Fanny siempre ensalza cualquier acto en el que se presenta con su palabra libre, con su palabra volátil, esta vez en su feria de San Agustín, al modo de esos globos de gas que se cargan de sentido a medida que suben hacia la luna, esta vez enamorada, que espera; una luna menguante que la otra noche escuchaba el pregón taurino que protagonizó la maestra del lance verbal, sabio y colorista que tan bien refleja la identidad linarense.

Yo estuve con ella en los momentos previos mientras vivía la emoción de presentarse en su plaza y mantenía el silencio que la haría mezclar, en toda una faena, los recuerdos, las vivencias, los compromisos, los brindis a su pueblo. Todo fluiría para completar el espectáculo, yo lo esperaba sabiendo que encandilaría “al respetable” con su particular verónica.

En el paseíllo, ella sola lidiaría todos los astados de la noche, se aferraba a sus folios y se dirigía a la tarima donde protagonizaría la ceremonia ancestral que nunca hubiera imaginado. Ella en su calle repleta de gente, protegida por su casa, arropada por sus recuerdos, comenzaba el rito. Verla allí, en el mismo pedazo de cuerpo y alma que era su barrio, suponía una instantánea inédita y bella. Y mientras, recordaba su esquina, la misma en la que estaba, “abrazaba el clamor de la plaza de toros”, desde donde le llegaban los ecos de tantas tardes gloriosas precursoras del verdadero punto de inflexión que supuso la muerte de Manolete que ya se quedó entre nosotros.

La faena del capote y la muleta la protagonizaron sus palabras. Cada una de ellas, compartidas con los grandes poetas y grandes toreros, volaba grácil tanto en chicuelinas sujetas al pecho para terminar de envolver el sentido total del desplante del arte, como en gaoneras que se deslizaban por el lomo del amor al animal mítico que se pretende extinguir. Ella me decía que nunca extinguirán al toro porque sería la primera extinción de la historia hecha a lo vivo, con premeditación, casi con universalidad, sin ni siquiera una pausa para pensar en el rito armonioso y trágico de unos lances tan antiguos como la vida, en un canto del cisne que escenifica la realidad de un amor imposible y, como tal, irremediable. El rito del toro va secuenciando la imposibilidad de un amor que va hacia su despedida y su muerte, sabiendo que ese es su sino y su belleza, como Dante y Beatriz, Petrarca y Laura, Florentino y Fermina.

El tercio de banderillas lo puso cuando recordó a la mujer torera, Cristina Sánchez. Una mujer en un mundo de hombres, una mujer que no podía tener la osadía de tocar el poder de la lidia, una mujer que hubo de retirarse a causa del ostracismo al que la condenaron los hombres machos del toreo, una mujer que demostró que el miedo, el valor, el dolor, la crueldad y el erotismo del toro, también se podían envolver en el vuelo del capote de una mujer. Ese pitón si la enganchó, pero Fanny la levantó ante todos. Siempre la Magdalena.

Discurrió la fiesta entre nombres míticos de toreros como Joselito, Ignacio Sánchez Mejías o Ramón Sijé, a los que entrelazaba con las palabras de Lorca, Hernández y Alberti, palabras desde fuera y desde dentro que aglutinó en su armonioso recorrido poético, que es donde se pueden ensamblar las ideas y las pasiones, por muy contradictorias que sean. Su último descabello, levantando las orejas y el rabo del toro que cogió por los cuernos al principio de la velada, se lo dedicó a Baltasar Garzón y a su mujer, amigos, más que familia, que la estaban acompañando. Todo un símil, todo un brindis al sol, o a la luna, todo un recorrido por lo divino y lo humano, por lo cerrado o abierto, por el tiempo que espera y recoloca, toda una llamada a los presentes y ausentes, a los que encumbran o defenestran, todo un aviso a la sociedad que a veces no saca los pañuelos, o los saca demasiado sin saber por qué hacen una cosa u otra.

Fanny nunca vacía las palabras aunque hayan volado, las recuperamos siempre en esos globos multiformes y coloristas que adornan las manos de nuestros infantes en la feria. Esa es la esperanza que hay que darles cuando se les hayan escapado. No pasa nada, los poetas, y en Linares lo es Fanny Rubio, los recargan hasta parecer nuevos, henchidos y orgullosos, sujetos al poder y la certeza del futuro.

Fanny Rubio dando el Pregón Taurino

Fanny Rubio dando el Pregón Taurino