La lectura, el lenguaje-comunicación en general, ha sido y es uno de los asuntos a  que- más allá de mi pasado docente- mayor esfuerzo, curiosidad y pasión he dedicado. Ya desde bastante joven me maravillaba poder conocer lo que Sócrates pensaba y que Platón nos ha transmitido. También, en su momento, me sorprendió conocer que es el lenguaje oral y escrito la superior diferencia de la persona con respecto a los demás seres vivos.

Porque hay distintas maneras de entender esa acción, vendrá bien empezar por su definición:

interpretar mentalmente o en voz alta la palabra escrita, o dar una interpretación de un texto, o en sentido figurado descubrir, o comprender los pensamientos de alguien por la apariencia exterior. Se puede seguir por esa interpretación amplia y decir que alguien lee un partido o que lee la relidad. También podríamos sacarle punta a la primera definición equivalente a descifrar o interpretar en voz alta la palabra escrita. Digo esto porque, en no pocas ocasiones, un alargado silabeo impide una correcta interpretación o comprensión de lo leído. No me refiero aquí, claro está, a algún amable lector en cuyo generoso comentario  encontré escasa correspondencia con lo que yo había pretendido expresar. Mi inquietud va más por las primeras lecturas, en tanto en que éstas puedan ser un freno para una placentera, acertada y habitual lectura.

Durante mi vida profesional siempre me preocupó el bajo índice de lectura en nuestra país. Tanto fue así, que dediqué mucho tiempo a intentar mejorar mi trabajo en esa parcela. En principio entré en la llamada querella de los métodos lecto-escritores. Para bastantes docentes, desde hace casi  un siglo, resultaba asombrosa la oposición entre el método literal y el método natural. El primero en que empezamos llamando la letra por su nombre (la eme con la a ma). Por el contrario en el natural, se pretendía partir de un significado claro (al menos la frase) para la persona iletrada. De alguna manera se trata aprender a leer y escribir como se aprendió a hablar, tras la observación-imitación, ir apoderándose de palabras-frase y después sílabas-letras. Tras laborioso aprendizaje didáctico, se llega a la conclusión de que tanto o más importante, que la imprescindible mejora metodológica, es el ambiente de verdadera comunicación en la escuela y en la familia, para que dichas y sucesivas apropiciones se produzcan gustosamente.

Citaba algunos aspectos que parecen más de escuela y sólo de lenguaje. Sin embargo  no están tan aislados: ni en el ambiente (escuela-familia-medios), ni en la comunicación (ver-hablar-leer-escribir), ni en la construcción mental (formación-relación interpretación de conceptos). Leer (enterarse bien) en el sentido amplio que hoy requiere nuestra cambiante sociedad, a la par que escribir (expresarse-actuar) como verdadero sentido humanista tienen mucho que ver con diálogo, ética e inteligencia. Tratemos de reparar en el por qué de esta triple vía.

El diálogo, alguien diría democracia, es imprescindible para relacionarse con el prójimo, con el mundo y hasta con uno mismo, para no tomarnos demasiado en serio. Claro eso significa atender a lo que realmente se nos dice y no a lo que queremos entender. Así tal vez aprendamos que estamos  bastante aislados y necesidados de confidencias y soluciones colectivas. Ese mismo diáologo oral o escrito, requiere que, sin el perjuicio de las  mil expansiones subjetivas que el mensaje nos sugiera, no deformemos la esencia de lo que acabamos de escuchar o leer. En ese breve acto, coinciden la ética del respeto a quien nos habla o escribe, con la inteligencia de matizar las discrepacias que si correspondan y buscar cordial ocasión para las que deseamos. Claro que, más allá de ese diálogo con la ética e inteligencia citados, hay otro menos reglado: el que tiene que ver más con la imaginación y con las recreaciones o versiones libérrimas de mensajes anteriores. Así  aunamos nuestros esfuerzos, con más o menos acierto, a lo que ha venido construyendo la humanidad.  A parte de eso tenemos acceso, con respeto y humildad, con la magia lectora.

Sí, volvamos a la lectura en sentido amplio. Así podremos ver la originalidad y esfuerzos de quienes nos rodean que nos animará a ayudar a un presente más soportable. También extasiarnos con una bella puesta de sol, o con la complejidad de una de una mosca, o con  una noche estrellada.

Todo ello, por supuesto sin excluir las infinitas posibilidades que nos brinda un libro: Hacer posible que Herodoto nos pasee por su época. Entusiasmarnos con, hasta sentir como propias, las perepecias de un buen relato. Disfrutar con un ameno ensayo que amplía nuestros horizontes y nos ayuda a relacionar nuestros conocimientos. Vibrar con la sensibilidad y belleza de un  poema.

En síntesis, leer para crecer en humanismo,  aprendendiendo a relacionarnos mejor con el propio yo y, en consecuencia, con la sabiduría y respeto  que pretendemos compartir con el mundo.