El título que antecede lo es también de un libro que acabo de leer y que, por su interés, deseo compartir con quienes amablemente recalan en Linares28. Se publicó en 2.012 en Galaxia Gutenberg y es obra de Fernando Vallespín. El autor es catedrático de ciencia política en la Autónoma de Madrid y colaborador habitual en el diario El País y en la Cadena SER.

En la advertencia inicial, o prólogo, Vallespín avisa sobre sus dudas. Le sucedería con su libro lo del refrán: que la infantería (público general) no llegue  y la caballería (personal universitario) se pase. No le faltaba algo de razón para dudar, si el exceso de citas de autores echaba para atrás a la persona de la calle. Sin embargo, creo, supera ese primer inconveniente, tal vez por la experiencia de comunicador en la radio, al usar un lenguaje asequible apoyado en ejemplos cercanos. En cuanto al rigor, a mi me parecer, va sobrado. Pero pasemos a desgranar algunos aspectos.

Empezando por el título, cualquiera podría pensar que es algo provocativo. Alabar la mentira  no parecerá algo muy ético de principio en pro de la libertad. Claro que quién no se deja seducir, aunque sea poco, por el pellizco provocador en el título. Por otro lado, ya habrá tiempo de deslindar lo que es de lo que debe ser.

Nuestro autor, más que de la mentira, quiere hablarnos de política, de democracia y de la crisis que ésta viene sufriendo desde la Grecia clásica hasta nuestro siglo XXI. En la vida corriente, para ir saliendo como podemos de situaciones apuradas, usamos cierta discreción o prudencia. Éstas se pueden contener en el dicho “decir lo que se piensa o pensar lo que se dice”. Está claro que en política este adagio no cuenta mucho. Entre mentiras mil veces repetidas con descaro, medias verdades disfrazadas y silencios clamorosos, se vive en una  casi absoluta desconfianza y en una libertad ficticia. Libertad ficticia en que se confunde nuestra propia vida con el relato que nos llega, o nos venden de ella. Esa sería la sintesis del conjunto que va desgranando en los distintos capítulos.

En la primera parte, “La decadencia de la mentira política”, se habla del desvanecimiento de la verdad y de las palabras que acaban teniendo (por su poder manipulador al nombrar) más poder que los mismos hechos. También detalla que, más que por mentiras aisladas, se nos va manipulando o seduciendo por mentiras conjuntas o relatos. Tales relatos son los que exageran la supuesta libertad de elegir pequeñas cosas a cambio de someternos en otras más trancendentales.

Democracia y verdad, una pareja mal avenida” aborda el enfrentamiento de ambas. Además explica la actitud diferente de la ciudadanía: con optimismo, pesimismo o indiferencia. Se entiende que las verdades claras son un objetivo a batir o enmascarar. Así el intelectual riguroso vendrá sustituido por el experto o el tecnócrata. La representación de los cargos electos es cada vez más absrobida por esos supuestos expertos o gestores. Así, sobrevalorando el papel de éstos, los postulados del programa político se desvanecen supeditados a los designios “irrebatibles” del tecnócrata. El ejemplo en este caso sería el de los gurús conchabados que nos gritan: Es la economía estúpidos.

Encuentro más interesante “Patologías de la opinión”. Entre el fin de las ideolgías, el narcisimo de cada cual, el miedo a pensar, o la incapacidad adquirida para el diálogo con escucha activa, nos describe Vallespín la opinión como algo muy distinto de lo que solíamos entender. Se decía que una persona con opinión era aquel ser inquieto que se formaba,  se informaba y se relacionaba deliberando a la búsqueda de la verdad y el bien compartidos. Hoy, nos explica , la opinión es más bien una especie bagaje de verdades terminadas, y acomodadas a nuestros intereses. Parece  que cada día nos importa más un minuto de gloria para nuestro ego que nuestra nuestra racionalidad. Ello guarda relación con la incapacidad para el diálogo en discrepancia de fondo, y en la búsqueda  de la seguridad en el patriotismo de grupo, en que se comparten intereses y miedos.

En El bazar de los disfraces” se explica la negociación desde la perspectiva anterior y se dan pistas de como se ha llegado a estas mentalidades contradictorias. De alguna manera se explica con la evolución del “Homo sampiens” al “Homo internéticus”, debida en parte a los medios.  

Acaba, en el epílogo, volviendo a la Grecia Clásica para replantear la democracia: cómo conciliar la racionalidad y la ética para que Sócrates no acabe tomando la cicuta.