Por no atender a la devaluada amistad que se requiere de manera arrebatada en la red  (facebook o twitter), he vuelto a reparar una vez más en tan hermosa palabra . Sí, anoche tras dejar mi lectura, la correspondencia mantenida durante  treinta y cinco años entre dos escitores que admiro, volví a eliminar tres requerimientos de amistad en la red. Aunque es una decisión firme la de no dedicar mi tiempo a esos menesteres, pese a las indudables ventajas que su inmediatez pueda ofrecer, no deja de inquietarme el sentido de la amistad y el desigual uso que de ésta se hace. Tanto me adentré en el asunto que acabé poniendo negro sobre blanco lo que sigue.

Como en un torbellino pasaba por mi mente un largo elenco de las personas que han tenido y/o tienen más o menos presencia en mi vida. Así aparecían las varias pandillas de la chiquillería que en la escuela o en el barrio frecuentaron mi infancia. Otro tanto podría decir del personal que conocí en el bachillerato, en los estudios siguientes, así como después por razones profesionales, de vecindad, expansiones sociales o placenteras varias.  En cada caso las circunstancias  han variado tanto en intimidad o confianza, ambiente, continuidad,  reciprocidad y otras. Tantas,  que resulta  difícil   meterlas a todas en un único cajón. No es casual que el castellano nos ofrezca  tantos sinónimos directos o coloquiales de amigo. Así pueden valer : camarada, compadre, compañero, socio, compinche, amigote, tronco ,colega,,.. Lista que yo completaría añadiendo, aunque sólo para precisar, otros como conocido o vecino.

            Conviene recordar que el diccionario define la amistad como afecto personal, puro y desinteresado, ordinariamente recíproco, que nace y se fortalece con el trato. Así que, si mantenemos tal concepto, mal podemos tomar como amigo en sentido estricto a quien nos lo pide con un mensaje de facebook o a aquella persona con la que  apenas hemos compartido el saludo o una breve coincidencia en un grupo. Sí, hemos de reconocer que a veces también , para rebajar la fría formalidad de alguna  situación, como en una carta, hacemos un uso gratuito del término.  De alguna manera hay que romper el hielo en situaciones extremas. Por otro lado, es justo manifestar una actitud positiva y abierta en cada nuevo encuentro, luego ya veremos si el trato favorece que se llegue a  la amistad. De alguna manera,valoramos ese apreciado sentimiento como esa planta que se ha de cuidar con mimo.

Recientemente se me han presentado dos casos contrapuestos. Hace unos días coincidí  con un compañero de hace cincuenta y más años. Como siempre pegamos la hebra y, tras el saludo y  alguna broma, en esta ocasión él me habló de su último contacto  con un famoso cantautor de nuestra edad. Le recordé que, aunque yo también había coincidido jugando  con ellos, no llegué a tener mucho roce con el citado personaje, pese a recordar aquella época cuando lo veo en la tele.  Mas distante aun me he llegado a sentir con un íntimo de nuestra lejana adolescencia, cuando al charlar tras muchos años, había desaparecido por completo la complicidad que entonces. En los últimos casos está claro que no se ha dado la imprescindible correspondencia, que mi entrañable  amigo Pepe destaca, para que cualquier contacto aspire a ser mínimamente humano.

Dándole vueltas a la amistad , como otros sentimientos a veces esquiva, uno se llega a plantear si estas cosas tienen mucho que ver, además de con los desaciertos propios, con los tiempos que corren: con tantas prisas y tan pocas pausas, para sentir, para escuchar, para… Si, como dice el amigo Parrilla, tal vez convenga  empezar a sentir la amistad con uno mismo, que paradójicamente nunca será el egoísmo. Luego, si se entienden nuestros distintos “yos”, podremos salir al acertado encuentro con el prójimo. Desde esa serenidad, combinaremos la ironía, que, pareciendo del amigote no está tan lejos de la confidencia oportuna, o de la escucha atenta que suena a complicidad solidaria, o de la visita personal o escrita que actualiza fervores compartidos y resquemores por aunar. Sí, amistad con la persona joven o inexperta que uno sigue siendo, o con el viejo que a ramalazos de decrepitud  ataca al niño que, en nuestro corazón, no desaparece del todo.

De alguna manera, vuelven a mí Hermann Hesse y Stefan Zweig, que, junto con los muchos mensajes y hechos de personas como las citadas, me han llevado a ese sentido de la amistad. Ya me sonaba, en aquel torbellino de recuerdos, el magistral testimonio pacifista de ambos. En El lobo estepario o en El juego de los abalorios la entereza sincera de  Hesse. Con Erasmo de Rotterdam , en El mundo de ayer, la visión humanista trascendente de Zweig.

En estas cartas y en la reflexión que ha seguido, lo que he podido apreciar y poner  algo más  claro es la ejemplar, delicada y laboriosa creación de un monumento a la amistad.  Sí, ésa que  con tanta ligereza a veces se desprecia y que, sin embargo, tengo la fortuna de compartir con tanta persona sensible como me rodea.