Noventa y ocho años hace que fue escrito este artículo por la mano de Don Mariano de La Paz Gómez y Rodríguez. Esto fue publicado por la revista Don Lope de Sosa en abril de 1913. Para ver más fotografías y un vídeo de El Piélago pincha aquí.

El Piélago, por Don Mariano de La Paz Gómez y Rodríguez.

“Entre los lugares verdaderamente curiosos y dignos de visitarse de nuestra provincia, merece singular mención aquel cuyo nombre encabeza estas líneas, y que constituye uno de esos bellos rincones donde la naturaleza prodigó espléndidamente sus encantos y en donde el hombre dejó impresas en épocas remotas las huellas de su industria, quedando vestigios de su labor que aún testigos mudos de tiempos que pasaron y de civilizaciones que ha muchos siglos desaparecieron.

No puede El Piélago catalogarse entre los sitios desconocidos; su proximidad a Vadollano, punto de empalme de la línea general de Madrid con el ramal que conduce a Linares, hace que sea aquel pintoresco paraje uno de los puntos de regocijo campestre predilectos y familiares para muchas personas de esta última población; pero fuera de ella son pocos los que tienen noticia del lugar mencionado, el cual, aunque apenas dista dos kilómetros de una de las grandes arterias de nuestra red ferroviaria, por estar encerrado entre dos colinas, pasa completamente desapercibido para el viajero, como si no quisiera descubrir sus bellezas sino tan solo al que intencionadamente lo vista.

Un camino de herradura que parte de Vadollano con dirección al Nordeste, es el que conduce al Piélago; antes de llegar a este nótense en dicho camino extraños trozos empedrados, de contornos rigurosamente paralelos; son restos de la calzada romana que conducía al puente del Piélago, contemporáneo de dicha empedrada vía. El puente romano cuenta con dos ojos de muy desiguales dimensiones, cimentados en la roca viva, y en los que se admira una solidez perfecta, tanto más notable cuanto que, descarnado por completo el pavimento superior de la obra, queda esta reducida al arco sustentador, que no obstante el transcurso de los años y de los siglos, se conserva enhiesto e inconmovible a pesar del abandono absoluto en que se le tiene. Inmediato al puente y denotando por su construcción proceder de la misma época, se encuentra un extraño embovedado en donde las aguas del rió penetran por un extremo, para hallar salida en el otro, como indicando que en el interior de aquella bóveda agitaron en remotas épocas algún artefacto hidráulico análogo al de los actuales molinos.

El paisaje en que se encuentra emplazadas estas obras, es de un encanto difícil de describir con alguna exactitud; su nota característica es una transición violenta, una extraña y rápida variación del conjunto; más arriba del puente, el rió Guarrizas detiene su corriente, embalsándose en apacibles remansos, cuya tersa superficie refleja en vivas notas de color la variada vegetación de las riberas; en cambio, al llegar al puente, muda bruscamente la decoración; se levantan enormes y peladas masas graníticas por entre las cuales, dividido en dos brazos, pasa el rió, cuyas aguas saltan bruscamente primero, entre las rompientes, para precipitarse después en dos cascadas, juguetona y escalonada la más pequeña, torrencial, imponente y estruendosa la de mayor caudal. En la parte inferior de ambas cascadas, vuelven a juntarse los brazos del rió en un profundo remanso, tras el cual otro más extenso, en forma de risueño lago vuelve a ser fiel espejo donde se reproduce el paisaje de las orillas: pero ya no se reflejan en el los vivos colores de una flora espléndida, si no el gris uniforme y monótono, severo e imponente de las enormes masa graníticas, por entre cuyos bloques pasan las cascadas y que son cimiento indestructible del puente romano.

Curioso en extremo sería poder desentrañar la historia de este con todos sus pormenores; hoy existen nuevos puentes que dan paso sobre el rió a modernas vías de comunicación, y solamente algún que otro pastor o labriego y un escaso número de excursionistas, posan sus pié sobre el desmoronado arco del puente del Piélago; de muy distinto modo ocurriría cuando las águilas romanas recorrían triunfantes la península; la existencia en el termino de Linares de restos de poblados y fortalezas que en la antigüedad tuvieron indiscutible importancia, y la ausencia de todo otro puente antiguo sobre el Guarrizas, demuestran que el del Piélago debió dar paso a una vía tan importante como frecuentada, tan concurrida en tiempo de paz como apetecida y disputada en épocas de guerra.

Si el puente que nos ocupa fuese un ser espiritual, capaz de recordar su pasado y relatarnos sus impresiones, ¡cuantos misterios nos revelaría! ¡De cuantos actos desconocidos de abyección y vileza habrá sido testigo, y cuanto rasgo hermoso de abnegación e ignorado heroísmo habrá, también ocurrido a su presencia! Pero aún seria más interesante conocer el juicio que formaba sobre su actual destino; saber si sentía nostalgias y envidias por su pasada popularidad o si se conceptuaba más feliz en su aislamiento de hoy, separando el mundanal ruido y arrullado por los trinos de las aves y por el ritmo monótono de las cascadas que se precipitan en nítidas espumas sobre las rocas.

Más no es así; masa inerte de piedra, el puente romano ni guarda recuerdo de lo pasado, ni conoce lo presente, ni le preocupa lo porvenir; impávido e insensible sobre su trono de granito, asiste al transcurso de los siglos y a la sucesión de los pueblos sin que las miserias humanas le preocupen, resistiendo con la estoica firmeza de los seres inanimados, las injurias del tiempo y el abandono de los hombres.”

EL PIÉLAGO EN DICIEMBRE 2010