Mi tía Ila se ha ido justo el día de mi cumpleaños, fue la primera tía que me cogió en sus brazos en aquel noviembre cántabro y la última tía a la que he despedido, en el mismo día, en un noviembre andaluz, bastantes años después. Hoy no puedo creerme que no pueda verla más, escuchar sus palabras impregnadas de nuestras raíces, ver su porte elegante y su palabra amable. Hoy, junto a las coronas de sus hijos e hijas y nietas, he querido dejar mi ramo personal y ponerle “te quiero Ila”. Eso me produjo paz porque fui yo la que redujo su nombre, Julia,  en mis primeros balbuceos. Y porque la quiero y ella me ha escuchado. En mi casa, con su recuerdo para siempre, ha quedado un aroma a jazmín. Le gustaban las flores, me lo ha regalado.

No me importa compartir mis cosas y aunque parezca que hago ostentación de mi intimidad y privacidad, no es así, mi privacidad y mi intimidad es otra cosa, mucho más otra cosa, hay mucho más bajo la nata de mi proclividad a la confianza conveniente.  Pero traer a colación esta confidencia tiene que ver con algo de Linares, no suelo dar puntada sin hilo. Diré que con ella se han ido quienes me trajeron a Linares, ella y mi tío, Benigno Arroyo, son “los culpables” de que yo esté aquí, pertenezca a nuestra ciudad y haya dado mi vida y lo que soy a ella. Y además agradecida porque la gente de Linares es la más acogedora del mundo para mí. Yo me he contagiado porque llevo aquí más de 50 años, he echado raíces en mis descendientes, mezcla ya siempre de dos grandes tierras y dos grandes gentes. Siempre quedará algo de los míos en ellos.

Contaré que mis tíos  se establecieron, procedentes del Norte, en la Huerta de Santa Ana, la pared de piedra lo enmarca. Cuando en el Plan Jaén, en el año 56, se pensó poner una fábrica en Linares, el sitio elegido fue la huerta de mis tíos que Linares  y mi tío aceptó, se integró en la fábrica, tenía el número 3 en nuestra historia fabril. Y por eso Santana se llamó Santana. En los años sesenta mis padres, empujados por ellos, decidieron trasladarse aquí. Todo un cambio, toda una valentía, todo un reto que me hizo completar mi educación y una vez terminada mi preparación profesional, también dedicarla al colegio que no podía menos que llamarse Santa Ana. Más de treinta años.  Yo he sido y seré una santanera más, ejercí de ello y fue mi manera de agradecer la acogida junto a toda mi familia. Así que ya se puede comprender por qué hablo como hablo y de lo que hablo.

Santana hace años que no existe más que en el recuerdo, por eso la marcha de mi tía ha significado, además, ese recuerdo de cambio como una emigrante más, que Linares nunca me ha recordado. Pero sé lo que es ser emigrante y sé lo que es pertenecer, confundirte, con quién te ha acogido y transmitirlo a los descendientes con gratitud, no como estos descerebrados carentes de la más mínima humanidad que muerden y matan a quienes les han dado de comer en una de las ciudades más bellas del mundo. Como Madrid que es de todos, París es de todos.

Otro día hablaremos de la situación mundial, de esta guerra que no parece guerra pero es cruenta hasta el dolor más paroxístico. Hoy, junto al recuerdo y amor a los míos, me apetecía dar las gracias de esta forma. Lo debemos porque de todo ello hemos llegado a  ser lo que somos y aunque yo tenía, y tengo, la base, quiero a la maravillosa gente de Linares que me ha hecho ser quien soy con la responsabilidad de merecerlo. Cuando una va cumpliendo años, se da cuenta de todo esto. Y queda.