¿Es posible la libertad como forma diferente a la de estado mental subjetivo?

Al margen, o no, de considerar la libertad del individuo, o de los pueblos, como un mito más occidental que Universal, de reciente creación y necesidad (…si no eres libre, no serás feliz, si no eres feliz, no serás libre…) creo que la libertad, en el más amplio de sus sentidos, no es posible. Y no lo es, en primer lugar porque no está en nuestra mano la elección de nacer o no hacerlo, por que nacemos en una familia determinada -no elegida- pobre o rica, con unos principios o con otros, o sin ellos, con un estilo educativo determinado; también en un lugar y en un entorno preestablecidos de antemano por quien sabe (dios para los creyentes, el azar para lo que no lo son, una conjunción cósmica para los más soñadores…), en Iraq, en el Congo o en Suecia, por ejemplo.
Después, en un plano más pormenorizado, cuando adoptamos un comportamiento determinado o una acción concreta, en realidad no somos tan libres como creemos al tomar la decisión de llevarlos a cabo. Son miles de variables o factores externos a nosotros los que influyen y determinan el actuar de una manera y no de otra; desde la educación recibida en la familia, en el colegio y en la calle, hasta el momento sociocultural y político que se viva, con sus diferentes paradigmas filosóficos, éticos, morales, psicológicos, etc. al frente, pasando por la conducta de quienes nos rodean, o de quienes sabemos algo de ellos por lo medios de comunicación o por el boca a boca. La esclavitud no sólo estaba legalizada en la Antigua Grecia o en el mundo moderno occidental, si no que era signo de prestigio social tener el mayor número de esclavos, por ejemplo; y en la actualidad, lo pueblos africanos o asiáticos que siguen practicando la esclavitud, se ven como salvajes desde ese mismo mundo occidental.
El margen de libertad en la elección de una actitud o un comportamiento se va reduciendo también conforme desarrollamos afectos personales y generales: por una pareja, por un hijo, por un amigo o por una ideología, una religión, un sector de la población desprotegido, por nuestros prototipos humanos (héroes, villanos, progresistas, conservadores, humanistas, materialistas, beligerantes, pacifistas…). El reduccionismo aumenta cuando emplazamos a las emociones y a los sentimientos y a la función coercitiva que estos ejercen sobre la libertad: a veces actuamos a sabiendas de que no es la mejor manera de hacerlo llevados por la mano de emociones como el amor, el odio, la envidia, la ira… ¿Qué padre no busca argumentos (falsos) para justificar el comportamiento incorrecto de sus hijos? (¡Es qué es muy tímido!, decimos, en lugar de admitir que es un mal educado, por ejemplo; ¡suspende porque la profesora “X” le ha tomado manía! No admitiendo que “no ha dado palo al agua”…)
Para cercenar las pocas posibilidades libertarias que pudieran restar, está el funcionamiento de una parte esencial de nuestro cerebro, el “irracional (sistema límbico con la Amígdala al frente), ese que toma decisiones sin que nuestra consciencia las advierta y si bien a veces acierta para salvarnos la vida, son muchas las que provoca errores y nos hace sentirnos mal, crearnos prejuicios y dar por hecho ideas que nos venden como universales, pero que no lo son en realidad y, lo peor, sin libertad: confundimos un gesto de algún ser querido y lo tratamos como una agresión; el machismo nos inculca que el hombre “posee” a la mujer, conducimos como animales sin darnos cuenta que quién nos adelanta no es un enemigo, nos castigamos con el tabaco, con el alcohol y otras drogas sin saber bien por qué, nos preguntamos con frecuencia ¿cómo he podido yo decir o hacer tal cosa? etc. Esta coacción a la libertad está en nuestros propios genes.
A esto hay que sumar como mediatizan nuestra voluntad los poderes económicos, políticos, religiosos y medios de información o que le hubiera tocado vivir en un país sin democracia, sin libertad de expresión y sin una Justicia independiente…
Entonces sólo nos queda el doble consuelo de considerar que los pensamientos propios, como decía Descartes, es lo único libremente elegido que tenemos (habría mucho qué decir al respecto después de lo visto) o que lo que he expuesto en este artículo es entera o parcialmente falso o imposible; pero no olvide que el auto engaño es una de las triquiñuelas que posee el cerebro humano para poder sobrevivir.