Me llegó el mensaje de mi amigo: “Ha muerto una gran mujer, mi madre”.  Ocurrió hace unas semanas y se trataba de Antonia Delgado, señora linarense con más de la mitad de su vida hecha en Jaén ciudad. Cuanto más recordaba el mensaje, más acertado lo encontraba. Por un lado estaba la serenidad tranquila del hijo, enemigo de alardes, pero sensible a la palabra y gesto de su entorno, para responder con generoso y  discreto  afecto. De alguna manera es la marca familiar. Tanto en las pocas conversaciones que mantuve con ella, como las referencias de sus dos hijos como de su nieta y nietos, rebullen en mi pensamiento sensaciones parejas a los finales de Pedro Martínez y José Luis Sampedro. Estas tres personas nombradas, a su manera tan diversas, refuerzan en mí esa intuición de que la mejor obra de cada cual es su propia vida.  Obra compuesta por las mil peripecias que nos suceden desde que nacemos y que tratamos de valorar más y resumiendo en ese final, si llega con sabia lucidez, que nos acerca a la muerte.

            Esa intuición u ocupación no es exclusiva de cuando uno ya peina canas, o tenga que atender  a sus mayores. Hay muchas ocasiones en nuestra vida, en otras edades,  en que revisamos cómo llevamos las mochila de vivencias. Desde la infancia  miramos en el espejo nuestra vida y la comparamos con la de quienes nos rodean. Sobre todo desde el momento raro y mágico en que, comprendemos que, como nuestros padres y abuelas fueron bebés y jóvenes, nosotros también llegaremos a la madurez y a la vejez. Al mirar esas imágenes que demuestran el inexorable cambio de nuestro cuerpo, también valoramos junto a anécdotas, los cambios de carácter y de intereses o sentimientos.

            Un nieto y una nieta de Antonia me explicaban con satisfacción el recuerdo y hasta la herencia en la forma de vivir y de ser que ella les había legado. Aparte del semblante siempre acogedor, los dos volvían a sentir como si los hubieran vivido, lo que eran relatos orales de cuando ellos aun no habían nacido. Los ojos les brillaban al hacerme partícipe de ciertas escenas. Yo veía también aquel teatrillo que con unas sábanas había montado en patio de la calle Las Eras para  la  chiquillería. Sí, el teatro,.. la tradición oral,.. la comunicación esencial que hace crecer a chicos y mayores. Esa magia que Antonia infundió a sus hijos, y éstos a su descendencia y amistades. Lo que luego, con ellos, entendimos  como interpretar para ser  algo más libres. Cuando me marché del tanatorio, aquel paradójico reencuentro seguía en mi mente hasta confundirse con el de las otras personas entrañables.

            Al llegar a casa, como otras tantas veces, busqué unos vídeos en los que Pedro Martínez, ubetense casi centenario, recitaba a García Lorca, Machado  y a Miguel Hernández. Este amigo, fallecido hace unos meses me ha reconciliado con la poesía. Durante los meses que lo frecuenté me hizo disfrutar, con su prodigiosa memoria y su mayor sensibilidad, como nunca antes de La casada infiel, Sueño infantil, o Vientos del Pueblo me llevan entre otros poemas, incluido alguno propio. Volví a sentir el mismo entusiasmo de un rato antes, de unos meses antes, cuando el brillo optimista de sus ojos irradiaba vida a su cuerpo gastado pero satisfecho.

            El vaivén de emociones y evocaciones me llevó a otra persona, igual de ejemplar para mí desde la distancia: José Luis Sampedro. Este sabio humanista, cuyo corazón, casi centenario con energía de niño renovado, dejó de latir hace unos años, sigue sirviendo de norte a las personas positivas, sencillas y solidarias. Conocí su obra como economista de los que tratan de que los pobres sean menos pobres. Luego he seguido disfrutando de su labor literaria, en especial con La sonrisa etrusca que releo con alguna frecuencia. Pero por encima de todo, sigo aprendiendo del ciudadano y persona que ha mirado y sigue mirando,-desde su vida, su muerte y su obra-esta  complicada sociedad nuestra, sin miedo y con pasión. Desde hace mucho tiempo, ha construido su libertad de sabio comprometido y sin perder el niño que fue y muriendo con esa libertad.

            Con el entrañable legado que Antonia infundió a quienes gozaron de su proximidad, con la sensibilidad vital de Pedro y con las lecciones de libertad valiente de José Luis como ejemplos y acicates, sentimos  que la libertad crece y el miedo se aleja. La vida tiene y puede tener otro sentido:  la de Antonia y la de tantas otras personas famosas o anónimas lo demuestran con sencillez.