bien siente uno la pena de cuidar con ternura  del niño que fue para  que-pese a todo- no desaparezca al envejecer, ni al afrontar sin disimulo la realidad social que toca. No es fácil la convivencia inter-generacional  manteniendo la complicidad, fundamentalmente humana, en un ambiente de tanto cambio cultural, social y económico. Será preciso un gran derroche de diálogo, comprensión y creatividad, para salir con bien de este continuado reto, sin esconder la cabeza bajo el ala.

            El juego ha desempeñando, a lo largo de la historia y antes, la función también educadora de preparar a la gente menuda para incorporarse el mundo adulto. Como proceso de socialización ha significado, con distintas intensidad según épocas y circunstancias, tanto los modelos adultos  de familiares como la proyección cultural hacia el futuro. En todo caso el juego es por sí misma una actividad beneficiosa en cuanto que en general propicia  la aceptación del otro/a/s y de las normas que lo regulan o -aun mejor-las que se llegan a pactar. Tanto en la interacción colectiva como en el ocio personal gravitan habilidades y valores contradictorios como cooperación/competencia, sexismo/respeto, esfuerzo/apatía/equidad, xenofobia/racismo/humanismo, curiosidad/ombliguismo, emaptía/rechazo, calma/agresividad, generosidad/egoismo, sedentarismo/dinamismo, …  En función éstos y otros, el juego manifiesta las pulsiones personales y las posbilidades que el grupo y cada cual se dan en sus tiempos. Está claro que quienes tengan una motivación previa competitiva se decantarán por el monopoly, el parchís, las damas o el bingo si se mueven poco. Si tienen más marcha serán carreras, lanzamientos o juegos de equipo o deportes los que primarán. En el caso raro de que haya funcionado la tradición oral, podrán disfrutar junto al gana/pierde de torito en alto, el salto al burro, tres chincas en raya, gallinita cierga,…., del desarrrollo de habilidades del tacto, la memoria y otras. Se me puede tildar -y no sin razón- de nostálgico, de ignorar que esta infancia ha perdido la calle, o de-y tal vez más serio- pesismista por no ignorar el mencionado aciago futuro que venimos propiciando. Quisiera estar errado en mis temores, más no veo a la generación en el poder muy consciente de sus responsabilidades, ni a gran parte de la infancia actual estimulada por las oportunidades creativas y solidarias que, desde la educación y el juego, favorezcan la madurez que incierto futuro les va a demandar.

            Se habla más de juguetes como una posesión que de educación o del juego, actividad que se puede ejercer-como se ha insinuado arriba- sin mercantilización. Quizá vuelvo a exgerar y olvido que, por ejemplo, el acceso a la información y las nuevas tecnologías es un reto ineludible para nuestras hijas o nietos. Soy consciente de esa necesidad, así como de los peligros de sucumbir a ambas, sin el bagaje que les permita manejarse con la autonomía y dignidad de auténtica persona en su proceloso futuro. Repito que no será fácil, pero se me eriza la piel cuando en esta sociedad consumista se tapa la mala conciencia con la caridad que se paga con unas monedas para “ningún niño sin juguetes”. Así se iguala a la humilde persona bienintencionada con el ídolo famoso y mediático de la cultura o el deporte que han convertido el mismo en una lucrativa actividad tan alejada del juego que ya ni recuerdan. A la vez que se entierran las posibilidades reales del juego, se airean modelos sociales que deshumanizan más. ¿Merece la pena seguir así cuando al volver a casa, a pesar de todo, nos puedan repetir aquello de : “papá, mamá, abuela, jo,  estoy aburrido/a”?