Traer hoy aquí a Clara Campoamor es un paso más, ante quienes me leéis, para identificarme como mujer que está atenta a las injusticias que se cometen contra las mujeres y que pasan desapercibidas o minimizadas por la sociedad que “no está ahora para esas cosas”. También por supuesto, me preocupo y denuncio las cosas más graves, pero esas las vemos todos porque entendemos de derechos humanos, lo que no vemos normalmente son esas otras que se catalogan “de mujeres” y que parece que aburren antes de empezar. Maniobras dilatorias, al fin, en estos tiempos.

A las personas que luchan por los derechos de las mujeres se les llama feministas y soy consciente de que es una palabra que levanta ampollas tanto en las mujeres como en los hombres. Yo tengo que decir que lo soy aunque no voy a negar la polémica que pretende deslegitimar el nombre o la identidad del feminismo sólo porque haya muchas mujeres que no la asumen. Con eso ya cuento, esta circunstancia real no quita el verdadero discurso: que las mujeres somos tratadas injustamente, analizadas desde otra vara de medir, catalogadas según realicen, a juicio de una sociedad poco libre de pensamiento y actitud, su función maternal y de intendencia de las familias. Y de los hombres.

Siempre se me argumenta que muchas mujeres no son feministas como si eso desinflara la finalidad última. Yo sé que eso es verdad pero una verdad a medias. Todas las mujeres de una u otra manera defienden y avanzan como mujeres aunque el nombrecito les repela, quizá porque se ha estigmatizado el pasado en la imagen de disturbios, luchas, detenciones y hasta muertes por afrontar una injusticia no vista por todos. Y con una intencionalidad histórica que no se puede ocultar. Es como si ahora pusiéramos cara de asco ante los manifestantes del 15 M, 25 S y demás fechas porque hemos visto todos los disturbios y enfrentamientos con el orden establecido. Ahora no se nos ocurriría ir contra ellos, están manifestándose por lo que creen y defienden lo que piensan, por eso tengo que decir que cómo mínimo espero lo mismo para las luchas de las mujeres en cualquiera de sus reivindicaciones. Las leyes han sido elaboradas por hombres, desde la perspectiva de hombres y por tanto las mujeres, a no ser que llamen la atención sobre ello, se quedan fuera de las mismas. Pero ¡ojo! fuera para lo que se cree les compete como mujeres o interfiere en lo que los hombres han decidido para ellas, nunca para que se libren de impuestos, ivas, multas y demás deberes y responsabilidades tocantes a la ciudadanía. Una mujer es igual ante la ley, como todos, pero de ahí a no ser juzgada según el rol de madre y mantenedora de la vida, va un abismo. En bastante se ha avanzado en nuestra etapa democrática, sobre todo para procurar una igualdad legal, pero debemos estar de acuerdo en que esa igualdad no ha empapado la convivencia diaria y profunda. Hay todavía mucho trabajo por hacer, desmantelar una injusticia de siglos no es cosa de dos días, pero los pasos se van dando, sobre todo por parte de mujeres y hombres que se consideran feministas y que luchan contra esta injusticia milenaria.

El pasado día 1 de 0ctubre se cumplieron 81 años del debate crucial que sobre el voto femenino tuvo que protagonizar Clara Campoamor en las Cortes de la Segunda República. Esta mujer valiosa y desde luego referente para todas nosotras, fue muchas cosas antes de sacarse su carrera de derecho en muy poco tiempo. Me imagino lo que tuvo que pelear antes de poder pertenecer al Partido Radical y acceder a las elecciones de aquel oasis ilusionante de principios del siglo XX. Era un momento en el que las mujeres podían ser elegidas pero no electoras aunque, afortunadamente, por ese resquicio se pudo colar para conseguir uno de los mayores logros, para mí, de la Humanidad de aquel tiempo: El voto de las mujeres. Este partido significaba todo lo que su ideal perseguía: republicano, liberal, laico y democrático.

