No hay estación sin tren, así como no hay tren sin estación. El tren, es el viaje de la búsqueda personal  y la estación es el encuentro, el hallazgo de esa búsqueda del otro, de la otra, de uno mismo, de una misma. El tren es la búsqueda, es el otoño del amor y de  la amistad, y en  la estación  están los puntos de encuentro en ese espacio  de tránsito.

Es necesario que para que aparezca el fulgor, la luz de la primavera, todo lo viejo de un otoño, en un acto de amor ineludible, se descobije, se desarrope, se desguarnezca y se desnuden los árboles de sus hojas, de las adherencias a la rama por la que circula apenas la savia por el frío, para que emerjan posteriormente con un resplandor inusitado, los nuevos brotes de la vida, que contribuirán a su sacralización, en todas sus formas y dimensiones.

El  otoño se me presta a la melancolía, pero una melancolía activa, en la que las ramas secas del amor, viven en la esperanza de nuevos, cálidos y reverdecidos amaneceres.

Jamás habrá otra vida que la que  ya hemos empezado a vivir, desde nuestra venida al mundo con su epifanía, aún a pesar de la pérdida, de la caída de las hojas…  que son parte inmanente, inseparable  de la misma.

Todos los días, caen hojas de nuestras ramas en nuestro otoño personal. Y es que vivimos muchos  otoños en nuestra vida,  pero unos se quedan añorando y llorando la pérdida y otros sin embargo, buscan y ansían en la espera, la nueva vida reverdecida que cantara Machado en aquella totalizadora poesía, del  “Viejo olmo hundido por el rayo, con las lluvias de Abril y el mes de Mayo…”  unas de esas hojas renacidas que son como las “Cinco Vías “ que expresara Santo Tomás, en su Summa Teológicae, para la demostración de la existencia de Dios y ambas vías conducen a la plena aceptación del “yo” en los demás, porque la Vida, habita en el corazón del ser humano.

“Antes que te derribe, olmo del Duero, con su hacha el leñador y el carpintero, te convierta en melena de campana…. Olmo, quiero anotar en mi cartera, la gracia de tu rama, verdecida…”  Así como aquello de S. Juan de la Cruz:

¡Oh noche que me guiaste!,

¡oh noche amable más que el alborada!,

¡oh noche que juntaste

amado con amada,

amada en el amado transformada!

No se puede describir mejor la necesidad de la  vida, el derecho y la necesidad del amor, porque si no se “vive” jamás se será capaz de amar.

A  los seres humanos, no puede derribarnos el rayo de la desesperanza, esa temible y cruel desesperanza sin esperanza, ese túnel sin salida a la luz del amor, del universo interior y exterior.

Preguntó el discípulo al Maestro: ¿De dónde vienen el río, las montañas, las estrellas? Respondió el Maestro: ¿Y de dónde viene tu pregunta? Acaso no tengamos “tiempo” para preguntarnos, como dijo el Maestro al discípulo, por el por qué de su pregunta.

Y cuando hablo de amor, lo pienso en mayúscula, pienso en el AMOR, que indefectiblemente es amistad, es servicio, y esa actitud que como la sangre, acude a la herida sin ser llamada.  Ese Amor  con el que impregnamos a los demás, del que también nosotros nos impregnamos… no sólo en el amor de pareja, sino en el Amor total, que nos transciende, porque de una forma u otra, ese Amor, seguirá existiendo en la eternidad.

Independientemente que se sea creyente o no, religioso o no, gnóstico o agnóstico, somos lo más grande de la Creación, que evolucionó desde esa partícula infinitesimal de infinita densa materia, que dio origen al universo… Quizá ese Boson de Higgs, quizá de la mano de un hacedor del mismo en ese Big Bang… no sé.

Soy una persona consciente de que mi jardín es único, pero no más bello ni único que el de los demás.  Soy un viajero permanente en la búsqueda continua de Aquello… de lo inmanente, aunque muchas veces me equivoco de tren, o llego a estaciones equivocadas… pero esto es como la hoja que cae del árbol, mientras él, el Árbol, espera una nueva aurora.

Y ahora, esposa, amiga, compañera y madre de nuestros hijos… te deseo un feliz viaje al Sáhara y un feliz regreso una vez cumplida vuestra misión. Yo mientras me quedaré, limpiando la estación de nuestro encuentro personal, de aquel encuentro de hace casi 40, años para que cuando vuelvas, la encuentres si cabe, más acogedora.