Antes de tratar de vivir con alguien, uno debería arriesgarse a vivir con sí mismo. Vivir con sí mismo es buscar la coherencia con los propios principios, aceptar e integrar las propias limitaciones y eso implica un riesgo y un reto: el de esa  coherencia con la propia conciencia.

Muchas, demasiadas veces, damos recetas a los demás, sin experimentarlas en nosotros mismos y deberíamos sin embargo hacerlo, porque  nuestra propia conducta, es un reflejo de los valores que dan sentido a nuestra vida.

Quizá deberíamos plantearnos, si la vida es para ser feliz o si lo que intentamos es que la vida tenga sentido. Y si tiene sentido, la felicidad vendrá.

Porque sin paz con uno mismo, la paz que pedimos al mundo, es imposible. Si establezco primero la paz en mí, esa paz, se impondrá de forma natural en mi relación con los demás.

Pero si no lo hacemos así, nunca habrá paz en el mundo, por muchas campañas que se organicen en su favor.

Antes se decía: “la crisis del mundo es la crisis del hombre”… y qué verdad más grande, qué verdad más incuestionable. Hoy se habla de regeneración social, sin plantearnos nuestra regeneración personal.

Muchas veces no sabemos si primero hay que encontrar la paz personal y luego actuar, o si la armonía interior se va consiguiendo cuando actuamos coherentemente con nuestros principios.

En algunas espiritualidades y filosofías, primero es estar en paz consigo mismo. En otras, es ser contemplativo en la acción, sentir la paz y ver el Amor, la Verdad, a través de la acción y presencia en la sociedad.

Ésto  es una filosofía activa, de lucha, de inconformismo, de sufrir con el sufrimiento del otro, de la otra, un sufrimiento dinámico, por regenerar ésta, nuestra sociedad.

Y quien no lo vea así, está también en su derecho.

Es cierto que estamos atravesando momentos difíciles, pero las dificultades las creamos nosotros. Es cierto que algunos de nuestros políticos son unos degenerados y corruptos…pero si yo, no me implico activamente por intentar cambiar nuestra realidad, soy tan culpable como ellos. Y es que no basta con estar en paz, en esa paz inanimada, sino que hay que estar en la onda, en la búsqueda de esa paz para y entre los demás; una concordia que pasa por restaurar la Justicia, como se lee en los poemas de Isaías.

Pero todos callamos…”no te compliques la vida, que se mojen otros, yo ya lo he hecho bastante” Y aquello mal explicado y entendido de “cómete el pan y háztelo en el morral” o hacer de Don Tancredo y un rosario de cosas más.

No sé si esto es ser de derechas o de izquierdas, ni me importa, pero lo que sí sé, es que estos cuestionamientos, deberían nacer de un trabajo personal diario, por encontrar el camino de la honestidad y compromiso con los demás.  Camino difícil, pedregoso, lleno de espinas, sufrimientos y desafectos, rechazos personales… pero grandioso si se comienza a andarlo. Y eso es un comienzo para empezar a saborear la felicidad.

Si queremos que algo cambie en nuestra sociedad, somos los nosotros los que debemos responsabilizarnos y actuar, con respeto, con lógica, con coherencia… pero con denuncia y ejemplo.

Porque si estamos esperando a que se muevan aquellos “servidores” de incoherente prepotencia, ya podemos esperar sentados.

Sólo desde una óptica de afecto, de ternura, de dádiva y ayuda a los demás,  tamizada desde la experiencia personal de aprender a ` vivir con uno mismo´, podrá ser efectivo ese servicio a la sociedad.

Muchas, quizá en demasiadas ocasiones, actuamos huyendo hacia adelante, olvidándonos por miedo, de nosotros mismos y entonces nuestra vida, experimenta el vacío en lo más profundo de nuestro ser.

No se me ocurre algo más real para expresar esto último, que esta anécdota, hablando del sentarse a encontrarnos con nosotros mismos :  Me encontré con una religiosa viejecita que conozco desde hace muchos años. Se apoyaba en una muleta con decoro y aceptación. Le di dos besos y la felicité por su reciente onomástica. La pobre, muy preocupada, me preguntó si estaba enfermo, pues había estado sentado junto a ella, sin levantarme, durante casi toda la misa, en el último banco, una misa con la que me encontré accidentalmente.

Mi respuesta fue:  Hermana, yo hago la gimnasia a otra hora y en otro lugar. A la iglesia vengo a hacer oración y tú sabes que lo mejor para orar, es empezar por relajarse. También sabes que lo importante no es el rito, sino la oración auténtica.

La monjita asintió, me había entendido perfectamente. Y es que yo, trataba de encontrarme, de arriesgarme a vivir conmigo mismo.

Porque un día, me encontré en medio de un bosque oscuro, en el camino de mi vida.