Cuando miramos y vemos que estamos muy lejos de la costa, el gen egoísta, el gen corrupto, que teóricamente todos llevamos dentro, es posible que haya triunfado sobre nuestra honestidad. Quizá ese gen esté ya en algún paraíso fiscal lejos de esa costa nuestra.
El canto de las sirenas, representa en la mitología antigua, el poder del espejismo y el hechizo para apartar al hombre de su ruta. Ulises sabedor del hechizo, pide a sus marineros que lo aten al mástil para no sucumbir ante esos bellos cantos y en este caso los casos de sirena, invitaban a viajar fuera con la riqueza quizá adquirida de forma espuria, ilegítima, fraudulenta…
Cuando se ven cada día los desmanes de esta sociedad ecocida, fratricida, depredadora y egoísta, se duda seriamente de la evolución de la humanidad.
Parece que las tesis de Charles Darwin de la lucha por la existencia y la “supervivencia de los más aptos” (los más canallas, los más ricos, los más corruptos) se confirman más cada día.
La economía de mercado, los sistemas financieros y la banca internacional se frotan las manos en esta pobre sociedad angustiada por sobrevivir.
La escuela griega de Epicuro, propugnaba la búsqueda del placer y la ausencia del dolor. Pero la felicidad a toda costa, no puede ser el único objetivo en la vida, porque entonces aparecen el egoísmo, la iniquidad y los paraísos fiscales.
El egoísta es una persona adoradora de sí misma, presuntuosa, vanidosa, no le interesa nada los demás.
Por el contrario, una persona altruista es la que tiene un sentimiento de bondad, de filantropía, de olvidarse de su yo, para estar con las necesidades del otro.
No olvidemos que lo que damos a otros, nos lo estamos dando a nosotros mismos.
Se cuenta que un agricultor, producía un maíz que ganaba todos los años el premio a la mejor producción en cuanto a calidad. Él compartía todas sus semillas con los demás. Cuando le preguntaron por qué regalaba parte de sus semillas él respondió: “Sencillo. Las regalo para que los demás lo siembren en sus huertos y así los pajarillos, insectos y el propio viento, volverán a traer el polen de sus panochas a mi propio terreno”. Era una persona altruista, pero también un labrador inteligente. A fin de cuentas el altruismo es inteligencia, porque es imposible ayudar a otro desinteresadamente sin ayudarse uno a sí mismo.
Del egoísta podría decirse que nada en una piscina de “ausencia de inteligencia” desde la que ve a los demás imbéciles, inferiores, porque no han sabido lograr lo que él.
En 1976, el biólogo británico Richard Dawkins publicó un revolucionario libro, «El gen egoísta». Dawkins practica una rama de la biología que se llama Etología, es decir, el estudio científico del comportamiento humano comparado con el de los animales. La tesis fundamental, es que la biología explica perfectamente lo que ocurre en la sociedad. Y que nuestro comportamiento está escrito en los genes.
Según él, los instintos animales están en los genes y eso define lo que somos.
Aun estando de acuerdo con Dawkins en muchas cosas, creo que ésta es una visión que me parece demasiado exagerada y reduccionista de lo humano. O quizá no.
En “El gen egoísta” se divulgan las tesis de la llamada Sociobiología.
El propósito de Dawkins es examinar la biología del altruismo y del egoísmo. Los seres humanos, ¿somos capaces de amar, entregarnos a otra persona o a otras personas sin esperar nada a cambio? Dawkins, opina que nadie hace nada sin esperar recompensa.
Para Dawkins, el Homo Sapiens es el único ser capaz de hacer frente y llevar la contraria a los dictados de los genes egoístas, pero muchas veces no lo hace.
Para no “comernos” unos a otros, dice, hemos inventado la arquitectura social. Quizá siga siendo cierto lo que Hobbes expresaba: “Homo hominis lupus”
¿Y qué pasa entonces con el amor?
Las palabras “ilusión” y “espejismo” las trata Dawkins, para desenmascarar nuestros engaños.
Pero, ¿Queda la palabra “amor” encerrada en las mentes engañadas y en las palabras de los poetas? ¿Es un sentimiento para sobrevivir a la angustia?
Desde la sociología de la calle y el sentido común, basta abrir los ojos para quedarnos admirados ante los ejemplos de amor que vemos cada día.
Basta una mínima sensibilidad, un mínimo asombro ante la sonrisa tierna de un niño, madres en la cabecera de la cama de un hijo en el hospital, la labor de tanta gente anónima, que arriesga su vida en los infiernos de este planeta, infiernos que nosotros hemos creado. Y cómo no, los donativos de personas anónimas, de grandes cantidades de dinero para que los comedores sociales puedan pagar gas y electricidad y seguir funcionando.











