Hace unas semanas refería un suceso, en un establecimiento comercial ante el que me pronuncié, según mi leal saber y entender, para que lo que creí humillante no se repitiera. Hoy he de  ocuparme de otro incidente, distinto pero igualmente intolerable, habido en  mi entorno familiar en un hospital público. Así que, por la misma regla de tres que entonces reprobé los hechos y difundí mi protesta por lo que entendí injusto, hoy reincido. Puede que esté errado, pero entiendo como acto cívico el de ayudar a quitar las piedras o entuertos del camino que la ciudadanía que nos sigue seguiría sufriendo. Trato de explicarlo.

Mi hermana, profesional de la sanidad en otro lugar, nos comentaba afectada la actitud deplorable en el cuidado con nuestro familiar, y altanera con ella, por parte de una auxiliar de enfermería. Relataba que, al contrario que en otros turnos, esta sanitaria le hizo salir de la habitación, pese a haberse identificado como acompañante de un enfermo afectado de escaras y otras complicadas circunstancias. Concluido su cometido, cuidando la intimdad del enfermo ante la propia familia pero no ante otras personas en un trámite burocrático, mi hermana observó el reflujo de sangre en un vial y alguna anomlía más. Al hacer constar esta situación a la auxiliar sanitaria y a la celadora que la acompañaba, ésta última se desmarcó diciendo que ella no era partidaria del desalojo y que había advertido a la compañera que debían haber notificado en enfermería la situación del vial y de las escaras. Luego presentó disculpas por seguir adelante con ese descuido. Por el contrario, la auxiliar mantuvo su actitud altiva sin reconocer error alguno en su proceder. Como familiares mantuvimos una conversación con dicha señora solicitando que mejorara el trato, lo que se mostró cuestión imposible. Acabamos diciendo que hablaríamos donde correspondiera. Ante tal anuncio, ella nos avisó de que iría antes “a abajo”. Nos sorprendió que, quien entre sus explicaciones  sobre su trabajo mencionó la escasez de personal, no encontrara obstáculo para ausentarse del mismo sin más. Averigüé que el cauce de primera queja era la Supervisora de Planta. Solicitado su contacto, me advirtieron que se la habían hecho saber y que me atendería en cuanto su ampliado trabajo en otra planta se lo permitiera. Pasadas dos horas sin que la señora Supervisora apareciera, pasé al siguiente escalón: una amable Trabajadora social que en un periquete propició la atrasada entrevista. De vuelta a la planta de los hechos, la Supervisora me esperaba en el pasillo. Al empezar a narrarle nuestra versión de los hechos, apareció la mencionada auxiliar con la intención de refutar lo que pudiera desviarse del informe que ella ya había hecho. Miré extrañado a la Sra. Coordinadora y le pedí a la recién llegada que, ya que no nos íbamos a entender, que no interfiriera más en mis entrevista. Al no encontrar apoyo, la señora se marchó. Tras lamentar el mucho trabajo de la Supervisora, que sin embargo no había supuesto obstáculo alguno para la pronta atención a la persona origen de la queja, relaté con detalle los hechos ya citados y alguno más, como su brusquedad sobre ausencia de toallas. Ella se ofreció a hablar con la Sra. Auxiliar para que mejorara su práctica. Yo le pregunté que si de su convesación quedaría un reflejo patente, a lo que ella me respondió que no habría nada escrito. Sintiendo vergüenza ajena, agradecí su forzada atención.

Pensé en la lucha cómplice de tantas personas, trabajadoras y/o usuarias de la sanidad pública han emprendido en este país en contra de la privatización y de los recortes en la salud. Esa misma abnegación la veía allí en la inmensa mayoría que trabaja con sensibilidad,superando los inconvenientes de recortes y otros sinsabores, en beneficio de los desvalidos trabajadores-enfermos.  Recordaba esas mareas blancas como superación solidaria e inteligente de los mezquinos egoismos que, aun en pequeño número, deterioran tanto como los recortes, nuestra sanidad pública. Lamentablemente aun encontramos a personas que no entienden como una satisfacción honrosa la de servir a los demás para que el conjunto podamos tener una vida digna. Hay quienes entienden  que haber accedido a un puesto estable (como debiera ser mientras se desempeñe bien). Otro tanto podría decirse de quienes, sintiéndose personas a atender, no respetan a quién le atiende como debe.

Así que, en beneficio de la sanidad pública, tanto de quienes la sirven con eficacia como de la ciudadanía en general que la necesitaremos, hice la oportuna reclamación. Espero que así, esta piedra,  para el desprestigio de unos o para la humillación o sufrimiento de otros, estorbe menos en el caminos de todos.