No por casualidad, porque la casualidad no existe, al escribir este artículo me he encontrado con la festividad del día: San Francisco, uno de los santos para mí más entrañables y cercanos junto a Ignacio de Loyola y Teresa de Jesús, que independientemente de las creencias de cada uno o una, han sido mortales que han dejado estelas dignas de recordar y mantener. Por la fecha no he podido sustraerme al recuerdo de mi visita a la tumba del “pobrecillo de Asís” hace por lo menos 40 años, un lugar sereno, increíblemente introspectivo desde el que escribí aquello de: “No se pueden hacer tres tiendas con sólo unos minutos de ansia de espíritu”.

No, no se puede pedir un retiro calmado en este tiempo, no se puede ceder al deseo insolidario de desaparecer, cuando en la vieja Europa, la mítica, la descubridora, el origen de la clarividencia posterior, se ha prendido una mecha que va avanzando por un reguero de pólvora que amenaza con explotar y terminar con todo y todos. Me llama la atención que precisamente sean los tres países mediterráneos, y más antiguos en el conocimiento de ellos mismos, como Grecia, Italia y España, los que estén en una situación tan precaria, en una confusión democrática tan grande, en una calidad de vida tan en declive. Me da la sensación de que están en un círculo vicioso del que no saben salir y todo por su propia responsabilidad, por no decir culpa que no me gusta.

Ellos mismos han propiciado su carcoma, ellos mismos tienen en común, más que cualquier otro, la corrupción, el retroceso del estado de derecho, el desprecio por las minorías y la necedad. Todo fruto de la prepotencia, la huída hacia adelante, la falta de reflexión, el hedonismo y la chulería mediterráneas.

Empecemos por Grecia que bajo un nombre precioso como “amanecer dorado”, ha escondido todo un entramado de asesinatos, agresiones, delitos financieros y una gran cadena de corrupciones que han llevado a este país a la ruina y al rescate continuo. Este fascismo emergente estuvo, hasta ahora, representado en la democracia griega y a ver cómo van a poder evitar nuevas elecciones y conseguir una cierta estabilidad. La mecha se ha prendido ahí y sigue en Italia donde Berlusconi quiere morir matando después de tener pendientes multitud de causas de fraude fiscal, de corrupción de mujeres, evasión de impuestos, sobornos, escuchas telefónicas… Y también pretende desestabilizar la democracia italiana y propiciar nuevas elecciones si no lo remedia ese rescoldo de responsabilidad de sus adláteres. Si los suyos no le hacen caso querrá decir que il cavaliere está acabado, o sea, que ya será el principio del fin de su poder.

Pero llegamos a España. Tenemos ya grupos neonazis que sólo quieren la violencia, sólo provocar inestabilidad. Tenemos autonomías que se han creído reinos de taifas, que engañan y provocan, que tergiversan la verdad. Tenemos corruptos que se han llevado el dinero de todos. Y tenemos, por terminar ya, un retroceso en calidad democrática y de vida monumental. Ya no hay líderes que sepan lo que tienen que hacer, o el ansia de poder y la corrupción les nubla la inteligencia. Todo es tan fácil como hacer cumplir la ley pero será que todos tienen algo que esconder. Y por eso.

En fin, que estos tres países lo tienen todo en común, defraudadores, anticonstitucionales, egoístas y “salvadores”, lo que tampoco es casualidad, y nosotros pronto tendremos en nuestro parlamento algún grupúsculo que nos desestabilice porque la mayoría absoluta está desoyendo la calle, no se preocupa más que de pagar a la Europa nórdica que cada vez nos endeudará más, o sea que tendremos más por lo que estar en deuda con ellos. Si bwana, sí Merkel. No mira para más sitios y está acabando con el bienestar de su ciudadanía. Me recuerdan, los tres, a la época imperial romana, se creen césares. Y ya sabemos cómo terminaron.

Dicen que estamos desaprovechando este tiempo para aprender, que no nos preparamos para la hecatombe, porque lo que venga después será otra cosa y nos hará falta recoger lo esencial del naufragio para sobrevivir en la isla donde quedemos. Se suele preguntar a veces qué nos llevaríamos a una isla desierta. Es interesante la pregunta… ¿Qué se llevarían Rajoy, Mas, Chaves, Urkullu, Barberá, Rubalcaba y otros? Yo me llevaría los diálogos de Platón, los Evangelios y lápices y cuadernos y me dedicaría a pensar qué fue lo esencial de la vida y en qué nos equivocamos, porque no aprendemos de la historia, la repetimos. Ah! A ellos no me los llevaría, sólo quizá a la gente que nos avisa, que tanto nos ha enseñado y a la que quisiera aprender. Y así empezar de nuevo. No va a quedar otra, las ratas siempre huyen. Menos mal.

Pólvora. Foto: Jordi Casasempere

Pólvora. Foto: Jordi Casasempere