Cuentan que un ladrón, se disponía a robar una caja fuerte. El dueño de la caja, había colocado un letrero que decía: “Sr. ladrón, no la fuerce  ya que  basta girar el pomo y abrirla”  Así lo hizo el caco pensando que el dueño era un imbécil. Cuando la abrió, dos sacos con piedras que colgaban del techo, unidos al mecanismo apertura, cayeron sobre él dejándolo inconsciente, al tiempo que sonó la alarma, lo que permitió detener al ladrón.

El dueño de la caja, fue a visitarlo al hospital identificándose. Y el ladrón le dijo: “Vaya faena, jamás volveré a fiarme de ningún humano, porque son todos unos canallas embusteros”. Muchas veces criticamos y condenamos de los demás, lo que nosotros no somos capaces de hacer ni de dar.

Quizá una manera de ver nuestros errores, consista en “percibir” qué es lo que nos indigna de los demás, porque esa irritación frente a los comportamientos del otro, acaso nazca de nuestra propia intransigencia, pensado estar en posesión de verdades absolutas e incontestables.

Yo que soy un ladrón, me molestan los comportamientos defensivos de los demás, ante mi desgraciada y dañina forma de vida.

Y mientras etiquetamos negativamente a los demás, la vida se nos va escapando de entre las manos sin ser conscientes de ello.

La falta de autoestima y nuestros errores, sean posiblemente lo que nos mantenga alejados de saborear nuestra vida, porque  preferimos verter sobre los demás, nuestras propias  carencias y frustraciones, para así olvidarnos de nuestros fracasos, utilizando el ventilador para esparcir esas miserias sobre el otro.

Hemos de desaprender, olvidar esas creencias que nos limitan, que nos encorsetan. Y si lo hacemos, eso nos llevará  a comprender que todo lo que nos rodea, tiene un sentido y un para qué y que nunca debemos olvidar, que aquello que buscamos fuera, no está fuera, sino en nuestro interior;  porque la búsqueda espiritual, en su amplia dimensión humana, es un encuentro con uno mismo, para incardinarse en el mundo.

Y si llegamos a ver esto, entonces ya hayamos dado un paso para el despertar a una realidad, que debiera  estar hecha no sólo de palabras, sino de hechos coherentes y consecuentes con las mismas palabras.

Mi verdugo soy yo mismo, mis temores son esa fiera y si veo esto, es cuando tengo que aprender a luchar contra  mi sombra, mis miedos y mis rencores, que es lo que me ata y encadena.

“Ni tus peores enemigos, te pueden hacer tanto daño como tus propios pensamientos” dijo Buda.

¿Cómo es posible que la espiritualidad, el idealismo, la nobleza, el altruismo, la afectividad, la empatía, que es lo que debería definirnos  como humanos, los hayamos dejado fuera de la ecuación de la vida?

Si llegamos a despertar, comprenderemos que lo más sutil, es aquello con lo que nos encontramos en esta vida muchas veces sin apreciarlo.

Un labrador, intentaba comprender el sentido de la existencia cada tarde en las puestas de sol; pero sólo veía el sol, las nubes, el cielo y el horizonte de la tierra…  no comprendía que ese sentido que buscaba, no eran una “cosa” sino una forma especial de mirar para poder ver.

Y ese ver, nos tiene que llevar a aprender a desaprender para volver a aprender de nuevo, porque las creencias metidas a calzador, sin ser cuestionadas, tamizadas, analizadas,  esclavizan a las personas y las empequeñecen.

El odio, el rechazo a los demás, nos hace más daño a nosotros mismos, que a quienes odiamos, porque ese odio, se queda dentro de nosotros minando nuestro interior, alejándonos de la felicidad y volviéndonos cada vez más inhumanos.

Quizá las serpenteantes gotas de lluvia en un cristal, sean como el sinuoso camino de un ser humano, que ha nacido para caminar con la brújula de la esperanza, el amor y la utopía, sabedores de que cuando lleguemos al final del sendero, nuestra conciencia nos preguntará cuánto hemos amado… Porque al final del camino siempre nos encontraremos con nuestra  conciencia, por mucho que queramos adormecerla.

Hay palabras mágicas y poderosas: lo siento, perdóname, te perdono, gracias, te quiero. En el momento que empiezas a borrar memoria negativa, sientes como si te hubieran quitado un peso de encima.

Servidor suele decir cada día, cuando voy a mi panadería: ¡Buenos días. Feliz Navidad!. La gente se  vuelve y me mira riendo. Las panaderas: Antoñita, Mari y Mónica, que saben de qué va la cosa, riéndose me responden igualmente: ¡Feliz Navidad, Juan!

Mucha  gente se va pensando que es una broma,  porque acaso no hayan caído en que Navidad, es cualquier día del año, en que nos acercamos a un ser humano para llamarlo hermano y lo tratamos como hermano.