El pasado martes la comunidad gitana de LInares, como todos los gitanos y gitanas del mundo, celebraron  el Día Internacional del Pueblo Gitano. Llamada por la Asociación de Mujeres Gitanas “Paraj”, porque las mujeres son las que lo mantienen casi todo, hasta lo que les perjudica, asistí a su celebración  y confieso que lo viví de forma diferente mientras en el salón de Plenos compartía su compañía, atendía a su manifiesto, escuchaba su himno y participaba de su “ceremonia del río” en la que lanzamos flores al agua de la Fuente de la Constitución. Porque aquí no tenemos río para que esos pétalos hubieran seguido errantes como la intención con la que los  despedimos. Lo he vivido de forma diferente debido quizá a mi libro en el que tantas horas dediqué para conocerlos, o más bien conocerlas, a ellas, a las gitanas.

No sé por qué, a lo largo de la historia, la raza gitana ha sufrido tantas persecuciones y actitudes de rechazo y hostilidad, desarraigo  o como poco, indiferencia. En mi opinión puede haberse debido a su orgullo y resistencia a dejar de ser lo que son: gitanos y gitanas, ellos mismos. Personas con sus tradiciones, sus ritos y sus diferencias. La perseverancia tenaz por conservar su identidad a través del tiempo y contra viento y marea, el no adentrarse del todo en otras sociedades, ha podido concitar ese alejamiento porque las mayorías nunca pueden aceptar a quienes no siguen sus normas, no pueden consentir que unas minorías no se plieguen a la idea de la unificación de las sociedades y como consecuencia optan por olvidarlos o marginarlos, persisten en una ignorancia que les aleja en vez de procurar a cercarlos.  Sin embargo su resistencia a cambiar, paradójicamente, es lo que les ha hecho pervivir siendo ellos mismos, su orgullo es el que los mantiene a través de los siglos.

Mientras escuchaba su precioso Himno, os animo a que lo escuchéis, en la voz de Carmen, una gitana joven y actual, pensaba en todo esto. Pensaba en su sufrimiento de pueblo errante, en sus mitos, en su independencia. Veía su humildad y su sabiduría, sobre todo en las mujeres, lo siento, ante todo soy mujer, pero es que además es cierto su matriarcado. Y recordé la primera vez que fui consciente de lo que era una gitana que pertenecía a mi sociedad. Sí, me encontré con lo que era una gitana, una gitana que “imponía”, cuando por primera vez vi el mural del cine Olimpia, que plasmaba varias escenas de gitanos. En uno de ellos, una mujer de mediana edad, de pie, de mirada directa y algo desafiante, sujetando el chal que cubría sus hombros, se destacaba por entre los colores, dejando que el perro, el carro y hasta el gitano sentado, quedaran en un segundo plano. Una prestancia indiferente que parecía decir: “Sí, aquí me ves, esta soy yo, aquí estoy. Vivo junto a ti.  Soy una mujer, pero no soy como tú.  Yo soy gitana.” Esa gitana emblemática para Linares era La Rincona. Una imagen que no he olvidado y que respeto en su mito.

Gelem, gelem, es el título en romaní del Himno Internacional Gitano, que recuerda en una cadencia impresionantemente bella, de queja y orgullo, el holocausto nazi que, como no, también les tocó a ellos. Gelem significa anduve, como el destino de los gitanos y gitanas de siempre: andar y andar.

Gelem, gelem. Opre Rroma isi vaxt akana. “Anduve, anduve. Arriba, gitanos, ahora es el momento”, son las palabras entrelazadas en los palos de la rueda que vive entre los azules y verdes de su bandera. Hay cosas que nos asemejan y debemos buscarlas. Si escucháis su himno, debéis escucharlo, los comprenderéis un poco mejor. Viven con nosotros, nosotros vivimos con ellos. Juntos, en un Linares tan suyo como nuestro.

Ceremonia del río

Ceremonia del río