El pasado domingo estuve en el Geriátrico para compartir la Misa con los residentes y sus familias. Era el día de las personas mayores que la ONU ha establecido para todos los primeros de Octubre y que por lo visto ha tenido que ser así como llamada de atención para tantas cosas en riesgo de exclusión y sobre todo de personas. Me encantó y me conmovió la homilía de D. Pedro Heredia, sacerdote ahora de ese lugar de estancia y tal vez de olvido, porque hay mucho olvido. Las homilías de Don Pedro siempre espolean la consciencia, siempre mueven, con razones reales y con argumentos incuestionables, las mentes, al menos las mentes, de quienes le escuchamos con la esperanza de avanzar algo más. No son homilías que dan vueltas como pescadillas que se muerden la cola, son boomerangs que avanzan, son piedras movidas por la onda de lo real y que te van preparando para la suelta final: el ejemplo de Jesús de Nazaret. Un Jesús histórico, un Jesús que vivió lo mismo que vivimos ahora, nada ha cambiado demasiado, y la experiencia que nos transmite es demoledora. Aún siendo así, a veces alguien se ve tocado también en el corazón y se añade a su escucha.

Siempre me pasa algo curioso cuando estoy con personas mayores. Mi trato es deferente, cálido, incluso  tierno, se mueve el corazón, se les escucha, pero a veces me pregunto si sentimos todo eso con los nuestros, con los que tenemos cerca, al lado, conviviendo con nosotros. A veces me pregunto si es así, porque el encuentro con otros es momentáneo, no es el día a día que es cuando nos impacientan y no digo ya cuando nos estorban. La vejez no es apetecible, nadie se enfrenta cómodamente a ella. Y la tenemos cerca. A los niños se les atiende mejor y suelen ser bastante más incómodos.  No sé por qué será, pero no creo que sea egoísmo. Tal vez sea miedo, miedo a llegar a no ser autónomos, a necesitar demasiado de los demás y desconfiar de que tengamos respuestas, es miedo a perder facultades,  es miedo porque no entendemos las demencias ni comprendemos cómo puede gastarse un cuerpo y una mente, hace nada tan activos. Creo, en fin,  que nos da miedo el final al que todos llegaremos desconociendo en qué condiciones lo haremos, miedo a que nos recuerden que estamos en un viaje sin retorno. Perdonad, abuelos y abuelas, no va con vosotros, creo que es eso.

La cabeza de los mayores ya no sabe de razonamientos, sólo sabe de amor, a ellos sólo les llega el amor, lo demás se ha oxidado. Me voy a permitir recordar a mi padre que fue consciente siempre de su avance por los años y que me decía con complicidad: “No discuto contigo, ya me puedes”. Y nos reíamos juntos porque sabíamos que su mente llegaba más que la mía, era más completa, la mente de la vejez es completa. En fin, creo que no nos da miedo la vejez, un anciano o una anciana, como hay muchos, en plenas facultades, es una alegría de ver, lo que nos da miedo es la decrepitud, y lo digo así de claro. Yo no quiero para mí la decrepitud, y en ese caso, tal vez cada cual deba de ir buscando su salida, como hacían los indios sioux creo, cuando se retiraban con todas sus cosas, tan tranquilos, a su cementerio. Y estaban tranquilos porque habían transmitido todos sus saberes, porque sabían que “si se llega a olvidar al propio pueblo,  ya no tendrá centro y morirá”. Eran responsables hasta el final.

Pero volvamos a la realidad de hoy, y la realidad es que los que ahora son mayores estorban, se recortan sus prestaciones, hace falta dinero para que puedan vivir dignamente. Ahora se les usurpa la dignidad que se han merecido,  se nos ha olvidado que tenemos una deuda con ellos, aparte del amor engullido por la prisa y la deshumanización. No pensamos que ya no les queda tanto y debemos absorber su presencia, su experiencia, su memoria, sus valores,  su vida, que se les escapa irremediablemente. Tenemos que hacerles la vida agradable hasta el final, y agradecerles que hayan sido nuestra base para continuar. Que por ellos estamos aquí.

Yo escribí hace tiempo un poema que me apetece traer ahora. Y decía hace 25 años…

Vi una estela de huellas hacia mi  infinito

sobre la arena dura.

Unas balbuceantes, otras marcadas, otras tenues.

Me acerqué y me reconocí.

Porque allí, a solas con el mar,

comprendí

 que aquellas huellas eran las mías.

Cuando yo ya no las pueda reconocer, me gustaría dejarlas en buenas manos. Y si me diera tiempo a comprender que no va a ser así, cogería mi manta a rayas y me iría con mi Manitú. Creo que al final llegamos a comprender que es lo único que importa.