Se vive por impulsos, sin apenas disfrutar del momento presente, pensando que viviremos durante mucho tiempo.

A veces, actuamos sin pensar que cada palabra que decimos puede herir en lo más profundo a la persona que nos soporta, bien sea nuestra pareja, nuestros hijos, padres, amigos, compañeros de trabajo…

El tiempo es para nosotros como el aire, que cuando nos falte habremos dejado de existir, y no disfrutamos de él por el ritmo de vida equivocado que llevamos, donde el estrés y la ansiedad nos impiden ver las cosas con claridad.

Aparentamos con frecuencia lo que no somos de manera que, mostramos la máscara de la perfección, ocultando nuestros defectos evidentes que todo mortal tiene.

La soberbia y el orgullo nos hacen justificar lo injustificable y jamás “daremos nuestro brazo a torcer”, mientras que la humildad acepta la crítica ante el error, aprende para superarse y vive para transmitir; en conclusión, diremos que sólo el humilde entiende y sabe de la vida, al contrario de lo que le ocurre al soberbio y al prepotente.