Cuando, hace más de una década, surgió en la tele Gran Hermano, un programa en que la vida de un grupo de personas era permanentemente observada, pensé que alguien divulgaría el nombre de George Orwel, escritor a quien se debía tal título. Vana ilusión: en este caso, como en tantos otros, el influyente medio servía a los grandes poderes para exagerar lo intrascendente. En otras palabras, se ponía la atención en ciertas intimidades de personas, en este caso poco famosas al principio, para explorar otras vías de programación frívola o del corazón.

            Sobre todo ello y sobre las muchas enseñanzas que debemos al influyente escritor británico, he reparado al leer recientemente Homenaje a Cataluña. Qué lejos y qué cerca están al mismo tiempo la versión del citado programa y el sencillo y respetuoso acercamiento a la gente del pueblo del también brigadista en la España del 36. Orwel, que había acudido en ayuda de la revolución, se encuadra en el POUM, partido de inspiración troskista, desconfiando de las tendencias autoritarias de la URSS de Stalin. Tanto en Barcelona como en el mismo frente, nuestro autor muestra también su clarividencia pasando por encima de los desencuentros en el propio bando republicano para centrarse en la honestidad del pueblo que combate por ideales. De alguna manera retoma la persona de Kafka que se va a ver ninguneado por una sociedad cada vez más deshumanizada. En ese empeño les seguiría Saramago con su Ensayo sobre la ceguera principalmente, donde describe la confirmación de lo que auguraba Orwel en su 1.984, obra que curiosamente acaba de escribir en 1.950.

            Volviendo a “Gran Hermano”, hemos de divulgar, ya que apenas se hizo en su momento, que se trata del nombre que en “1.984” le atribuye al poder dictatorial de la URRS estalinista. Tal era un organismo que en la ficción controla absolutamente toda la vida de cualquier persona, como en el programa la tele, pero no sólo a los aspectos que atraen audiencia.  Aunque en la sociedad comunista de entonces ya se apuntaban señales de un estado policiaco y controlador, es  en nuestro tiempo cuando se han logrado de manera más sofisticada aquellas aspiraciones de control social. Y no precisamente en donde temía Orwel. Veamos paso a paso.

            Con el desarrollo tecnológico de los medios de comunicación, de propaganda y de control de datos, el dominio estrictamente policial  va cediendo funciones a aquéllos. Va creciendo la industria de la creación de opinión, de usos y de modelos sociales. Los gobiernos, de acuerdo o supeditados a las multinacionales, contribuyen a una democracia escapista que esconda los conflictos de fondo y propicia una ciudadanía casi de pensamiento único. De alguna manera esa pérdida del humanismo ya nos lo advierte nuestro autor en Rebelión en la Granja. En dicha novela, cuenta como los cerdos, habitantes con menos escrúpulos de la granja, se confabulan para acabar con los granjeros e imponer imponer un régimen avasallador. Si miramos a nuestro entorno, tal vez encontremos algunas coincidencias.

            Retomando lo narrado en “1.984”, en realidad principios de los 50, nuestro profético autor ya nos habla de impensables y sofisticados artefactos como el habla-escribe. De alguna manera, como otro prodigioso Tesla,  ya prevé todas las posibilidades que hoy ofrece la informática. Sí, todas esas que usan algunas agencias americanas, como denuncian  Assange y Snowden , para controlar información global como la  casi total ya disponible Gougle. Lamentablemente, lo de Gran Hermano ya no puede pasar, para cualquiera que no mire para otro lado, por un simple programa de entretenimiento para la curiosidad malsana. De la misma manera Rebelión en la Granja nos puede hacer pensar en gobernantes o personajes populares que, pese a su falta de cultura y hasta presumiendo de la misma, como Belén Esteban, gozan del favor popular.

            Frente a esa realidad deleznable nos queda el sacrificio altruista de los Assange y de los Snowden que en nuestro tiempo arriesagan su libertad y vida cómoda. Y de manera especial, la entrega admirable de Geroges Orwel quien vino a jugarse la vida por la que entendía decisiva revolución que se pretendía apagar en 1.936 en España. En esa experiencia, además de su Homenaje a… la gente sencilla, fragua en su mente su obra cumbre. Tuberculoso y viendo cercano su final, se retira a Escocia para dedicar los dos últimos años de su vida a lo que nos anuncia en “1984”.

Foto: Jordi Casasempere

Foto: Jordi Casasempere