Hay personas que desde que nacieron, viven atrapados por un sentimiento enfermizo de odio a los demás. Y lo triste es que no tienen ningún fundamento para rechazar sistemáticamente a la gente. Sería interesante poder entrar en el laberinto neuronal y pasional de estos sujetos y poder determinar qué suerte de desajuste emocional tienen, porque lo que es evidente es que bien no están. Creo que el odio y la venganza son sentimientos que hacen sufrir indeciblemente a quienes lo padecen, pero ello no es óbice para que la persona odiada, elucubre qué motivo puede tener quien lanza su odio contra ella. Yo, como todos y cada uno de ustedes, tengo mis odiadores personales y resulta curioso que una vez fuesen algunos de ellos amigos míos. Uno se pregunta qué ha podido hacer para merecer ese desprecio y no encuentra respuesta a ello. Lo que no deja de ser incomprensible, es que el odio de esas personas en muchos casos, es proporcional al grado de amistad que antes se tuvo. Como consecuencia del odio está la venganza y si pueden fastidiarlo a uno, que no quepa duda que lo harán. Suele decirse que la venganza es un plato que se sirve mejor frío, cosa que no comparto, pues el tiempo que se está odiando y paralelamente pensando en un modo de vengarse de otra persona, es veneno que estamos almacenando en nuestro interior, provocando nuestra propia destrucción como seres humanos. Luego, este tipo de gente, vive cabreada con el mundo, llevando su malestar a todos sitios a los que va. Yo suelo pasado el tiempo de duelo, dar carpetazo al asunto y olvidar a esas personas, porque no merecen un segundo de mi pensamiento. Muchas veces hay que tener sangre fría y entereza, porque si uno le da demasiadas vueltas a la cabeza se perjudica personalmente. La persona que intencionadamente, intenta hacer daño a otra con un acto vengativo, tiene un nombre y de esas hay bastantes. Es más elegante y sano, no devolver el daño sin poner claro está, la otra mejilla y aplicar el viejo proverbio oriental que dice: “ Cuando te ofendan, siéntate a la puerta de tu casa a ver pasar el cadáver de tu enemigo” porque en esta vida todo se paga, todo vuelve a su sitio, el que debe de tener. Una vez, pude vengarme de alguien que casi me hace perder mi puesto de trabajo como profesor. Circunstancias de la vida permitieron que años después, yo estuviera en un tribunal en el que el susodicho se jugaba una plaza para toda su vida. Éramos cinco los miembros del tribunal y en el momento de defender su tesis, yo argumenté una indisposición y me retiré durante el rato que duró su exposición. Después entré y pregunté a mis compañeros cómo lo había hecho y ellos me contestaron que no precisamente para tirar cohetes. Yo no lo evalué, aprobó y me sentí muy satisfecho conmigo mismo. Eso para mí fue mejor que la venganza, porque dormí muy a gusto. No pierdan el tiempo odiando, no merece la pena.

El arte de la venganza - Foto: Jordi Casasempere