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Oligarquía

Con frecuencia culpamos a los demás de nuestros males. Cuando nos sucede algo positivo queremos reconocer que es mérito propio, que nos lo hemos ganado y por tanto merecemos. Pero cuando lo ocurrido es de orden negativo, entonces sí buscamos motivos de culpa fuera de nosotros; un acto, si no de injusticia, al menos de irresponsabilidad.
No podemos negar que muchos de los males que vive la sociedad actual, española en general y andaluza en particular, han sido provocados en unos casos, facilitados en otros, por una minoría que ostenta el poder económico, político, cultural, informativo o espiritual del país y del mundo globalizado, aunque, en gran medida nosotros, las personas comunes, los de a pie, hemos contribuido también, y bastante, bien con nuestra pasividad, bien con nuestra fe ciega en un sistema democrático de partidos que en su momento funcionó y nos fue útil, pero en el que ahora sólo parece importar el presente (el pasado sólo para utilizarlo como arma arrojadiza contra los contrincantes políticos; del futuro, como el chiste, mejor ni hablamos), sin otros planes a medio o a largo plazo que no sean obtener más votos en las urnas para seguir aposentados en el poder o desbancar a los que en él están sin importar tanto las circunstancias propias de los ciudadanos, sin diseñar de manera más o menos consensuada políticas económicas, de empleo, educativas, judiciales, etc.
En un sistema así, la mayoría participamos cada cuatro años ejerciendo nuestro derecho electoral, nos manifestamos en la calle dos o tres veces en nuestra vida y siempre siguiendo las directrices de algún grupo de poder (gobierno, oposición, iglesia, sindicatos, etc.) o firmamos en un papel dónde se nos pide que estemos a favor o en contra de algo que nunca llegará a nada. En cualquier caso, acallamos la conciencia y creemos que hemos cumplido con nuestra obligación y nos auto engañamos diciendo “yo he hecho lo que debía hacer, ahora les toca a los otros, a los gobernantes, a los poderosos, actuar” o peor, nos lamentamos “haga lo que haga da igual, todos son iguales y siempre estarán arriba”. Perdemos la noción de que a casi todos esos representantes los hemos elegido nosotros y si hacen bien o mal su trabajo, si aprueban o rechazan una ley, si su política económica abarata el despido o propicia cinco millones de parados, si perjudica a muchos y beneficia a pocos, es sobre todo responsabilidad nuestra.
¿Cuánto hace que no participamos en un referéndum serio, no como el último, el de la Constitución Europea? ¿Cuánto hace que no exigimos que la ley sea igual para todos? ¿Qué hacemos para no contentarnos con qué el delincuente no sólo cumpla un tiempo simbólico en la cárcel, si no que también devuelva lo robado? ¿Y para que a los asesinos de niñas le sea arrancada la verdad? ¿O para que una mujer más no muera a manos de su “pareja”? ¿No hay más salida que la jubilación a los 67? ¿De verdad necesitamos cuatriplicar las instituciones (Gobiernos central, autonómico, diputaciones y ayuntamientos) para hacer lo mismo? ¿Es necesaria una Cámara, que se nos vende como inútil, como el Senado? ¿Por qué este afán recaudatorio de las instituciones públicas siempre machacando a los mismos, no a los ricos, ni a los vagos, si no a los curritos con nómina de siempre? Hay tantas y tantas cosas por las que movilizarse; ¿por qué no modificar la Constitución si así lo consideráramos una gran mayoría de españoles? ¿Hay algún partido político que propugne, no todas, tan sólo un par de propuestas similares a las descritas?
El conformismo social en el que hemos caído, la apatía, la cultura de la subvención antes que la del empleo que hemos aceptado como buena no puede escudarse con exclusividad en la manipulación a la que nos vemos sometidos a diario por medios de comunicación (casi todos dependientes de algún poder), partidos, sindicatos, mal llamados movimientos solidarios, etc. Alguna responsabilidad tendremos también nosotros, los ciudadanos normales. No debemos olvidar que la comodidad nos puede llevar a un sistema bien diferente al democrático, a una perniciosa oligarquía (ver su significado en el diccionario si lo desconoce), si no hemos caído ya en ella.

Senado - Foto: Roberto García (CC)

Juan Francisco Rodríguez Martínez (Ad Contrarium) Estudió Psicología en la Universidad de Granada. Es Terapeuta Psicomotriz con formación en Técnicas Corporales por CITAP (Madrid) y en Técnicas Teatrales por la UNED. Ha impartido cursos en Andalucía de diversas temáticas relacionadas con su profesión. Escritor de relatos premiados a nivel nacional, es también autor teatral y dirige grupos de teatro no profesionales. Columnista de diversas publicaciones y colaborador de Linares28 desde su creación.

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