¡Cuán largo me lo fiais amigo Sancho!…. No, el amor y el respeto no están de moda. Y cuán larga una vida, sin algo que quisiéramos eternizar aquí y en el “otro lado” para quienes crean en él.
Quienes tienen sentido de trascendencia del ser humano ¿se han preguntado qué cosas, personas, situaciones, momentos en que han sido felices… les gustaría eternizar?
Anthony De Mello, ha aportado
muchísimo desde el punto de vista literario y filosófico a la reflexión personal. Una obra ingente, que
humildemente recomiendo a todo el que quiera vivir en la búsqueda de los valores humanos, así como las obras del estoico Marco Aurelio, emperador romano, con sus “Enseñanzas Espirituales”. Sólo por citar a dos grandes moralistas no demasiado conocidos desde el punto de vista del pensamiento.
Cuenta De Mello, que… “Un día, el Maestro de Meditación, tras unas reflexiones, mostró a sus discípulos una flor y les pidió que la observaran detenidamente y después hablaran sobre ella.
Un discípulo elaboró una teoría sobre la botánica, otro hizo un poema sobre la flor, otro hizo una disertación filosófica. Un cuarto discípulo, se limitó simplemente a mirarla y al cabo del rato sonrió. Sólo él “la había visto”. El Maestro, que todo lo había observado, dijo a los discípulos: Os he ofrecido una botella del mejor vino (refiriéndose a la flor), y tres de vosotros os habéis limitado a leer la etiqueta, sólo el último se ha atrevido a probarlo. Pues sabed una cosa: Jamás nadie podrá felizmente embriagarse a base de comprender intelectualmente la palabra “vino”.
En demasiadas ocasiones pasa la vida por nosotros, sin ser conscientes de ella, cuando debíamos ser nosotros los que pasáramos por ella, no teorizando sobre la misma, no definiéndola, sino saboreándola, disfrutándola. Y nos ocurre en todos los campos y el más importante con las personas.
Sonríe, lee, huele, toca, contempla, escucha, discierne.
Tendemos demasiadas veces a etiquetar a los demás, porque hemos echado sobre ellos una mirada superficial. Se mira a la gente superficialmente, porque a estas alturas, la humanidad se ha vuelto deshumanamente egoísta, ha perdido la capacidad de dedicar su tiempo a los demás. Nos topamos con alguien en la calle y tras una breve e intranscendental conversación decimos: ¡Venga, nos vemos! Conscientes de que no haremos por vernos después. Y esa superficialidad hace que enseguida coloquemos la etiqueta a los demás, quizá también por miedo a que esas personas entren en nuestro interior sin que nos demos cuenta y nos puedan cuestionar, cambiarnos la vida, una vida en muchos casos, desordenada espiritualmente (no hablo de religión, sino de espíritu), pero con la que creemos ser felices, cuando en realidad estamos alienados, drogados, vacíos. Porque al final, siempre resultamos ser “fabricantes de etiquetas para los demás”
Basta crear un bulo sobre una persona para hundirla personal y socialmente y aunque después se demuestre la falsedad de ese bulo, la imagen y el honor de esa persona, quedará manchado para siempre.
¿Nos hemos parado a pensar que esta insana, inhumana e incalificable actitud, es una forma de matar a otra persona?
Un día un hombre, pidió el traslado de una empresa a otra, porque estaba perseguido por sus jefes. No caía bien a alguien de la dirección.
Cuando llegó, a la nueva empresa, percibió actitudes como de desconfianza hacia él. Pasaron seis meses y uno de los jefes lo llamó a su despacho para felicitarle por su rendimiento y comportamiento con los demás.
Después de felicitarle, el jefe admitió que estuvieron meses influenciados por la dirección de la empresa anterior, porque le habían dado un informe malísimo respecto a él, como trabajador y como persona.
A lo que el buen hombre dijo: Mi actitud en esta empresa durante estos seis meses es mi verdad. Este soy yo, y sólo tienen que seguir observando, y si miento con el tiempo se podrá ver, podrán despedirme libremente.
Ya a este hombre otros se habían encargado de “fabricarle una etiqueta”
Calumnias, falsos testimonios, juicios temerarios, juicios de valor y no juicios de hecho, traiciones de amigos…. ¡Ah, aquellos que creemos amigos nuestros!
Es muy fácil destruir a una persona, que necesitará después toda una vida si le quedan fuerzas ante esa infamia, para renacer de nuevo de sus cenizas.
Quien actúa así, tiene la sangre negra, podrida y todo lo que toque quedará manchado, contaminado.
Pero estos “etiquetadores”, no saben que la vida es muy justa y que el tiempo, es el mayor aliado contra las injusticias y pone a la gente y a las cosas realmente donde deben estar.
Luego, estos miserables, viven una vida de soledad que ellos mismos se han buscado, acusando al mundo de sus desdichas.
Porque al fin son… ¡Fabricantes de etiquetas! Oficio siniestro, por cierto.











Ay, Sr. Parrilla, como siempre la viga en el ojo ajeno y la paja en el nuestro
¿No será al contrario?
¿Podrías explicarte mejor?…….Es que no sé muy bien lo que quieres decir……..Soy así de tonto, que le vamos a hacer…….
Igualmente se ve el Sr. Paco retratado en el artículo del Sr. Parrilla y por eso le contesta así. Quien sabe.
“¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo”, tú que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Lucas 6, 41-42)
¡Se dice al contrario!
Sr. Ciudadano X, observo que sabe buscar en el NT y le voy a relatar una antigua leyenda:
Cuando Jesús, entregó su vida en la Cruz, descendió inmediatamente a los infiernos y antes de subir al Cielo liberó a todos los pecadores que allí ardían.
Y el demonio se afligió y lloró, pensando que ya no conseguiría más pecadores para el Infierno.
Entonces le dijo Cristo: «No llores, que Yo he de enviarte a todas esas santas personas que se complacen en la bondad de su santurronería y en la condenación de los demás.
Y el infierno se llenará de nuevo durante generaciones hasta que decida Yo, regresar de nuevo»
Un rato después de leer y de saborear este artículo veo en él la experiencia en la vida y su reflexión profunda sobre las relaciones que tenemos en esta sociedad occidental, donde se destejen las redes de solidaridad para tejerse otras diferentes en las que el individualismo y la superficialidad ganan la partida. Si bien, Sr. Parrilla, creo en la bondad humana y en que cuando recuperemos valores como la solidaridad y cualidades como la empatía estaremos todos y todas capacitados para dejar de mirar a los demás para comenzar a verlos. La vieja frase de «no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a tí» resume muy bien la idea de su artículo, si la aplicásemos no existirían esas etiquetas ni sus «hacedores».