Pronto entró a formar parte de la Comisión para elaborar el proyecto de la nueva Constitución, una de las más democráticas que tenemos en nuestra historia. Ahora me da por pensar que en la nuestra de 1.978 no hay madres de la constitución, sólo padres. Y mujeres haberlas, húbolas, muchas, sólo podemos recordar a la Pasionaria, María Zambrano, Victoria Camps y de nuevo Clara Campoamor vuelta del exilio, por proponer algunos nombres. Yo sólo planteo que se pudo llamar a alguna mujer y dialogar con toda clase de ideas encabezadas por hombres, pero, y esto suena a cachondeo, incluso se prefirió a Santiago Carrillo, al que valoro, a un partido proscrito en esos albores democráticos y no a ninguna mujer. Es muy sintomático pero ¿sabéis lo que pienso? Que simplemente se les olvidó, así de fácil de explicar y así de difícil de culpabilizar. Las mujeres no contamos, si las mujeres no hacen ruido y protestan no se les tiene en cuenta, de esa manera más tonta e interesada funcionan las cosas, pero bueno eso otro día que no me quiero explayar en este recodo injusto en el que perdería un poco mi habitual moderación. Pero llegará, no os preocupéis. Y pronto, id investigando el 25 N, noooo, las elecciones catalanas noooo, otra cosa más importante y trágica.

Bueno, pues en su tiempo pronto Clara Campoamor se dejó notar. Consiguió concienciar y legislar para que no hubiera discriminación por razón de sexo, que existiera la igualdad jurídica de los hijos e hijas habidos tanto dentro como fuera del matrimonio, el divorcio y muchas más cosas destinadas a establecer una justicia para todos… y todo eso lo obtuvo con relativa facilidad. Pero cuando llegó a la petición del sufragio universal eso ya era otro cantar, lo enfático de universal, como en la Revolución Francesa, no incluía a las mujeres. Las mujeres eran inferiores, se dejaban influir por los curas, no tenían criterio, votarían a las derechas, eran un problema, seguro que hasta se diría que la política era cosa de hombres. Mucha izquierda pero el género iguala, no se nos olvide, un corporativismo blindado por los siglos. Ahí fue cuando hubo que llegar a las Cortes, batirse el cobre, aguantar decepciones y traiciones, desgañitarse y hacer el discurso que vale por toda una vida, la suya, pero también para todas las que vendríamos después. En ese momento mi agradecimiento es absoluto.

Pero ¿Cuál fue el discurso en el que puso tanta convicción como para conseguir este hito tan importante, y no digo para las mujeres, sino para el mundo? Clara habló desde la mujer, desde el ser humano y desde la justicia. Fue haciendo un recorrido por todas las aportaciones de las mujeres en luchas, defensas, mantenimientos, deberes, obligaciones, transmisiones y sacrificios codo con codo y sin escaquearse ni un milímetro de lo que demandaba, no su casa, sino su tiempo y su sociedad. Puso de manifiesto que las mujeres tenían el mismo derecho, que habían trabajado por la república, que habían luchado por ella. Dejó flotando en el aire que las leyes que las condenaban al ostracismo habían sido hechas por hombres, en absoluto por mandato divino y según ellas, se las apartaba. No se apartaba a los mendigos ni a los analfabetos, ni a los proscritos, se apartaba a las mujeres Cuando he leído este discurso, después de algún tiempo, me ha vuelto a invadir esa sensación de hartazgo, porque es verdad las mujeres llevamos muchos siglos diciendo lo mismo y nos repetimos. Pero no importa, seguimos ahí, llamémoslo X pero seguimos ahí, en una lucha tenaz, irrenunciable e incruenta. ¿Quién puede decir lo mismo de las soluciones drásticas de los hombres en tantas guerras? No somos responsables de los hechos históricos porque no hemos gobernado como género nunca. Y no saquemos Isabeles de todos los países y tiempos, que no es igual.

