Todos nos preguntábamos, ¿dónde están esos cinco millones de parados?, ¿dónde ese más del 20% de familias que viven por debajo del umbral de la pobreza? ¡No será para tanto!, nos decíamos para acallar las conciencias de los que por fortuna podemos seguir trabajando. ¿Por qué escritos como los de Stéphane Hessel (“Indignaos”) son despreciados por la gran mayoría de la sociedad? ¿Por qué hay tanta indiferencia, tanto conformismo anarco-burgués ante la corrupción de políticos y partidos?¿Por qué la Justicia está tan politizada y, por tanto, salpicada de corrupción también?¿Por qué hay impunidad para una clase privilegiada de ciudadanos?¿Por qué fenómenos como el fútbol congrega a miles en los estadios y a millones frente a “la caja tonta”, mientras el paro, la corrupción y las desigualdades sólo moviliza a unos cientos de personas politizadas?

Ahora hay una respuesta cuyo detonante no es otro que unas elecciones municipales y autonómicas, un movimiento surgido, aparentemente de todas aquéllas carencias y falta de razones que se abre camino entre el anquilosado sistema de partidos, que lanza un grito de esperanza y de cambio al viento, que si bien proviene de sectores de la izquierda ya los ha sobrepasado, aglutinando personas de toda ideología y condición, unidas por el cansancio de ver como los principios de nuestra democracia se desmoronan gracias a una clase política despilfarradora y a una sociedad pasiva.
No quedan excusas para los partidos políticos; la oposición por acomodaticia, el gobierno porque ha tenido siete años para afrontar la crisis, la pequeña oposición porque, hasta hace bien poco, ha otorgado el beneplácito de la condescendencia al gobierno, aparecen obsoletos.
Esta revolución pacífica, como todo elemento distorsionador del sistema, está siendo descalificada, en mayor o menor medida, por todos los que “viven del propio sistema”. Desde la derecha se ve como un intento de ruptura del orden impuesto que pronto podría llevarla al poder, desde la izquierda como un atentado a la labor realizada en las últimas legislaturas que podría llevarla a perder aquél, desde los sindicatos con el miedo que conlleva apoyar iniciativas que atentan contra la mano que les da de comer (el sistema), desde la banca con el temor a perder los desorbitados privilegios que hasta ahora han venido disfrutando, a pesar de su ineptitud para con los ciudadanos y para impedir o paliar la crisis que, en gran medida han provocado, desde las multinacionales con horror ante la presumible caída de su imperio y, desde la pequeña empresa con la cautela de la incertidumbre ante lo porvenir, “a ver si van a romper escaparates”.
Así, desde muchos de estos sectores, se buscan excusas para desprestigiar el movimiento ciudadano sin atender a que, por el momento, ninguno de sus alegatos muestran consignas de partido político o movimiento similar alguno. De dicha movilización se dicen muchas cosas, pero, según la información que se desprende de sus comunicados (en las plazas públicas, a través de Internet…) se desprenden ideas tales como que es falso que sólo traigan protestas y no propuestas, pues estas son más concretas que algunos programas electorales, piden políticos responsables que no estén en contra de la sociedad y que no utilicen las instituciones de todos para su interés personal, no rechazan la democracia, quieren más democracia, que la soberanía resida en el pueblo, no en los mercados ni en la banca, exigen una reforma electoral, para que cualquier voto de cualquier ciudadano valga lo mismo, es en este voto en el que creen, no son antisistema, al menos no tanto como la corrupción, la injusticia o la impunidad, son pacíficos, apenas ha habido incidentes, a pesar de la muchísima gente que se manifiesta, son apartidistas, no apolíticos, muchos de ellos son jóvenes (abajo el mito de la generación “nini”), pero hay personas de toda edad, sexo y condición, no son abstencionistas, piden un voto responsable y, según proclaman con entusiasmo, el movimiento no va a acabar el 22M, pretenden seguir con sus protestas después del mismo, con independencia de los resultados electorales.
Una buena razón para seguir con expectación e ilusión este movimiento inconformista ronda por la red estos días. Son más de cincuenta los imputados, de casi todas las formaciones políticas, que se presentan a las elecciones municipales y autonómicas el 22M. Así, hay 20 candidatos imputados del PSOE, unos 24 del PP, 2 de IU, 1 de CIU, 1 de ERC, 1 de C Canaria, 1 del BNG, 1 de U Cordobesa, 1 de UTpS, 1 de NSP y 1, expulsado ya de su partido, de UPyD. Frente a aquellos que piensan que la imputación no es una condena les preguntaría si contratarían a una persona imputada para cuidar a sus hijos mientras ellos trabajan. Una persona pública, un político no sólo debe ser honesto u honrado, además debe parecerlo.
Con respecto al movimiento ciudadano denominado 15M y gane quien gane el 22M (seguro que no pierde ninguno, pues como siempre, no habrá partido capaz de reconocer su derrota), lo importante será que nos concienciemos de lo que los ciudadanos -de cualquier ideología- están demandando pacíficamente y que estos gritos no queden en cantos de sirena tras las elecciones municipales y ante las próximas generales; ojala tomen buena nota los partidos políticos, los sindicatos, las fuerzas socioeconómicas de este país y de occidente y faciliten la mejora o el cambio del sistema. Si alguna de ambas premisas no se cumple, esto será una manera más de calmar la insatisfacción y la indignación de los menos favorecidos y una forma de acallar la conciencia de los más, como el fútbol o la F1.

Pancartas en la Puerta del Sol. (Fotografía de "Democracia real YA" Facebook)