En España también tenemos un Olimpo propio donde los dioses moran, intentando estar a salvo de las mezquindades de los humanos, al menos durante un tiempo. A este Olimpo, como al otro, no se le ve la cumbre, puede ser alta o baja, no se sabe, porque permanece envuelta en una nube que mantiene la expectación de lo que esconde. Pero yo ya lo sé, a mí me espera y me despide todos los años.

Mi Olimpo particular es el Puerto de El Escudo, una abertura de la Cordillera Cantábrica por la que colarse en Cantabria de la manera más hermosa. Cuando entras, desde mil metros de altura, se derrama un paisaje genuinamente verde, de un verde variado, brillante, repleto, húmedo, distinto. Y es verdad que tiene siempre una nube en su cima que oculta la sorpresa. A partir de ahí nada es comparable con lo que has atravesado, nada se recuerda del camino andado, a no ser otro paisaje, otro puerto, otro cambio que tapiza el ocre de olivos sin fin, Despeñaperros, que también te despide y te espera. Y vuelta a empezar.

Para mí son mis dos referencias. Entre uno y otro el trámite, el pretexto, el puente que une el principio y el final, el inicio y la llegada, lo mires desde donde lo mires, vayas o vengas. Vengo y voy, voy y vengo… ¿Desde y hacia dónde? Para mí es igual, siempre la nostalgia y la ilusión de espaldas o de frente. Estos son los sentimientos que se han repetido en mí durante más de 50 años mientras recorro la Meseta. Yo tengo un Norte y un Sur, no suelo mirar para los lados, el Norte de subida, el Sur de bajada, el Norte que me identifica, el Sur que me hace libre, lo dado y lo elegido. Y todo amado.
Así que hoy os saludo desde mi tierra de origen, Cantabria, mientras me protege la calidez del Sur. Habré cambiado el calor por el fresquito, la cerveza por el vermout, la ensalada por la carne, el aire acondicionado por la colcha, el azul por el verde, las sandalias por los zapatos, la algarabía por el silencio, la recta por la curva, la manga corta por el paraguas, la amistad por la familia y la edad adulta por una niñez de calcetines blancos. Es el tiempo en el que soy más consciente de los dos extremos que conforman y confirman mi paso por la vida, ese echar siempre de menos algo.

Me ha costado bastante entender que es un privilegio contar con dos tierras, dos escenarios, dos chips, dos disgregadores de identidad por lo diferentes y contrarios aún cuando los haya logrado complementar. Me muevo entre tópicos intentando que no alejen las tierras. Es un tópico, por ejemplo, que el norte sea más laborioso y más adusto que el sur aunque sí que lo sedante del paisaje relaja las pasiones. Es un tópico que el sur sea más intrascendente y bullanguero aunque la fuerza del sol pone el corazón más a flor de piel, la lluvia del norte lo esconde para germinar, y eso lleva su tiempo. El corazón del norte se individualiza, se vuelve cortés y aséptico, no demuestra su emoción aunque llore quedo. El sur es más cálido y grita o te absorbe. El norte necesita el sol y el Sur se lo dona mientras se enamora y acoge. Y ya te quedas.

Cantabria es mi tierra, Andalucía es mi gente, así he ensamblado un corazón que creía partido. Al final comprendí que el corazón se regenera siempre, aunque lata más despacio.

Es más fácil que el Norte se quede en el Sur que al contrario, pero tiene que haber una búsqueda y una llamada. Afortunadamente mi familia tuvo las dos cosas y aquí me vine para quedarme. Esa ya fue mi decisión aunque todos los años me mueva entre la nostalgia y la ilusión, de espaldas o de frente, mientras salto de un puerto a otro y todo lo demás sean sólo kilómetros.

Cantabria (Viento Sur) - Foto: Juanjo Minor (Licencia Creative Commons)

Cantabria (Viento Sur) – Foto: Juanjo Minor (Licencia Creative Commons)