Una vez más, afortunadamente, me acerco desde estas páginas para aportar la armonía de unas palabras en forma de saludo festivo con sabor permanente a orígenes, a identidad, a entrañas plateadas que ahora duermen el sueño de un siglo que termina. Y porque mi finalidad de hoy está entroncada con demostrar un particular dualismo, es sintomático que recuerde que a mi llegada, hace ya 38 años, la arquitectura minera que me recibía apenas tenía significado para mí, impregnados aún mis ojos del verde suave y sereno de más allá de la última cordillera. Y sin embargo, hoy siento que caldea mi sentimiento la vista de las chimeneas recortando el cielo sobre el horizonte, sobre esa gran pantalla azul donde queda impreso el sol agonizante de invierno.

Otra conquista fue la imaginería, que intentaba entenderla cuando se trataba de sentirla, que intentaba dulcificarla, cuando se trataba de desgarrarla. Así descubrí el justo equilibrio de la mano de Víctor de los Ríos, cántabro como yo, que a través de sus imágenes, yo diría de sus esculturas, me supo acercar a la simbiosis ensambladora de identidades.

En esta búsqueda vital la culminación se produjo cuando, por fin, tuve cerca al minero, cuando pude verlo y tocarlo, cuando yacía ante mí, desmadejado y hermoso, roto, tan hermoso como el camino que me lleva a la plena adopción como linarense. Víctor de los Ríos y el Minero han sido un gran descubrimiento para mí, una señal de lo acogedor que puede ser este paisanaje, un significado personal que quiero contar porque siento que debo transmitir ese halo invisible que se introduce en el ser humano cuando se queda a solas con la belleza.

Llevaba un tiempo pensando escribir sobre él, tal vez desde aquel día en que lo vi en las primeras páginas de los periódicos, roto y resquebrajado. Desde aquel día quise acercarme a él, seguí su rastro, rebusqué entre mis viejos libros y entre mis buenos amigos, y, al fin, lo conseguí, porque tenía que ser, porque tenía que darle mi significado. Tengo que reconocer, como un dato más, que me apasiona la escultura, que tengo que tocarla, y mi amigo Alfonso González Palau, niño grande, ingenuidad hecha erudición y flamante restaurador de la estatua, al fin accedió a mis continuas peticiones de conocer la situación real en que se encontraba. Tenía la sensación de que no podría escribir ni una línea si no lograba contemplarla de cerca.

Llegamos a las dependencias donde se había depositado, los dos solos. Los goznes de la gran puerta del hangar chirriaron. Tanto era el respeto y la ilusión, que me parecía estar a punto de profanar un santa santorum, un espacio sólo reservado a los elegidos, a pesar de contar con el correspondiente permiso y ser una hora cercana al crepúsculo todavía bajo el envolvente calor de agosto. Al fin la puerta se abrió descubriéndome un gran espacio organizado en tres partes diferenciadas, más que porque existiera división física, por la cantidad y variedad de cosas – perdónenme, prosaicas – que se almacenaban allí. De frente, la oscuridad apenas dejaba entrever una serie de grandes piedras desmadejadas que dejaban ver, al fondo, un patio pequeño y coqueto, bastante abandonado y ocupado, casi totalmente, por una fuente de tres o cuatro cuerpos esféricos que, sorprendentemente, funcionaba. El agua se dejaba oír, cantarina mientras el escultor se acercaba al interruptor de la luz que luego resultó ser insuficiente para apreciar en detalle todo lo que yo deseaba absorber.

Y allí estaba. En el suelo. Sobre una lona, estaba él, el Minero, nuestro minero, partido en más pedazos de los que esperaba o me habían hecho creer. No sabría describir la emoción respetuoso y al mismo tiempo doliente, que sentí en aquel momento. Todo se podía ver de una ojeada: por un lado el brazo derecho con la mano aferrada a un trozo del carburo, por otro la pierna correspondiente y lo que quedaba de aquel. La pierna izquierda y el martillo pegado a ella, las metopas de la base con los lemas que conocemos, y multitud de esquirlas preparadas para encajar el puzle entrañable, completaban el fantasmagórico panorama. Bueno todo no, porque dejé para el final el trozo más grande: el torso desnudo, el brazo izquierdo y la cabeza, la hermosa cabeza intacta excepto por un piquete en la nariz fruto de la insensibilidad e ignorancia gamberril de la que, desgraciadamente, tenemos tantas muestras públicas.

Hasta ahí la descripción de lo que  se ve y que, con ser mucho, lo más impresionante es lo que se siente: un increíble, emotivo e impactante placer estético. Anatómicamente es grande, estéticamente es bellísimo, sobre todo su torso desnudo, vigoroso, suave, bien esculpido, que me recordó, y no creo en la casualidad, al torso de Belvedere o al David de Miguel Ángel, sin considerar ninguna blasfemia tamaña comparación, máxime cuando sé que siguen un mismo canon artístico. Al verlo tan cercano creí en la teoría de que Víctor de los Ríos era escultor, no imaginero. Un genial escultor del cuerpo y la humanidad de la piedra.