En 1.952 llega Vicente Ferrer (1920-2009) a la India, como misionero jesuíta en plena efervescencia de atentados terroristas naxalitas en Nueva Delhi, Calcuta y Bombay, en que las castas más poderosas se disputaban el poder tras la muerte de Gandhi.

Aquello fue un flechazo místico y ascético con Jesús de Nazaret por bandera en una tierra politeísta y sincretista en la que viviría hasta su muerte. En su juventud entra a formar parte de la Compañía de Jesús con la ilusión de cumplir su mayor deseo y desarrollar su vocación: la de ayudar a los demás.

Llega a Mumbai como misionero jesuita para completar su formación espiritual, y allí mantiene su primer contacto con la India. A partir de entonces, dedicará su vida a trabajar para erradicar el sufrimiento de las personas más pobres de ese país.

Lamentablemente, su labor genera muchas suspicacias entre los sectores dirigentes, que ven en él una amenaza a sus intereses y consiguen una orden para expulsarle del país. Ante este hecho, más de 30.000 campesinos y campesinas, secundados por intelectuales y una élite política y religiosa india, se movilizan en una marcha de 250km, desde Manmad hasta Mumbai, para protestar por esa orden de expulsión.

En una entrevista con Vicente Ferrer, la entonces primera ministra india Indira Gandhi, reconoce su gran labor y se compromete a buscar una solución. Como garantía envía este salomónico telegrama: “El padre Vicente Ferrer se irá al extranjero para unas cortas vacaciones y será bien recibido otra vez en la India.”

En 1968, Vicente abandona la India, rumbo a España. Tres meses después consigue el visado de nuevo, gracias al interés personal de Indira Ghandi y se instala en Anantapur (Andhra Pradesh), ante la prohibición de hacerlo en Maharashtra. A su llegada a la árida región, una de las más pobres del país, retoma su lucha y vocación de ayudar a las personas más desfavorecidas. En 1970 deja la Compañía de Jesús y crea, junto a quien se convertirá en su esposa unos meses más tarde, Anne Perry, la Fundación Vicente Ferrer.

Eligió una vida de entrega a los demás, a los más pobres del mundo, una tierra que era el estercolero y la cloaca de este planeta. Una opción por una manera de vivir, que no entendió o no quiso entender la Compañía de Jesús, de la cual formaba parte, hasta el punto de tener que dejar esta congregación religiosa y lanzarse sólo al vacío de la pobreza y la miseria en la India, en una de las zonas más deprimidas del mundo. Su testimonio fue de tal magnitud, por vivir real y radicalmente el Evangelio y el mensaje de Jesús de Nazaret que fue “invitado” (como digo anteriormente) por la entonces primera ministra hindú, Indira Ghandi a abandonar temporalmente el país por miedo a que las castas de mayor nivel social y económico provocaran un enfrentamiento con el gobierno, escandalizados por el testimonio de Fe y Amor que estaba dando a toda la India y en todo el mundo. Se casó y formó una familia, igualmente comprometida con él y con los más desfavorecidos, los parias, los sin techo, los más hambrientos, los más desesperados del mundo, consiguiendo que miles y miles de personas aportaran dinero y bienes para llevar adelante su labor. Una vida de entrega y un compromiso incontestable igual que la santa Teresa de Calcuta.

No quería reconocimientos, no quería premios de ningún tipo, porque consideraba que el dinero de esos premios era un dinero indigno, que no significaba ningún compromiso de las gentes de buena fe.

El consideraba que las aportaciones de las personas, fuese de la cantidad que fuese, era lo que tenía auténtico valor, pues significaba la concienciación de los seres humanos en la solidaridad y el amor. Es lamentable que para proseguir con su labor, tuviese que abandonar la Iglesia oficial que lo consideraba “peligroso y desobediente”.

Vicente Ferrer, tuvo claro que tenía que obedecer a Dios antes que a los hombres y eso fue el valor y la fuerza de su santidad.

Quedé marcado indeleblemente cuando vi el reportaje en Informe Semanal, en 2.009 en el que los hindúes hacían andando, muchísimos kilómetros, cientos de kilómetros, para rendirle el homenaje de despedida.

Consiguió con su fuerza y su tolerancia, unir a las castas enfrentadas entre sí y que su labor fuese conocida en los confines de la tierra. Este tipo de personas hacen que muchos cuestionemos nuestra vida. Alardeamos de bondad, tolerancia, pero cuando conoces a personas así, uno se da cuenta de lo que le falta para desarrollarse como ser humano. No sólo es el compromiso de Vicente Ferrer para con los demás la valía de su inmensidad humana, sino que ha logrado que las gentes con sensibilidad y espíritu de entrega, dentro de sus posibilidades, intenten seguirle en la opción de hacer un mundo más humano y más justo. No hace falta que la Iglesia lo eleve a los altares, porque para el mundo entero era santo en vida, ya que logró poner en evidencia el “Establishment”
de las sociedades occidentales.