“El mar no rechaza ningún río”,  dice un viejo proverbio afgano.

Ojala fuéramos como el mar, que acoge todo tipo de agua para engrandecerse aun más y desarrollarse plenamente. Pero el ser humano no es así, porque a veces le pueden más las pequeñas miserias que las infinitas virtudes que posee.

La amistad, puede que en ocasiones esté en la escala de valores humanos por encima del amor, porque el amor, funciona sin razonamientos y la amistad sí que necesita  presupuestos de razón.

Pero en demasiadas ocasiones, somos terriblemente exigentes con los amigos, cuando esperamos que ellos actúen y se comporten de forma acorde con nuestros puntos de vista o nuestra forma de ver y entender la vida. Solemos pensar que un amigo es aquel que debe de estar obligatoriamente en permanente estado de alerta, para cuando lo necesitamos. Es decir, esperamos de él, algo que nosotros mismos a veces, no somos capaces de ofrecerle. Si queremos y deseamos un amigo, somos nosotros los primeros que debemos adoptar una sincera actitud de entrega, ofreciéndonos, sin pensar que nos lo merecemos todo. La amistad es una actitud  de búsqueda del otro, sin atosigarle, dejándole su libertad, su espacio vital, para que pueda desarrollar su yo, igual que en el amor de pareja.

Pero vivimos en un mundo en el que el sentido de la amistad, lo hemos embrutecido con actitudes egoístas que sólo buscan nuestro bienestar personal, controlando y a veces manipulando, para conseguir nuestros objetivos y a veces nuestros insanos deseos.

¿Por qué el título de “Teología de la Amistad”?  Sencillo.

Teología, es el arte, la ciencia, el estudio  de narrar acerca de lo trascendente  y no puede haber algo tan  culminante como el amor y la amistad.

Ambos conceptos, si no se entienden en sus justos términos, pueden llegar a convertirse en esclavizantes, haciéndonos sufrir innecesariamente, porque existen personas tan superficiales y egoístas, que ven en la amistad un “negocio” en el que se ofrece algo al amigo, con la intención de recoger una desmesurada y desproporcionada cosecha.

Es decir, dando dos, se quiere recibir cuatro como mínimo. Eso no es amistad sino narcisismo y egoísmo puro y duro.

Hay gente que es demasiado buena para con los demás y es claramente observable, que algunas personas, tildan a estos seres tan nobles de tontos. Luego esos que califican así, no son auténticos amigos.

El amigo está presente cuando nadie lo está, sin ser llamado, porque ve la necesidad de estar junto al otro… simplemente para decirle sin palabras: Amigo, estoy aquí, contigo.

Hemos sin embargo, cifrado la amistad sobre todo, en los aspectos materiales y  en pasar buenos ratos, relegando a un segundo plano el saber y querer escuchar, porque esa actitud de empatía, de escucha, poniéndose en el lugar de la persona amiga, es lo más grande que un ser humano puede hacer.

Cuando una amistad de décadas se va al traste y a muchos de ustedes les habrá pasado, se deduce que ahí no había verdadero aprecio, afecto, cariño… porque no había amistad por parte del otro en el sentido que hablo.  Porque el ser amigo, consiste también en  decir a la otra persona lo que a veces le duele, siempre que se haga por su propio bien y no con el ánimo de hacer daño.

“A los amigos, como a los dientes, los vamos perdiendo con los años, no siempre sin dolor”, decía Santiago Ramón y Cajal.

 Pero para mí, quizá, la reflexión más importante, sea aquella que reza:

“La Amistad es como la sangre, que acude a la herida si ser llamada” (Francisco de Quevedo).

 Hermosos tratados se han escrito por los clásicos griegos y romanos sobre este tema que para nuestro provecho personal, deberíamos leer, que desde luego no han prescrito.

“De Amicitia”, “El tratado de la Amistad” de Cicerón, acaso sea algo sublime que merezca junto al “Tratado de la Vejez” la pena ser leído… y por supuesto en cómodos plazos, porque cada página puede ser un elemento de reflexión para semanas, cuando no meses o años. O quizá para toda la vida.