Es costumbre del ser humano hacer atribuciones e interpretaciones con respecto a sus semejantes, en particular de la manera de pensar de los mismos, y encasillarlos, sin miramientos, en etiquetas que no siempre resultan adecuadas ni acertadas, a veces para empatizar con ellos, otras para hallar puntos de desencuentro.

Por ejemplo, es típico considerar a una persona de derechas o conservadora como religiosa (si no fundamentalista), al tiempo pensar que debe estar en contra del aborto y, ¿por qué no?, a favor de la pena de muerte. Ser machista y, por supuesto, rechazar manifiestamente el matrimonio homosexual. Conozco a personas de derechas que no cuadran en nada con este estereotipo, y sí a algunas de izquierdas.

Así mismo, se suele atribuir a las personas de izquierdas o progresistas la lucha por la libertad, su falta de religiosidad, su apuesta por el aborto y su desmesurada actitud en contra de la pena de muerte, por ejemplo. Tampoco son acertadas estas características en todos los casos; todos conocemos a alguien que rompe estas “normas”.

Muchos ejemplos contradicen estos supuestos: sabemos que hay curas de izquierdas, demócratas convencidos de derechas que están de acuerdo con el matrimonio homosexual y en contra de la pena de muerte, por citar dos características.

De igual manera se piensa en colectividades: Todos los andaluces son unos vagos, toreros y sólo les gusta la fiesta, no trabajar, todos quieren vivir de la subvención, se dice por ahí. O, todos los catalanes son independentistas, insolidarios, escatimadores que anteponen “la pela” a cualquier otro valor moral. O, todos los vascos son etarras y violentos, los gallegos melosos y pasivos, los castellanos austeros, los alemanes cabezas cuadradas, los ingleses personas con clase (gentelmen), los americanos zafios y beligerantes, etc. etc.

Todos sabemos que esto es también falso. Andaluces trabajadores y formales los hay, y muchos (por desgracia bastantes fuera de Andalucía), catalanes nada “porros” y sí solidarios, vascos (la mayoría) gente pacífica, gallegos ariscos, castellanos marchosos, alemanas pensadores y críticos, ingleses vulgares y americanos intelectuales y pacifistas, o ambas cosas a la vez.

Esta simpleza en el ejercicio del intelecto a la hora de analizar a los demás probablemente tenga su explicación, como ha descrito el neurólogo británico Oliver Sack (http://www.oliversacks.com/), en la incapacidad del cerebro para mantener lagunas en la información que acerca de algo o de alguien recibe, lo que le obliga a rellenar literalmente esos huecos con datos de experiencias pasadas o, incluso, a inventarla.

Por suerte somos seres racionales y podemos emplear estos conocimientos científicos para desechar prejuicios y a prioris sobre personas y acontecimientos que sólo son conocidos parcialmente. Eso sería lo deseable, pero me temo, como comprobamos día a día en nuestro entorno cercano y lejano, son muchas las personas que aún no hacen uso de tales conocimientos, bien por desconocimiento, bien por incapacidad, bien por mala fe, bien por otros intereses.

Es tan sencillo como juzgar a los demás sólo por lo que ellos dicen o hacen y no por lo que al colectivo al que pertenecen o le hemos adjudicado, acertada o desacertadamente, dice o hace.

Seguro que todos los políticos no son unos sinvergüenzas, ni todos los sindicalistas unos aprovechados, ni todos los empresarios unos explotadores, ni todos los trabajadores unos vagos, ni todas las personas de izquierdas demonios rojos, ni las de derechas fachas. Seguro.

A ellos, a nosotros, les toca, nos toca, ahora, tal y como están las cosas, con la desconfianza que nos tenemos los unos a los otros, mover ficha para demostrar que, en realidad, somos inteligentes y no nos dejamos engañar por los trampantojos del cerebro.

prejucio