Cuando vi  “El Club de los Poetas Muertos” me emocioné con muchas de sus escenas, pues la película, destilaba brotes de autenticidad, tiernamente, delicadamente maravillosos. Es la lucha de un profesor contra las realidades  intolerantes de un sistema educativo, realmente castrante.

El pueblo norteamericano tiene la virtud de la autocrítica, a veces hasta hacerse sangre, cosa que a los españoles nos falta.

Escribo este artículo, como homenaje a muchos de mis compañeros/as docentes.

En España, institucionalmente,  el profesorado nunca ha sido reconocido, ni tenido en cuenta, respecto  a los cambios que se perfilaban de cara  a la enseñanza. Y eso arranca desde siempre.  Lode, Logse, Lomce. A nuestros políticos, la Enseñanza, les importa un bledo.

En 1980, aparecieron  palabros y frasabros, tales como trasversalidad, diseños curriculares, educación  en la diversidad, aprender a aprender (en lugar de aprender a pensar, porque  no interesaba que nuestros jóvenes aprendieran a discernir)

Un gran espíritu en la Ley, pero un fracaso en su puesta en prácticaGrandísimos pedagogos y filósofos, Giner de Loa Ríos, Joaquín Costa, Díaz del Corral, Llopis Ferrándiz, María de Maeztu, Tierno Jiménez,  Marina, Margarita Comas etc., fueron obviados en sus “Corpus Moralis”  y dieron paso a mediocres, que ni habían pisado un aula, ni querían pisarla, para que elaboraran un “Corpus Doctrinalis” afín a quienes mandaban en aquel momento… en todas las 17 Españas.

Y  valores humanos como ética, esfuerzo, constancia, responsabilidad, el placer por lo bien hecho… eran cosas como que muy raras que el alumnado a veces no comprendía, porque no lo oían en sus casas. Desde arriba, se condujo al alumnado hacia el camino más fácil.

Programaciones de asignaturas y por decreto, empeñadas en demostrar la calidad de sus contenidos, que luego iban descafeinándose quedando a ras de suelo, para que todos los educandos, fueran aprobando con unos conocimientos cada vez más bajos, para que el alumnado no se desmotivara y frustrara y alcanzara ese conocimiento mínimo, que le permitiese pasar de curso sin traumas y sin esfuerzo, con imposiciones al profesorado para aumentar las estadísticas de aprobados, con lo cual el educando se servía de ese mínimo esfuerzo. ¡Aleluya!  El fracaso escolar, se había reducido a su mínima expresión estadísticamente.

Programaciones de asignaturas, en las que machaconamente, sólo aparecían palabras como  igualdad, derechos, educación en la diversidad, coeducación…  sin mencionar obligaciones y  responsabilidades del alumnado, tolerancia, respeto al profesorado, reconocimiento de su autoridad…

Total que descubrimos un mundo que se postulaba como único, cuando la realidad era, que otros países más avanzados que nosotros, lo habían experimentado y había sido un perfecto fracaso, del que hubieron de recular. No había, ni hay hoy,  interés en un gran pacto de estado en  la educación, que supondría el futuro de nuestra sociedad.

Todos los docentes fuimos víctimas de unos planteamientos educativos, impuestos de forma piramidal, y sin contar con nosotros, pagando con nuestro honor y nuestra autoridad y que relegaron nuestro hacer al pupitre de final de la clase, porque éramos los mindundis del sistema de enseñanza.

Empezaron a evaluar al profesorado, en función de  mamotretos de currículums  (a veces ininteligibles) que quedasen como la mejor obra de arte literaria de lo nefasto.

Era el modernismo educativo.  Ya los sujetos de inspección no eran los conocimientos del alumnado, sino el de esas voluminosas y horrendas programaciones, de las que alguien lego en la materia, no entendía un carajo, pero que daban una incuestionable apariencia del saber hacer de la Administración Educativa. Cuantos más papeles rellenases a los inspectores, mejor que mejor, no importaba la realidad diaria en el aula.

Los conocimientos del alumnado en mínimos históricos, pero en  la Administración, estaban ufanos de lo que habían conseguido.

Las palabras esfuerzo, constancia  y responsabilidad en el alumnado, que antes he mencionado, no figuraban en la elaboración de esas programaciones dictadas ad hoc para goce político.

El ejercicio de la memoria en el joven, se dejaba a un lado como entidad menor  de valor educativo. Nuestros jóvenes, tenían por decreto que “aprender a aprender” en lugar de aprender a pensar, como valor incuestionable. Después daban igual los conocimientos de los chavales, porque lo que interesaba eran las estadísticas… aprobando a los chavales por decreto.

Se quitaron las tarimas del profesor, porque en el aula todos debíamos ser iguales, todos a la “misma altura”. El alumnado nos llamaba de tú, que era más cercano, porque éramos colegas…   se nos quitó la autoridad, el honor y el respeto.

A los docentes, nos convirtieron en educadores por decreto. Una educación, que muchos niños y niñas, no traían de sus casas y los docentes, eran los únicos obligados y responsables de ello.

Muchos padres y madres, convirtieron al docente en potencial enemigo, pues ellos y sus hijos, eran los auténticos amos del colegio, porque sus niños/as  eran los más listos, los más altos y los más guapos.

Algunos Inspectores, no pisaban la sala del profesorado, con lo cual no había comunicación alguna, sino que se reunían  con algún que otro Director para que  les soltase quienes eran los  docentes dóciles y quienes los díscolos. De eso tengo experiencia.

Pero  con la excepción concreta (sólo hablo desde mi experiencia) de un Director, el último que tuve, que era capaz de meter las cabras en el corral a cualquiera. Y miren que fue tentado para que aceptara ser Inspector, y él se negó en rotundo, porque es un hombre, que sabe donde tiene que estar y dónde no. Como mi amiga Mercedes, una profesional, docente y directora, una mujer como la copa de un pino. Y es que para eso, hay que tener talla humana.

En fin, muchos, demasiados colegios e institutos, aunque públicos, que son los que conozco, al estilo de donde estaba  John Keating.

Pero también, muchos, muchísimos  docentes iguales a  Keating, de los que nadie conoce nada de su labor callada, soterrada, vocacional, no reconocida. Sábados, domingos, fiestas, meses de verano….  Desconocidos en su labor, para desgracia de esta  sociedad.

Decía Celestín Freinet:  “No podréis educar a vuestros jóvenes, para que mañana construyan el mundo de sus sueños, si vosotros no creéis ya en esos sueños”

Eso es lo que desprende la película del profesor Keating  y quien se ríe de ello, es que es un hipócrita.

Es la libertad de un país, en el que si yo siguiera en activo en la docencia, no hubiese podido escribir esto, porque me jugaría mi puesto de trabajo.