Hemos falseado hasta tal punto el Evangelio, que lo hemos convertido en algo inútil Cuenta Tony de Mello, que en una tribu de primitivos seres humanos, alguien descubrió un día la manera de hacer fuego. El inventor quiso hacer partícipes a otras tribus de aquellas ventajas; así que cogió los bártulos y se fue a la tribu más cercana. Reunió a la comunidad y les explicó la manera de hacer fuego y como se podía utilizar para mejorar la calidad de vida. La gente se quedó admirada al ver aparecer el fuego, como por arte de magia. El visitante, les dejó los instrumentos de hacer fuego y se volvió a su tribu. Unos años después, volvió por la aldea y les preguntó si lo habían utilizado para la vida diaria. Los de la aldea lo llevaron a un lugar donde habían construido una especie de altar y en lo más alto habían colocado una preciosa urna, donde habían guardado los instrumentos de hacer fuego que les había regalado, para así poder adorarlos Pero ni vestigios de fuego. A Jesús, no se hubiese ocurrido que se pusieran de rodillas ante él y lo adoraran. Él sí se arrodilló ante sus discípulos para lavarles los pies. Hemos convertido la eucaristía en un rito puramente cultual, superficial y sin embargo es y debiera ser el centro de vida de aquellos que nos llamamos cristianos. La eucaristía era para las primeras comunidades lo que daba sentido a sus vidas en comunidad, que se comprometían a vivir lo que aquello significaba, que era vivir como Jesús. Este sacramento hoy, se ha vaciado de contenido, se ha olvidado totalmente su esencia. La eucaristía es un sacramento y los sacramentos, ni son ritos mágicos ni son milagros. Los sacramentos son la unión de un signo con una realidad que tiene Vida, con una realidad significada.

El Pan partido y compartido, es el signo de lo que fue Jesús toda su vida, una vida com-partida con los demás. Luego el pan sólo es un signo que nos ha de comprometer en una actitud de servicio y la entrega a los demás y en Jesús esa actitud tuvo como consecuencia última que fuera eliminado por los gurús de su religión.

Para los judíos, la sangre era la vida. No se trataba de un signo de vida, como puede serlo para nosotros hoy, sino que era la vida misma. De tal modo que tenían terminantemente prohibido comer la sangre de los animales, porque la vida era propiedad exclusiva de Dios. Con esta perspectiva, la sangre derramada está haciendo alusión a la vida de Jesús que estuvo siempre a disposición de los demás.

No es su muerte la que nos salva, sino su ejemplo de vida humana que estuvo siempre al servicio de todo aquél que lo necesitaba. Por tanto, la eucaristía, debiera convertirse en disponibilidad para compartir y sólo así se convertirá en Vida propia, como hizo Jesús, porque este sacramento es una realidad trascendente, y está siempre fuera del alcance de los sentidos; por esa razón, siempre que queremos hacerla presente, tenemos que utilizar los signos. De aquí proviene la necesidad que tenemos los cristianos de los sacramentos. Dios no los necesita, pero nosotros sí, porque no tenemos otra manera de acceder mentalmente a esas realidades que son eternas. Están siempre ahí. En lo que fue Jesús durante su vida, podemos descubrir esa realidad, la presencia de Dios en él. Yo entiendo a Dios, como realidad y energía cósmica, realidad y energía de Amor, como diría Teilhard de Chardin. El primero y principal objetivo al celebrar este sacramento, es “tomar conciencia de la realidad divina en Jesús y en nosotros”. Pero esa toma de conciencia tiene que llevarnos a vivir esa misma realidad como la vivió Jesús. Toda celebración que no alcance, aunque sea mínimamente, este objetivo, se convierte en completamente inútil, estéril. Celebrar la eucaristía sin exigirme la entrega al servicio de los demás, no es más que una ilusión y un autoengaño. En la eucaristía se concentra todo el mensaje de Jesús, que es el AMOR, Amor total, Amor sin límites. Al comer el pan y beber el vino, estoy completando el signo. El pan que me da la Vida no es el pan que como, sino el pan que doy. Soy cristiano, no cuando “como a Jesús”, sino cuando me dejo comer, como hizo él.

El ser humano no tiene necesidad salvar su “ego”, a partir de ejercicios de piedad, sino liberarse del “ego” y tomar conciencia de que todo lo que es, está en lo que hay de Dios en él. Acrecentar mi “yo”, aunque sea a través de ejercicios de devoción y sacrificios personales sin sentido, es precisamente el camino opuesto al Evangelio. Sólo cuando hayamos descubierto nuestro verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestra religiosidad que busca acrecentar nuestro “ego”. Comulgar significa el compromiso de hacer nuestro todo lo que es y fué Jesús. Significa que, como Él, soy capaz de entregar mi vida por los demás, no muriendo, sino estando siempre disponible para todo aquel que me pueda necesitar. Arrodillarse ante el altar y seguir ignorando, humillando y despreciando a los demás es engañarnos, a nosotros mismos. Si en nuestra vida no reflejamos la actitud de Jesús ante todo el que sufre, la celebración de la eucaristía seguirá siendo magia barata para tranquilizar nuestra conciencia.

A Jesús hay que descubrirlo en todo aquel que espera algo de nosotros, en todo aquél a quien puedo ayudar a ser él mismo, comprendiendo que esa es la única manera de llegar a ser también yo mismo.

Al menos, este es mi punto de vista sobre este tema.

Fuentes: “La espiritualidad en la construcción de la paz” Leonardo Boff, teólogo