La palabra “laico” viene del griego “λαός” que significa “pueblo”.

La palabra “laicidad” se refiere a “la actitud de respeto al pueblo”, dentro del cual, están sus formas de pensar, sean religiosas o no lo sean. La palabra laicismo va más bien dirigida a esa corriente de pensamiento que conlleva la palabra “laos”.

Ninguna de las tres palabras son “anti”; pero sí las tres son “respeto al pueblo, a sus formas de pensar, aunque sean religiosas.”

 Identificar laico, laicidad o laicismo con la palabra “anti” (lo que sea) es no respetar al pueblo en cualquier materia de pensamiento.

La Iglesia durante los dos primeros siglos fue “laica”; aún no se había instituido el “sacerdocio”. Cuando el sacerdocio se hace presente en el siglo tercero, se hace una división entre las comunidades cristianas: los “sacer” y los que no son “sacer”,  Los “sacer”(sacerdotes) se imponen como poder y “los laicos” cada vez  se convierten más en “súbditos” de los “sacer”.

Esto no sólo ha ocurrido en la Iglesia, sino también en la sociedad. Cuando el poder se cree soberano, el pueblo pasa a ser súbdito del poder. Esto ocurre, por desgracia, en las dictaduras y en las falsas democracias.

Ni la Iglesia ni el poder deberían jamás apartarse del laos  (λαός) del respeto a sus diferencias y a sus distintas formas de pensar, sean políticas sociales o religiosas. Ninguna institución sea política, social o religiosa, puede o debe “imponerse” al pueblo. Quien pretende imponerse al pueblo se convierte en un prepotente e inquisidor.

El poder, sea religioso o político, deja de ser laico ( λαός) cuando deja de estar al servicio del pueblo en todo.

Esta contraposición del “laos”, con “sacer”, dio posteriormente lugar a la palabra “lego” que entre otras acepciones, significa profano o ajeno, que no entiende de una materia determinada. Por tanto, lai-cidad significa que una comunidad, un Estado, es lego o ajeno a las materias de asuntos religiosos de sus ciudadanos; no toma postura ante ellas.

Esto quiere decir que el Estado, simplemente se inhibe ante cualquier tipo de creencia, es decir, es aconfesional, respetando a todos y cada uno de sus ciudadanos.

Dicho esto, conviene decir que “laicidad” no es lo mismo que “uniformidad no religiosa”, o sentimiento anti-religioso, sino todo lo contrario, es equivalente a diversidad, pluralidad o multi-culturalidad, en torno a un eje vertebrador, de respeto a las convicciones íntimas de cada persona en materia de trascendencia (religión).

Pero vamos a poner unos ejemplos que pueden aclarar bastante:

El Estado Español, que por definición es aconfesional, laico, y por extensión “lego” es decir que no entiende, en materia religiosa (esto es en teoría, porque en la práctica vemos al presidente Rajoy apoyar a la Conferencia Episcopal sobre el mantenimiento de la Religión Católica en los colegios, en desigualdad manifiesta respecto a otras religiones, como igualmente lo hicieron los señores González, Zapatero y Aznar).

Una sociedad laica y democrática, no se plantea si la unión de dos homosexuales es buena o mala, simplemente constata que existe y que estos ciudadanos tienen iguales derechos a los demás, incluso respeta sus decisiones de casarse.

Conviene expresar también los problemas con que se va a encontrar la laicidad, pues la mayor parte de las personas, estamos saturadas de falsos convencionalismos y confesionalismos camuflados.

Un estado aconfesional, en los temas públicos, como los centros educativos, universidades, hospitales, no debe permitir que ninguna confesión religiosa concreta, prime sobre otras confesiones o sobre la misma laicidad, porque las creencias religiosas deben quedar en la privacidad y luego el ciudadano obrará en privado o en público, de forma personal, de acuerdo  con estas creencias.

A mí, personalmente, no me molestan los crucifijos en las aulas, porque me considero cristiano, pero como cristiano, y como ciudadano, pienso que eso es una falta de respeto a personas, con otras creencias o sin ellas. Y es que quizá vivimos  sometidos por los dogmas.

Una sociedad laica, no puede venerar valores absolutos, salvo aquellos que se derivan de la convivencia de todos (libertad, igualdad, solidaridad, respeto a la vida).

Pero una sociedad como la nuestra, que debiera ser laica, absorbe la cultura de la calle, que por desgracia, es la de los medios de comunicación, sin planteárselo siquiera, por encima de los valores personales, familiares y de las escuelas públicas.

Tampoco en un estado aconfesional, tiene sentido  la presencia de autoridades civiles y militares, en ceremonias religiosas, para representar a una sociedad laica y viceversa.

Y en el caso de los oropeles y las ostentaciones religiosas, todavía en nuestra sufrida España, más que signos inherentes a su esfera de religiosidad, parecen retrotraerse a los deseos de unas gentes que siguen soñando en recuperar la confesionalidad católica del Pueblo y del Estado Español, una confesionalidad metida antaño, con calzador, a cristazos, en un pueblo entonces poco culto y sin libertades.