Esta historia, se sitúa en Oxford, en el año 1860, en una reunión de la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia. El tema a debate era “La Religión y el Darwinismo”.

Es muchísima la información que tienen los grupos de poder, tanto religiosos como políticos, acerca de lo que ha sido la historia de nuestro mundo desde los albores de la humanidad, aun a pesar de perderse la Biblioteca de Alejandría. En otro orden, el libro de Umberto Eco, refleja de forma acertadísima la pugna por el conocimiento en aquellas sociedades medievales, en los países de tradición cristiana. Esta historia que refiero es real y se produce en la Inglaterra decimonónica, sobre el creacionismo  y/o  la evolución de las especies.

Intervienen el Obispo Anglicano Samuel Wilbeforce  y Sir Thomas Henry Huxley. Al final del debate, pregunta el Obispo en plan jocoso: Querría saber si el Sr. Huxley, desciende del mono por vía materna o paterna.

Y le contesta Huxley:   “Si tuviera que elegir por antepasado, entre un pobre mono y un hombre magníficamente dotado por la naturaleza y de gran influencia, que utiliza sus dones para ridiculizar una discusión científica y para desacreditar a quienes buscaran humildemente la verdad, preferiría descender del mono. Antes querría venir del mono que de un hombre como Vd. que usa su inteligencia para oscurecer la verdad”.

Se dice que el impacto de las palabras fue tal, que una señora presente en la sala se desmayó.

¡Ohhh!, se oyó una exclamación en la sala por parte de todos los asistentes.

 Otra señora de bien, invitada, que no se había enterado de nada, dijo gravemente: “Si venimos del mono por favor, ¡que no se entere el pueblo!

Y es que es ley del destino  que el que nace lechón, muera cochino.

Muchos de estos tres personajes existen en el mundo, es más, estamos rodeados de ellos. El primero como el Obispo, que inflexible al diálogo, intenta ridiculizar a todos quienes no piensen como él, caminando por la vida con un sentido dogmático, segurísimo de su ignorancia.

 El segundo, Mr. Huxley, el científico, es el que va a pecho descubierto, seguro de su tesis, que respeta a los demás, pero que cuando trata  ser ridiculizado por los adversarios que se han quedado sin argumentos, se revuelve y muerde en la yugular con toda la razón del mundo. Este tipo de personajes es de los menos abundantes, pues además de valor y temple para nadar contra las corrientes de los dogmas, tradiciones y costumbres establecidas, suele ser el “políticamente incorrecto” en una zafia sociedad como la nuestra.

El tercer personaje es la “señora bien”, que juega a “estar a bien” con quien más le interesa. Muchos de estos terceros personajes, la mayoría, no han cultivado su inteligencia pero lo que es peor, no tienen escrúpulos y  no tienen el más mínimo pudor en acariciar un trasero que otro, y ello irá en proporción a la importancia de las posaderas que le ocupe en ese momento.

De esto podrían sacarse varias conclusiones: la primera, que la palabra en el ser humano, es muchas veces un adorno melódico de los más íntimos pensamientos, que se trampean para agradar u ofender a los demás. Después podríamos decir que ese sonido gutural se modula en función del daño o las prebendas a conseguir; si son prebenda, según el número de lametones por segundo al susodicho; y tercero y último, que la palabra en el ser humano, de un valor inmenso, ha degenerado en muchas situaciones en una auténtica prostitución de las ideas y de las obras que supuestamente sanas deberían salirnos del corazón.

La verdad no puede oscurecerse jamás y menos prostituirse a través de lo más sagrado que tenemos, que es la palabra.

No sé, si nosotros nos sentiríamos reflejados en alguno de estos personajes. Quizá no.