En estos días mi  Zizzou  cumple 9 años. Zizzou es mi perro y lleva ese nombre porque me encantaba Zidane, apodado Zizzou. No me gustan demasiados futbolistas pero él sí me pareció un elegante jugador y no me saquéis lo del cabezazo que todo el mundo, en un momento dado, puede perder los papeles, que los perdió, pero que en mí no borra aquel día en el que, jugando la final entre Francia y España, me preguntaba, por sus movimientos, quien sería aquel jugador tan “bien hecho”.

Pero voy a hablar de mi perro porque es su cumpleaños. Yo no sé si los perros cada año que cumplen son 7 de los nuestros, con lo cual ya  casi me llega, pero que si es así mejor, porque se complementan las edades, las costumbres, los objetivos y la tranquilidad cuando nos paseamos prefiriendo más ir cogidos que sueltos.

Una vez escuché que los animales domésticos primero son responsabilidades, luego mascotas y al final, pero no muy tarde, familia. Y es verdad. Como mascota,  sabiendo la responsabilidad,  lo fui a buscar a nuestro refugio, a Arco Natura, que nunca será suficiente de agradecer la labor que hacen con los animales abandonados. Lo recuerdo como si fuera hoy, un día de febrero también.

Había muchos perros y perras (por qué será que no suena igual decir perra, que como siempre el idioma traiciona los peores gustos y malas ideas) y todos se acercaban para ver si los elegía, me daba lástima pero no tenía idea de alguno ya con su historia detrás, quería que el que viniera conmigo empezara su historia conmigo, aparte de los genes, que los tiene.

De pronto lo vi, hecho un rosco, como sigue haciendo, pequeñito, escondido, callado, quieto. Una bolita negra que no ocupaba más que el hueco de mis dos manos juntas para acogerlo. Yo tengo la impresión de que, aún con días, me miró como me mira ahora: esperando a ver qué le digo, preguntando qué voy a hacer, abandonándose a la calidez, dándose cuenta de que había sido abandonado y estaba triste. Sólo miraba. Ahora tiene la misma mirada. ¡La bella, intensa, inteligente y leal mirada de los perros…! No hay ninguna igual. Le quise en cuanto le vi, llenó —y llena — mucha — toda —  parte de mi vida, he llegado a levantarme con el amanecer para sacarlo y acostumbrarle a que en la casa no se hacen las necesidades. Nunca lo hace en el espacio común donde vive, acostumbra a esperar cuando cojo la bolsita hasta que la tiro al contenedor. No he visto amaneceres más tranquilos, más personales que esos.  Es muy juguetón, con la bondad natural que posee, cuando le salieron los dientes hubo que reforzar las patas de las sillas y de las mesas pero él… jugaba. Lo adopté, está a mi nombre su chip, tiene todas sus revisiones en regla y goza de buena salud excepto aquella otitis que le hacía esconderse hasta que le encontraba y   pensaba que daría la vida por él.  Todavía recuerdo cuando decidí castrarle, no quería un perro para nadie más. Con las personas hay que compartir  la libertad, pero  mi perro me ha dado la suya y eso provoca un gran amor, agradecimiento y responsabilidad en mí. Sin embargo tiene sus gustos y sus ideas propias, mantenemos nuestra independencia sólo interrumpida para estar juntos cuando queremos, o podemos,  estar juntos. Compartimos el espacio y cuando no es así, mi pensamiento está con su espera. Y mi espera es que él lo sepa.

Como sabe mis costumbres, mejor que yo, me recuerda cada día cuando hago algo diferente, me despide cuando me voy, mirándome de un lado al otro del balcón, hasta que me pierde de vista y se queda contemplando todo lo que deambula por la calle. Es un contemplador. Sólo se moviliza y ulula cuando oye a una ambulancia o a un camión de bomberos o cuando ve otro perro más grande que él, le gustan los grandes, él que es pequeño de tamaño… ¡Cucha tú quien va a provocar! Con los pequeños se  deja.

Es mi compañero de vida. En el coche no se mueve, va sujeto por su cinturón y no le importa dónde vaya, él va conmigo. Juan Ramón Jiménez decía de Platero: “Él va conmigo y me lleva donde yo quiero”. Y así es, pasea conmigo por la playa o por el verde de mi tierra, se para en las puertas de las tiendas y espera, saluda efusivamente a quien saludo y se sienta, quieto, cuando es una conversación insubstancial. Reconoce a quienes son mis amigos y amigas, nunca exige, siempre espera acostado a mis pies, donde esté.

Siempre espera. ¡La espera fiel de los perros…! Es el único ser vivo que siento mío. Yo también soy el único ser vivo que siente suya. Hoy quería felicitarle y desear que le queden muchos años más para compartir vida, porque sufriríamos sin nosotros.
Es la convivencia más gratificante que podía esperar. Un regalo de la vida.