¡Pobres animales que lo único que hacen es guardar lo más sagrado de nuestra democracia que es el Sancta Sanctorum, hábitat natura de nuestros políticos!

Y encima estos dos pobres animales, sin descanso durante todo el año y sin derecho a jubilación, tienen que soportar que cuatro indocumentados les tapen la boca, quitándoles el único derecho que les queda, que es el de rugir.

Que no, tíos que no, que eso no son maneras de protestar amordazando a esos pobres leones, que los de dentro, son más peligrosos que los que custodian la puerta.
Pero no os preocupéis que ya vendrá el notario con las rebajas, si triunfa “democráticamente” la Ley Mordaza.

¿Pero es que no os habéis dado cuenta que el Congreso es inviolable?

Platón en su libro VII de la República, escribe sobre la Alegoría de la Caverna, más conocida como “Mito de la Caverna” que los chavales estudian en filosofía en el bachillerato y que merecería la pena que muchos repasásemos.

Y es que nuestros políticos están viviendo el “Mito de la Caverna” ajenos al mundo real.

El onanismo político, ha metido la Constitución en un corsé. La ciudadanía pide más y muchos tienen miedo de “ese más” justo y lógicamente necesario, por si acaso pierden sus privilegios y por eso, siempre aluden a la Sacra Constitución, a su intocabilidad, cuando ni ésta, ni el Congreso son sagrados, porque sólo el pueblo lo es. No se hizo el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre.

Doce Constituciones a lo largo de nuestra historia y todas se las han cargado, porque no hemos sabido reformar Constituciones, desembocando después de cada una, en una dictadura. Y esas malas experiencias recibidas de la historia, les ha llevado a sacralizar la actual Constitución, en virtud de los intereses del poder. ¡Vivan las caenas!
José Moisés Martín, argumenta que la reforma del artículo 135 de la Constitución, llevada a cabo por el Gobierno de Rodríguez Zapatero con el apoyo del Partido Popular en 2011, es de dudosa consistencia económica y ha limitado la posibilidad de llevar a cabo políticas económicas alternativas.

Como norma general, entre otros puntos, dice esta reforma, del 135, que el presupuesto de las Administraciones Públicas debe estar en equilibrio presupuestario, y el “déficit público estructural” no será superior al 0,4% del PIB. ¿Qué puñetas son los palabros entrecomillados? ¿Adónde va realmente ese dinero? A las obligaciones sociales que tiene el Estado, desde luego que no.

Cuando hay voluntad, las cosas se resuelven. La Transición fue modélica dentro de los límites y parámetros que podían serlo, porque había necesidad imperiosa de ello. Pero la Constitución nació ya viciada en parte, con brindis al sol, sobre todo en su cuerpo programático (derecho al trabajo, a la vivienda, aconfesionalidad del Estado…) para llegar a ver que todo esto es mentira.

De ahí la necesidad de un proceso constituyente que comience por reformar las partes que demanda la sociedad, estableciendo un diálogo entre el poder político y el pueblo soberano, porque éste, el pueblo, es lo auténticamente soberano y sagrado.

Todavía muchos sectores de la derecha tienen demasiadas adiposidades respecto al franquismo y repudian la memoria histórica.

No se puede ni se debe, pasar página de la historia. Demasiadas heridas causadas en la posguerra (sólo en una parte de los españoles) y durante el franquismo, que han de cicatrizar y desde luego no van a cerrar si se niega o se soslaya la herida.
La democracia hay que defenderla día a día. No nos podemos quedar escépticamente dormidos, mientras vemos como se conculcan nuestros derechos más elementales. Por eso digo, que lo único inviolable y sagrado, es el pueblo español, que ya ha sido ultrajado demasiadas veces.

Sólo cuando los poderes del Estado, dejen de serlo, para convertirse en Autoridad moral, y esta Autoridad moral, torne en Servicio a la ciudadanía, podremos recuperar las libertades individuales y colectivas, perdidas hace mucho. Sólo así caminaremos hacia una auténtica democracia.

El narcisismo político, no es más que el reflejo de una sociedad enferma, que exige a los demás, sin exigirse primero a sí misma.

Es el lecho de Procusto del que hablaba en mi artículo anterior, que todos queremos adaptarlo a nuestras rígidas creencias, a nuestras simas de intolerancia y de falta de respeto.