Karl Marx criticó la palabra “esperanza”. Veamos el por qué de esa crítica.

Pensaba que los creyentes la usaban solo en sentido escatológico, es decir, del más allá.

Pensaba también, que para los cristianos, toda la vida iba encaminada hacia eso: acumular méritos para llegar al cielo. Había que “ser bueno” cumpliendo los preceptos de la moral burguesa: cumplir lo que la iglesia manda. Es decir,ir a misa, no fornicar, no robar… Y tras un tiempo en este valle de lágrimas, esperaban llegar al Paraíso.

El filósofo judío y marxista, Ernst Bloch parte de un lugar diferente: desde el marxismo, la esperanza es el principio, es la ley fundamental. Esperamos conseguir la sociedad justa en este mundo. Esa sociedad imposible puede ser real. Luchar por la utopía (u-topos, es decir, lo que todavía no tiene sitio aquí, pues topos en griego es lugar). Ese es el paraíso marxista de la sociedad sin clases. La paz perpetua de Kant.

“El principio esperanza” la inigualable obra de Ernst Bloch, fue escrita entre 1938 y 1947, durante el exilio del filósofo en los Estados Unidos de América, y luego reelaborado tras su retorno a Alemania.

Constituye indiscutiblemente uno de los legados filosóficos mayores del siglo XX. Partiendo de la consideración de la utopía como una función esencial del ser humano, Bloch, lleva a cabo un apasionado recorrido por sus diferentes manifestaciones, hasta tal punto que la obra ha podido ser calificada de auténtica «enciclopedia de las utopías».

En este libro torrencial, caudaloso, escrito en el peculiar y exigente estilo del autor, que hunde sus raíces en el romanticismo y el expresionismo alemanes, se encuentran pensamientos fundamentales para entender el arte, la sociedad, la política y la religión en el mundo contemporáneo.

Bloch reflexiona sobre la dimensión utópica del ser humano en conexión con la filosofía marxista, pero el alcance de su indagación va mucho más allá de cualquier ortodoxia ideológica para convertirse en una honda investigación sobre los aspectos esenciales de la frágil existencia humana.

El teólogo Jose Maria Diaz Alegria escribió “Yo creo en la esperanza” y tuvo serios problemas con la jerarquía eclesiástica.

Juan José Tamayo escribió en 2010 tras la muerte de Jose Maria Diaz Alegria:

“Acaba de fallecer el teólogo José María Díez-Alegría. Iba a cumplir 99 años en octubre. En las últimas visitas que le hacíamos los amigos y amigas, solía decirnos que no quería llegar a centenario para que no le pasearan como un mono de feria”

Su deseo se ha cumplió. Murió vencido por la edad, pero conservando intactos la esperanza y el sentido del humor. “Como Dios sabe que soy de izquierdas, todavía oigo un poco por el oído izquierdo y veo otro poco por el ojo izquierdo”, me comentó cuando le vi por última vez.

Díez-Alegría fue testigo privilegiado y protagonista de algunos de los momentos más importantes de la historia de España y del cristianismo del siglo XX, y uno de los intelectuales españoles más influyentes en todos los campos del saber y del quehacer humano: ética, doctrina social, filosofía, teología…

También en la lucha por la democracia. Siempre fue por delante marcando el camino que luego seguiría la sociedad.

Hoy con el Papa Francisco, no hubiese sufrido tan brutal persecución, o mejor dicho, ninguna.

Fue un hombre adelantado a su tiempo, como lo fueron Theilard de Chardin, Marx, Bloch, Engels, Hegel, Hans Küng … y actualmente muchos teólogos y filósofos como Casaldáliga, Boff, Jose Mª Castillo, Jon Sobrino, José Antonio Marina etc.,

La esperanza hemos de encontrarla en este mundo y para este mundo, porque pertenece a este mundo y porque la esperanza es patrimonio de nuestro tiempo, sólo de nuestro tiempo y en eso coincido con Marx.

No tiene sentido una vida orientada en la esperanza exclusivamente en el más allá, en el que creo firmemente, después de haber tamizado muchas de las “enseñanzas alienantes” que he recibido.

Porque la esperanza en el más allá, está en nuestro más acá, no en un sentido exclusivamente personalista, no en un sentido escatológico, sino en un sentido humanista, colectivo, plural, solidario…

Es el sarmiento de la vid, lo que da vida a las uvas unidas en racimo. O al menos para mí, que soy creyente, que tengo un sentido transcendente de la vida, de mi vida y la de los demás.

Si como cristiano, en algún momento, me fallasen Dios, el Espíritu e incluso Jesús de Nazaret, cosa que sería muy improbable en el caso de Jesús, siempre mantendría la Esperanza en el ser Humano, porque Jesús fue arquetipo de Humanidad.