Quiero dar un viraje  lo más significativo posible, aunque en esta globalidad es casi inútil, a los temas que nos pueden ocupar estos días. Quiero alejarme de esta competición de desgracias en la que se ha convertido el parche puesto por el gobierno a la  política de desahucios. De ahora en adelante, envueltos en esta magnánima caridad que no justicia, las familias se van a pelear por ser más pobres y más desgraciadas porque así no les quitarán la casa… de momento. “No, yo tengo un hijo minusválido más que tú”. “No, yo es que tengo esta enfermedad que es más grave que la tuya”. “A mí me corresponde antes  que a ti porque mira…” Y desgranan las desgracias como quién cuenta batallitas…  Echar a pelear a los más desfavorecidos me recuerda a  aquellos circos romanos o campos de concentración nazis en los que los orondos  gerifaltes del tiempo contemplaban, que el diablo los confunda, cómo los parias de solemnidad que habían creado y despojado de toda dignidad, se enfrentaban, se embarraban y se mataban entre ellos… No hay nada más horroroso e insoportable. Nunca sabremos hasta dónde puede llegar la abyección más absoluta como para preferirla a la muerte. Asco me da.

Por eso me he decidido, aunque pueda parecer prosaico, a mirar hacia el Occidente, al otro lado del mar, hacia unos países donde yo creo que a todos los españoles siempre nos ha gustado refugiarnos cuando las dificultades nos han acechado: A Latinoamérica, a América Latina, no a Iberoamérica, es la hora de la humildad.  Me ha sorprendido la emoción cuando he escuchado de nuevo el tema América de José Luis Perales en el que ese continente latino por excelencia, EE.UU. es un usurpador de todo y hasta del nombre, huele a guayaba, a bolero,  charanga, maracas, tango, tabaco, inmigrantes de voz cadenciosa y mirada familiar… Y creo que por primera vez en mi vida he deseado mirar hacia allá desde mí misma y no hacia la fría, prepotente, impasible y sabihonda Europa. Nunca hasta ahora había sentido a este país nuestro tan irreconocible, tan incómodo, tan injusto, tan enrarecido, tan contaminado, tan falto de creatividad y de aptitud. No sabía, cuando lo pensé, que este tema me iba a mover tanto. No sabía que estaba tan mal.

Este fin de semana pasado se ha celebrado por vigésimo segunda vez la cumbre Iberoamericana, que no, que Latinoamericana, en Cádiz. Cádiz tenía todas las papeletas por ser la sede del bicentenario de la Constitución del 12, aquella Pepa que a nosotros nos sirvió de poco pero que a las repúblicas latinoamericanas, con Simón Bolívar a la cabeza, las impulsó a la independencia. Y me parece muy bien, es mejor que ahora formemos un conjunto de países libres, 22 países, 600 millones de habitantes, que mantener la preponderancia de nadie, es mejor la hermandad que la patriarcalidad, porque todo va lineal de lado a lado y nadie puede arrogarse el dominio, lo que nos une ya está unido hace siglos, el idioma acerca y es un grado tener un pasado común. Algunos de ellos mantienen todavía la bondad, todos los que no se han convertido en nuevos ricos y nuevos cultos. La política va después por su lado, normalmente siguiendo a la economía y olvidando cualquier ápice idealista.

Con esto quiero decir que aunque no comparto sus regímenes dictatoriales ni le tengo demasiada confianza a sus  procesos democráticos, no puedo menos que considerarlos de la misma rama y destino hispanos. ¿Quién nos iba a decir que podíamos pedirles claramente que nos ayuden a salir de esta crisis? ¿Podíamos haber imaginado que el Rey, que es quien puede hacerlo sin bajarse los pantalones, iba a casi suplicar que  inviertan aquí? ¿Hay diferencia entre aquel “por qué no te callas” y este discurso? ¡Cómo cambian las cosas…! Ya no somos compadres, ya no se muestran como alumnado deferente, ya excusan su presencia con disculpas banales, ya hacen ostensibles las diferencias y mantienen las disidencias con rostros enfurruñados. La vieja España dejó sus heridas pero sigue manteniendo el hilo que une más que separa, o tal vez sea que tengamos el mismo enemigo o que conozcan demasiado bien lo que es sentirse en la cuerda floja y en nombre de la familia, como en Navidad, hagan un paréntesis de buena voluntad. Luego se verá.

En esta cumbre algo ha cambiado, bastante. Se ha dejado constancia de que el eje del mundo ya no pasa por Europa, que España puede mirar hacia el Nuevo Continente y no hacia el Viejo. Allí todo está por descubrir, aquí está todo descubierto. Una relación renovada en la que España deje de ser el epicentro, en la que recuperemos la fe en el trabajo y la construcción de un ambiente justo. Ya sé que nada es la panacea, allí persisten parecidas desigualdades,  ellos van por detrás, tienen muchos problemas aún, no nos vamos a descubrir nada ahora, pero es posible que estén en el camino de alcanzar la madurez que nosotros estamos perdiendo a pasos agigantados. Podemos decir lo que queramos pero en ello están,  aquí  está todo visto.

De cualquier forma, no me puedo resistir a pensar si nosotros cuando ellos, algunos, estuvieron en dificultades, con una deuda impresionante, supimos ayudarles. Supongo que sí, pero yo recuerdo más cuando ellos nos han ayudado a nosotros, sobre todo en la acogida a todos nuestros cerebros o emprendedores tras la guerra civil y tengo la sensación de estar en deuda con ellos, no sé si es porque se corresponde con la realidad o porque nuestra actitud de hermandad haya tenido  la humildad que ahora expresamos. A mí me han gustado siempre los latinoamericanos y los llamo así porque a ellos les gusta que les llamen así, me gusta reconocerme en otros iguales, me encanta pensar que son de la familia y ahora me consuela mirar hacia ellos, a ese paisaje de tierra verde, piel morena y sal. Y lugar donde respirar.

Hemos mantenido lazos, nos hemos domesticado. Necesitamos a Latinoamérica y no sólo desde el punto de vista crematístico porque ellos ahora estén en bonanza y progreso lento y seguro, sino porque necesitamos su abrazo y que nos inviten una temporada a sus casas. Tal vez en el 2015 en Méjico donde pueda quedar el espíritu de Cortés y Malinche, y después de todo lo aprendido y pasado, podamos tener la sensación de empezar de nuevo.

A la gente se nos impele a que vayamos siendo más sabios a medida que vamos siendo más viejos… Los países no, el mundo no aprende, al mundo no le importa ser más sabio, el mundo quiere ser más rico. Unos pocos, el resto desaparece. No sé, al final todo lo que ha pasado en esta cumbre tal vez haya sido cuestión de pelas y yo soy una ilusa. Seguramente.

Niños danzando en Chivay (Perú) – Foto: Jordi Casasempere