Una cosa curiosa que se argüía para que las mujeres no votásemos, era el analfabetismo. Las mujeres éramos analfabetas. Me hace mucha gracia porque resulta que estadísticamente, lo mismo entonces que ahora, las mujeres salimos del analfabetismo antes que los hombres y de hecho hay menos analfabetas mujeres. Quizá han llegado más tarde pero han culminado en la realidad su acceso a la alfabetización. Constatable. Por ahí no colaba.

Se me puede decir también que hubo otra mujer enfrente, Victoria Kent, que no estaba de acuerdo en darle el voto a las mujeres. Pobre argumento porque el caso es que nunca me ha ofendido este hecho, eso dio lugar a un enfrentamiento enriquecedor y limpio al evidenciar que las mujeres tenemos convicciones e ideas propias, que no somos clones y que también podemos poner alguna vez la política por encima de la justicia y el sentido común. Hay de todo, pero eso no merma el enriquecimiento de la colectividad. Pero de eso también habría mucho que hablar, y dudo mucho que Victoria Kent tuviera un concepto más alto de la Política que Clara Campoamor. Y os lo argumento.

Clara Campoamor estaba convencida de que la República tenía que recabar para la Historia el honor de ser quien le diera el voto a las mujeres. Lo tenía clarísimo. Pensaba que sería un error dejar al margen a la mujer y que este logro se pudiera conseguir en otro momento, de involución incluso, y por intenciones más espúreas. Por último era mujer y no me extraña nada que pensara que era, que sería, más romántico debérselo a la República. Lo tenía muy claro porque sus últimas palabras en ese discurso fueron: “Nadie como yo sirve en estos momentos a la República tanto como yo lo estoy haciendo”. Ese año de grata memoria por muchas cosas, 1.931, le fue concedido constitucionalmente el voto a la mujer. Y a mí con todas.

Paradójicamente no salió elegida en las siguientes elecciones en las que por primera vez votaban las mujeres, qué me vais a contar, y terminó sus ideales en el exilio. Actualmente se la valora, se la recuerda, se le dedican calles, plazas, en Linares hay una placeta dedicada a ella, se le ha acuñado una moneda de plata de 20 Euros con su efigie… Todo eso está muy bien pero yo no necesito plazas ni calles, yo cada vez que voto y veo a una mujer votar me acuerdo de ella y le doy las gracias. Aunque la visibilidad es impagable.

Pues después de todo esto os diré que Clara Campoamor es feminista, mirad qué descubrimiento, es un icono del feminismo, como tantas otras que nos han precedido o nos acompañan hoy. Ella llegó al feminismo a través de la justicia antes que de la igualdad. Yo soy de las que pienso que la igualdad es el fin pero que no se puede llegar a él antes de que se reparen las injusticias. Hay muchas cosas en las que trabajar todavía, por eso igualdad sí y se va avanzando, pero que quienes piensen que estamos iguales que sepan que no es así, que hay que esperar hasta que lleguemos las demás. Los hombres a los que les conviene cerrar en falso este proceso, que todavía no se suban al carro pretendiendo que ya estamos igual, que no. Que no pasa nada, que esperen charlando de sus cosas en la Glorieta de Andrés Segovia mientras las mujeres avanzamos por el Paseo con las nuestras, y que cuando lleguemos las compartimos, conciliamos y ya salimos juntos hacia La Virgen, un buen paseo, que es lo suyo.

En fin, podemos decir que hay muchas clases de mujeres, muchas ideas en las mujeres, incluso diferentes, muchas formas de vida… de todo, que sí pero como en todos, no somos diferentes. Pero que yo os digo que ninguna va a ir contra sí misma, que seguiremos trabajando por una igualdad real y que no importa que no guste el nombrecito, aunque lo reivindico, porque en el fondo todas son feministas, porque todas persiguen la justicia.

Discurso de Clara Campoamor