El caso de Andrea, la niña de 12 años, ha reabierto el debate de la regulación de la muerte digna, de la que es imperativo alcanzar un consenso en nuestro mundo. Existen digámoslo así, como cuatro prototipos acerca de tan controvertido tema:

  • Cesación del esfuerzo terapéutico.  Juan Pablo II se la aplicó cuando renunció a ser hospitalizado al final de su vida y prefirió morir en el Vaticano. Es lo que antiguamente se llamaba eutanasia pasiva.
  • Sedación terminal. Para el enfermo en esta fase, se admite que los fármacos puedan reducir el tiempo de agonía; no es provocar al muerte, sino que el paciente pase los últimos momentos en la situación más humana posible.
  • Suicidio asistido.  Fue el caso del parapléjico Ramón Sampedro, solo que no fue asistido médicamente, sino que él planeó su propia muerte.
  • Eutanasia.  El médico administra una combinación de fármacos a un paciente que lo ha pedido reiteradamente cuando está ya en situación terminal y tiene sufrimiento físico o psicológico.

Controvertido, polémico y por ello poliédrico, es el asunto de la eutanasia que he querido ligar a la eugenesia, conceptos y situaciones diferentes sobre la muerte, la existencia y la calidad de vida del ser humano. Mientras me considero opuesto a la eugenesia , salvo en casos excepcionalmente puntuales, me declaro a favor de los medios extraordinarios – que no es eutanasia, sino evitar el encarnizamiento terapéutico- y defender la calidad de vida evitando sufrimientos innecesarios. Creo que la mejor ley moral sobre la eutanasia, palabra que significa “buena muerte” es la que se deriva de evitar ese insoportable sufrimiento deshumanizante.

Los conceptos de eutanasia y eugenesia ya arrancan desde casi mediados del S.XIX en Estados Unidos y posteriormente en las dos primeras décadas del XX en Europa; la eugenesia es anterior al nazismo hitleriano. Aunque fue precisamente este loco llamado Adolf Hitler, quien puso de actualidad la eugenesia con su ideal de pureza de raza, exaltando la supremacía de la raza Aria por encima de todas. Pero tendríamos que retrotraernos a la clásica Esparta en la que ya niños deformes, no válidos ni deseables para la sociedad de aquel tiempo, eran arrojados por los precipicios.

De película surrealista y de terror ha sido el recorrido del conocidísimo caso de Andrea, esta niña a la que sus padres, en fase ya terminal, llena de sufrimientos físicos, luchaban contra las decisiones médicas, algunas de ellas de autentica locura por su falta de ética, sensibilidad y respeto hacia la niña, cuando la madre suplicaba que la sedaran ante su desespero en el dolor. Triste y desafortunada fue la respuesta de una profesional de la medicina, cuando le espeta a la madre…¿quiere Vd. que su hija se convierta en una yonqui de la morfina? Sólo alguien sin humanidad como ésta doctora, puede dar una respuesta así. Personas como ésta sobran a todas luces en la medicina. Luego entramos en la dicotomía de no querer ayudar en el tránsito a una criatura como Andrea y por otro lado, permitir con nuestra omisión consciente que miles y miles de seres humanos, mueran de hambre en el mundo diariamente. ¿Cómo se puede tener la deshonestidad de criticar y condenar la decisión de unos padres que sólo desean que su hija parta en paz?

La petición de esta madre y de este padre es la demostración de un supremo acto de amor. Yo me pongo en el lugar de ellos y pienso que deben estar pasando un infierno… y lo que les quede después de que Andrea muera, que será la travesía más cruel del peor desierto que se pueda imaginar para estos padres. Cuando nacemos, lo hacemos con una invisible sombra, que es nuestra propia muerte y el miedo de ello derivado; y mientras no seamos conscientes plenamente de esto y aprendamos a lidiar con ello, aceptándolo en su totalidad, no creceremos como seres humanos.

No es el momento para hablar de las teorías darwinistas de la selección natural de las especies, ni de las teorías y postulados maltusianos; es el momento de desaprender de esas creencias que nos limitan y encorsetan, sobre todo, aquellas impuestas mediante dogmas, por las religiones principalmente, que en lugar de liberar al ser humano, lo esclavizan claramente. Y hablando de ayudar a morir, sí que lo estamos haciendo conscientemente mediante una eutanasia activa e irrespetuosa, con algo que manifiesta su dolor de forma no humana: estamos destruyendo el planeta, estamos asesinando gradualmente todos los signos de vida que hay en él, como es el Ártico, el Amazonas y mientras, paradójicamente, nos alegramos (y ha de ser así) de haber encontrado a gua en Marte, un agua que nosotros estamos haciendo desaparecer en el planeta Tierra, cuando debiera ser nuestra función y misión, discurrir por el largo cauce del rio, para desembocar en el abrazo definitivo en ese Mar Cósmico al que Andrea se dirige por fin con paso decidido, gracias al infinito Amor de su Madre y de su Padre.