COMENTAR O LEER

Leo y escucho con alguna frecuencia lo que se dice en mi entorno sobre la comunicación, ese campo tan controvertido hoy. Encontramos o buscamos gran cantidad de inconvenientes que impiden conocer y/o expresarnos con acierto y placer compartidos lo que podría interesarnos más. Unas veces es el comprensible exceso de mensajes el que nos va alejando del disfrute de una lectura sosegada y completa. Otras, es la falta de un ritmo trepidante, que por contra dificulta la deseable reflexión, lo que hace dejar una lectura en las primeras líneas, o tras pocas imágenes a un visual iniciado con poca garra. Son éstas, aunque no únicas, las causas que nos impiden acercarnos más a la satisfacción cultural mencionada. Junto a ellas podemos encontrar otras razones, igualmente ajenas a nuestra voluntad. La mercantilización competitiva de esta sociedad resta empatía a otros valores e incluso a quienes los detentan en nuestro entorno. El caso es que, entre causas impuestas o por nuestra propia voluntad, la comunicación tiende a ser menor, más ligera y -con frecuencia- más superficial.
Además del precoz abandono de lectura y escritura, podemos encontrar casos de lectura parcial que, más allá de limitaciones de comprensión, se pueden deber a cierto sectarismo selectivo. En algún caso, los prejuicios con que se encara un mensaje, llevan a algún lector a ignorar el tema abordado, para pasar a pronunciarse sobre lo que cree saber del autor del mensaje. Esa civilizada discrepancia nos hace recordar a Juan de Mairena, la otra voz de Machado, al decir: Por cada diez españoles, uno piensa y nueve embisten. Con el deseo de que la proporción vaya disminuyendo con el tiempo, para que la lectura y diálogo aumenten y los prejuicios aminoren, seguimos adelante.

Hay otra versión, bastante más frecuente y bien intencionada, que se centra en el comentario. En este terreno, cada cual usa de su libertad para ser más parco o generoso a la hora de exteriorizar su parecer. Es, hasta cierto punto, entendible que -animados en el debate- nos centremos en aquellos puntos que más nos interesan o sobre los que podemos exponer una opinión más clara o lucida. Son siempre de agradecer todas las observaciones, más si aportan alguna versión que ayude a completar la verdad , aun desde la más extrrema discrepancia y con el habitual respeto debido.

En algún caso, me ha sorprendido la dificultad que alguién encontraba a la hora de comentar un texto. Trato de encontrar explicación a dicha situación considerando el propio texto, el ambiente que se produce, e incluso-por si lo encontrara- en el atribulado comentarista. En el ámbito del aprendizaje del lenguaje el “comentario de texto” incluía apartados varios: Se desde los errores mecanográficos y/o ortográficos, para acabar en el contexto social al que se refiere, sin olvidar por supuesto , el vocabulario, la redacción y estructura. Hay otros aspectos, más de contenido y frecuentes entre personas adultas. En todo discurso puede haber una parte más informativa y otra más discutible, en tanto que se inscribe más en el campo de la opinión. Aunque ninguna de las dos es estrictamente separable de la otra, si que se pueden matizar aspectos de cada una. Sobre la información, también se puede decir lo que se quiera, pero sobre todos si es veraz o falsa, suficiente o incompleta, clara o tergiversada,.. En todo caso es más rebatible con el aporte de documentación o pruebas que aclaren lo que no sea cristalino. En cuanto a la opinión, se podría decir exagerando, que como sobre los gustos, no hay nada escrito. Pero, dejando aparte caprichos o exageraciones, desde la libertad de cada cual, se pueden -y normalmente se hace- aportar razones que alumbren el propio y ajeno criterio. En todo caso, desde el normal respeto y aun incluyendo la mayor de las discrepacias, siempre se aprende, y avanza la convivencia.

Aunque después de estas reflexiones, es cierto que tampoco llego a aclararme del todo sobre las dificultades citadas para comentar. También sobre el pesimismo o tisteza, que pueden rezumar algunos escritos, vuelvo a dudar sobre lo que apuntaba Saramago que tal visión sea el resultado de un optimismo más informado. Volvemos a lidiar entre lo que sabemos, o creemos saber, y lo que opinamos. A ese respecto, entiendo muy deseable -y más en situaciones de crisis- perseverar en la discrepancia civilizada que aune esfuerzos y enriquezca el pensamiento creativo. Será acertado en eso tener también presente a Antonio Machado cuando decía : “ni tu verdad ni la mía, vayamos juntos a buscarla”.

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