En estos años se lee mucho entre otros, a un filósofo polaco, Zygmunt Bauman,  creador de un término  que es más profundo y real de lo que parece: la llamada “modernidad líquida”.

Bauman, reflexiona sobre los valores de la modernidad que construyeron la cultura europea, basada en los ideales de la revolución francesa, esto es, la libertad junto con la justicia y la igualdad. Pero ¿qué queda en la sociedad del bienestar de esos grandes principios que construyeron las democracias occidentales, sólidas, laicas, igualitarias? ¿Qué queda en la cultura popular de estos principios? ¿No se está imponiendo una cultura blanda, acomodaticia, comodona, sin ideales ni horizontes utópicos? ¿No vivimos en Europa una cultura de “usar y tirar”, de precocinados morales y éticos, de relaciones humanas frágiles, líquidas, vulnerables?

Bauman utiliza los conceptos de modernidad sólida y líquida para caracterizar lo que considera dos caras de la misma moneda.  “En su libro Vidas desperdiciadas: La modernidad y sus parias” nos habla sobre la producción de “residuos humanos” —más concretamente, de las poblaciones ‘superfluas’ de emigrantes, refugiados y demás excluidos— como una consecuencia inevitable de lo que muchos entienden por modernización.

Plantea que en la modernidad líquida, las identidades personales son semejantes a una costra volcánica que se endurece, vuelve a fundirse y cambia constantemente de forma. El autor plantea que éstas parecen estables desde un punto de vista externo, pero interiormente, aparece la fragilidad y el desgarro constante. Pero cuando alguien cambia ante una realidad que no le gusta, esta persona es rechazada, porque es considerada extremadamente molesta y radical por el “sistema”.

Según sus planteamientos, en la modernidad líquida el único valor es la necesidad de hacerse con una identidad flexible y versátil que haga frente a las distintas mutaciones que el sujeto ha de enfrentar a lo largo de su vida, como el camaleón.

Entiende Bauman, que la felicidad se ha transformado, de la  aspiración ilustrada para el conjunto del género humano, en un deseo exclusivamente individual y egoísta.  Porque si la felicidad puede ser un estado, sólo puede ser un estado de excitación espoleado por la insatisfacción. Y en este sentido, el exceso en los bienes de consumo nunca será suficiente.

En la modernidad líquida, las relaciones humanas se convierten también en amores líquidos. Amores de “usar y tirar” y que sólo me son útiles si me proporcionan felicidad individual y satisfacción a mis necesidades más inmediatas y primarias. Tal vez, el fracaso de muchas parejas pueda relacionarse con esta cultura de “amores líquidos”, en la que la paciencia, el diálogo, la mirada profunda a los ojos, la sonrisa, el detalle, la construcción de una vida común, orientada hacia valores sólidos abiertos a la solidaridad con otros, no entra en nuestra nómina personal.

Recientemente  Reyes Mate, en su obra “La piedra desechada”, nos dice que uno de los conceptos más corrompidos es el concepto de compasión ante el dolor, visto desde la perspectiva del poder. Porque compasión es acercarse al otro para convertirnos en seres dignos y morales. Es sufrir con el otro, sufrir por el otro. Hemos construido un mundo líquido  en que las palabras amor, autenticidad, honestidad, no existen para muchas gentes.

El olvido mata pero la memoria es vida. El progreso está lleno de violencia sólida y sin memoria. Quien sufre, está en el punto de partida de la búsqueda de la  verdad.

Hace poco veía un reportaje sobre los niños de Gaza, que salvando las distancias y las causas, es la soledad y la injusticia que también sufren los niños saharauis.

En estos, como en otros países, es necesaria la paz, pero una paz sólida, porque la paz líquida (la concebida para salir del paso) supone el olvido de la injusticia cometida y olvidando la injusticia, estamos preparando una nueva guerra. Somos  una sociedad que ha olvidado a los pensadores, a los filósofos, a los humanistas y esto lo hemos sustituido por tertulianos televisivos, superficiales y más adaptados a lo que queremos oír, porque nos molesta que se cuestionen las verdades que creemos o que nos han hecho creer inmutables.

Y en esta Europa líquida, el motivo del rechazo hace décadas, a aquellos campos de exterminio nazi, que supusieron la creación de la UE ya parece haberse diluido, porque esos motivos también se han hecho líquidos. Y porque el egoísmo, el odio y el miedo a lo distinto, se ha hecho sólido. Hoy  se ha olvidado la generación de políticos que hace décadas, pensaron de una forma ilustrada  en la creación de una Europa unida por sus cimientos, para llegar ahora a adorar al dios Euro.