Esta noche pasada se diría que no he dormido, me la he pasado recordando dos nombres por si al despertarme, que no sería despertarme, no recordaba que hubiera sido verdad que los hubiera oído. Pero los había escuchado puesto que aunque no hubiera dormido, al menos lo hice acunada por ellos. Un nombre era Concha Caballero, mujer feminista y comprometida dentro de IU, el otro era Manuel Cruz, hombre filósofo que es como decir pensador, dos impactos que por diferentes motivos engloban para mí, entre otros, de lo que mejor se puede perseguir: pensar razonablemente hacia la dignidad humana, hacia lo que se es con total honestidad. En este mundo en el que la manipulación y las medias verdades, que suelen ser mentiras completas, campan por sus respetos hasta hacerse irremediables e impunes, es gratificante darle vueltas a nombres de personas que nos intentan llevar a lo razonable. Y sin gritar, sin aspavientos, quedando lo intangible.

Concha Caballero  murió el martes en la flor de la vida, cuando su influencia para todos caminaba hacia la venerabilidad y el respeto a su coherencia. Era una persona a la que yo seguía en su voz y su atractivo desde su participación en tertulias radiofónicas, desde su compromiso en su partido o desde su cátedra en su trabajo docente. Fue licenciada en Filología Hispánica, analista política y profesora de instituto de Lengua y Literatura. Era una destacada y muy leída columnista, también tertuliana, colaboradora de programas y de la tertulia posterior a los informativos nocturnos. Fue una dirigente destacada y parlamentaria andaluza por Izquierda Unida caracterizándose por formar parte del sector más abierto, proclive a abrir la organización a la sociedad lejos de los dogmatismos. Fue una de las diputadas claves en la tramitación de la reforma del Estatuto de Autonomía desde su perspectiva partidista y de mujer. Su voz se ha apagado hoy pero siempre recordaremos su carisma y su criterio igualitario, incuestionable, para hombres y mujeres.

Manuel Cruz no ha muerto, su voz continua y es un filósofo de los que respeto. Para él la filosofía es la “tarea de pensar”, que “no sería sino una forma de medirse con el sentido del pasado, con los desafíos del presente, así como con las incertidumbres y oportunidades del futuro”. Su tarea filosófica es vista por todos como aportadora de herramientas de racionalidad en la construcción de la vida en común que tanta falta nos hace. Desde la marcha de José Luis Sampedro no me había sentido tan identificada. Coincido con él en que la filosofía actualmente debe ir hacia la propuesta de racionalidad, de sensatez, de coherencia, de miras más altas que las que nos llevan y nos traen entre unos y otros y que, por no dejar tiempo a racionalizarlas, muchos optamos por hacerlas nuestras aunque sea en la intimidad.

La frase que me dejó y que he estado enlazando toda la noche con la personalidad de Concha Caballero es: “Las cosas verdaderamente importantes de la vida son intangibles”. A la vista de las desapariciones y ausencias que nos hunden más en este frío enero está bien pensar en lo intangible que nos puede unir a todos junto a su calor. Lo importante no lo podemos tocar, pero queda, y lo importante es que quede. Hacen falta cosas que queden como un reguero de coherencia para que podamos seguir construyendo, hace falta analizar y asumir lo impalpable, aunque sea a costa de algunas noches en las que lo importante no sea dormir.