Es Viernes Santo. Procede hablar de Semana Santa, de cómo la vivimos, cómo la interiorizamos, cómo la transmitimos o de qué manera particular la llenamos, porque cada pueblo o ciudad tiene su manera de afrontarla. He escuchado el pregón de este año, declamado por el sacerdote Alberto Jaime Martínez, con bastante interés, quería saber cómo un cura, este cura en concreto, profundizaba en la Semana Santa. Estaba segura de que le daría una dimensión humana, lo cual proviniendo de un cura es un plus, sabía que no se elevaría de la tierra que pisamos todos los días y que trascendería, porque uno debe pisar el suelo sin dejar de mirar hacia lo alto, me esperaba un recorrido por la vida de Jesucristo haciéndole cercano, acompañándole en sus días difíciles, mostrándonos su no connivencia con el poder establecido y los sentimientos hacia, sobre todo, los más desfavorecidos, hacia sus familiares, hacia sus amigos, sí, hacia algunos de aquellos que apenas lo entendieron. Me ha gustado su pregón, me ha gustado sobre todo una frase: “¿Qué tiene este muerto que, después de 2000 años, sigue molestando a los vivos?” Algo tendrá, digo yo, quizá que no ha habido persona viva en nuestra historia tan perfecta, tan ejemplar, con tanta inteligencia emocional, con tanta bondad, con todas las cualidades que incluso todos en algo podemos adquirir. Quizá es, digo yo, porque en verdad era el Hijo de Dios, el Amado, el Predilecto. Quizá es porque era eso. Y sin quizá. Lo es.

Pero ahora, 2000 años después, la Semana Santa a mí me dice que no ha cambiado nada de su ejemplo y su mensaje, aunque sí ha cambiado cómo nos lo han transmitido o cómo nos lo han presentado. Se dice que vino para salvarnos quizá para eludir la responsabilidad de las gentes que lo mataron por no aceptar ni claudicar ante los poderosos, pero no, le mataron porque estorbaba, denunciaba, desobedecía, ofendía a la cruel cerrazón humana, actuaba por amor. Se dice que vino para salvarnos pero no, le mataron porque nos decía cómo éramos y cómo deberíamos de ser, nos hacía enfrentarnos a nuestras actuaciones egoístas, a nuestra maldad y eso no gustaba. Por eso le mataron, le matamos. Eso es para mí la Semana Santa, la historia de una injusticia clamorosa y de la necedad atávica de matar al mensajero creyendo que así se mata su mensaje, que no nos hemos enterado todavía. Alberto Jaime ha hecho hincapié en el papel de las mujeres que fueron las primeras en ir al sepulcro vacío para completar los ritos funerarios. Yo me alegro de esto, como veis no pierdo ocasión que apoye mis razonamientos, pero siempre me he preguntado por qué los hombres no iban del mismo modo, por qué no cumplían con sus ritos también, qué podía impedirles homenajear a un muerto al que tanto decían querer… Sé que puedo hacer una deducción fácil pero me apetece jugar con la idea de que ellos se lo perdieron, porque supuso el suceso más trascendental y único de la Historia: había resucitado. Y no estaban.

Linares se echa a la calle y de alguna manera gusta ver los espacios llenos de gente ahora que todo está tan silencioso y como “deshabitado”. Me pregunto por qué esta gente, toda la de Linares, no se echa también a la calle para recobrar nuestra ciudad, para llamar la atención sobre nuestro declive. No voy a ser yo quien tenga algo contra lo que cada cual quiera hacer, pero se me ocurre que este año podía haber salido sólo una imagen de las nuestras, el Nazareno por ejemplo, quedar permanentemente expuesta toda la semana, que parece que no va a llover, y que la gente en masa lo acompañáramos a determinadas o todas las horas. Todos, 60.000 personas dan para mucho. Una semana de real simbiosis entre la petición y la esperanza.

Pero no creo que cuajara la idea, por eso cuando veo lo que veo yo preguntaría: ¿Qué buscáis? Ya sabéis la respuesta.