Ahora que estamos  en época de cambios ya va siendo hora de que también utilicemos el lenguaje correctamente, es decir, que cada palabra se corresponda casi exactamente con lo que se quiere decir. Es un vano intento tal vez ahora cuando se utilizan cada vez menos palabras, cuando aburre una explicación un poco extensa, cuando los artilugios de las nuevas tecnologías premian la brevedad. Y yo estaría de acuerdo, para los demás no para mí, en aquello de que “lo breve dos veces bueno” si nos expresáramos  con las palabras idóneas. Toda esta perorata se corresponde con los meandros del Pisuerga mientras pasa por Valladolid acercándose al 28 de Junio.

El 28 de Junio de hace 45 años, nada en la inmensidad de la historia, se produjeron disturbios en un pub de Nueva York llamado Stonewall Inn al que acudían los que tenían una diferente orientación, identidad u opción sexual, que no digo condición, puesto que ésta se refiere mejor a nuestra condición de seres humanos sexuados que luego pueden tener una orientación u otra, esa es la diferencia semántica. Bueno pues estas personas se vieron envueltas en persecuciones que marcaron una fecha para reivindicar en todo el mundo el Día del Orgullo Gay, que menos mal que ya se extiende a todo el colectivo LGTB, porque la visibilidad es un grado.

Ya sabemos todos los actos lúdicos y reivindicativos que se programan para conmemorar este día, pero tengo que decir, por ir por delante,  que no suelo estar de acuerdo con los estereotipos que se proponen y que me mantengo en desacuerdo  con la palabra orgullo, no me parece apropiada y en ese sentido propondría la palabra dignidad. Tal vez la traducción del inglés haya llevado a esta definición que chirría, a mí al menos me chirría. Y me chirría porque orgullo significa altivez, altanería, arrogancia, vanidad, y no creo que el colectivo LGTB sienta ninguna de estas acepciones. Todo cambiaría si lo llamáramos dignidad, una dignidad reclamada como una reivindicación de la libertad respecto a las imposiciones sociales, como un respeto que se merece todo ser humano por serlo, como una naturalidad que se debe implantar en todas las relaciones humanas civilizadas y libres. Hace 30 años todavía eran perseguidos gays, lesbianas, transexuales o bisexuales, todavía eran delincuentes y eran detenidos,  ahora no es así, afortunadamente, aunque todavía permanece cierto desconocimiento y desconfianza, incluso cierta fascinación o extrañeza, todas reacciones que provocan no pocos procesos que incapacitan para una convivencia feliz. Yo siempre me acuerdo de lo que tuvieron que sufrir los anteriores sólo por haber nacido unos años antes.

Por eso están tan contentos los representantes activistas de estas organizaciones cuando el Rey y la Reina los han recibido estos días “como si tal cosa” junto a muchas otras entidades sociales. Eso ha estado bien, por primera vez ha sucedido y tiene su importancia para que la convivencia humana se relaje y pueda construir por encima de la condición humana la libertad de orientación política, social sexual, económica o de cualquier índole que es lo que corresponde a la dignidad con la que hay que vivir.

Felicito a las personas LGTB, les deseo una libertad interior y exterior lejos de los estereotipos y las celebraciones chabacanas, les animo a que vivan su vida con la naturalidad a que tienen derecho. Yo les digo que sólo hay una vida y no merece la pena centrarla en apreciaciones externas que no muerden. Hoy no y… allá cada cual.