EMPECEMOS POR UN PARA SIEMPRE

Love - Malter Moretti (Licencia Creative Commons)

No me apetecía hablar de amor,  pero no voy a dejar pasar la fecha sin felicitaros y alegrarme por  los que aman y son amados, por quienes comparten en el mismo momento la ilusión, por los que todavía hablan en cualquier banco o terraza, por quienes se eternizan hablando por WhatsApp mientras el mundo se difumina, por quienes perseveran. En fin, por quienes están enamorados, que no es lo mismo que amar. Uno puede estar enamorado y no llegar a amar, pero quien llega a amar sí ha estado enamorado. En este sentido del día 14, os felicito. No es mi día… es el vuestro.

Y  a propósito del tema, os contaré una anécdota. Un día me llamó a atención, de una manera sorpresiva, la frase de una pared que cerraba un descampado dónde seguro había estado una construcción más o menos grande, más o menos antigua, de más o menos un hogar, o de muchos hogares, o de ninguno, porque sólo reciben ese nombre —hogar — cuando el amor acaricia las paredes de cualquier espacio de convivencia.  Era una pared como cualquier de las que hay en nuestra ciudad, en la cual se escenifican deseos, o improperios, en forma  frases lapidarias o dibujos anónimos  ya indelebles. La frase, negro sobre blanco, con letra  todavía inmadura, decía así: “Empecemos por decir para siempre”. Y era rematada con un pequeño corazón.

Me paré en seco mientras fumaba mi eterno cigarrillo, y, en principio, una emoción muy parecida a la ternura se instaló en mi cabeza pensando en el arrobo y la ingenuidad de quien la escribiera. Sentí una cierta melancolía mientras pensaba… ¿Adónde irán todas las frases, todos los pensamientos de quien quiere escribirlos? Como en la canción de Víctor Manuel. Una de las más bellas. Escuchadla como regalo.

Me quedé leyéndola despacio y analicé las palabras que contenía.  Había sólo 5 palabras, todas en línea, para qué más. Utilizaba la primera persona del plural, lo que significaba un “nosotros”. Apostaba por una verbalización casi escéptica pero que esperaba la ralentización de la ruleta, decidida a jugar.  Finalmente, terminaba con la palabra “siempre”, cuando es un adverbio que no existe en su significado, cuando sólo propone un ideal, una utopía si todo parece ir bien, o un castigo, un tormento, cuando todo parece ir mal. Siempre es una palabra rotunda, demasiado rotunda para no ser eterna. Pero también es una palabra quieta e inamovible. Y suele consolar.

Seguí quieta y  fue entonces cuando me empezó a apetecer muchísimo hablar de amor, o de desamor, lo que sea. La observación inicial se había transformado en experiencia y recuerdo, que es a lo que se recurre a ciertos años cuando ya a una se le perdona casi todo. El caso es que me puse a buscar el momento, porque no se puede hablar de amor de cualquier manera, hay que hacerlo cuando se puede extraer el recuerdo antes de que se difumine del todo. Afortunadamente lo he encontrado hoy, más por vosotros que por mí, junto a las cenizas donde moran las vivencias, con una actitud de encuentro y despedida mientras se reconocen los cimientos que te han llevado a ser como eres. Y a estar dónde estás. Y a amar como amas.

Y volviendo al siempre. ¿Qué tiene la palabra siempre? ¿Por qué no es amor el que no tuvo un siempre? Todos fueron — o son — amores, lo que pasa es que seguimos basándonos en la duración como si esta fuera la medida de la verdad. Y no,  fueran lo que fueran, instantáneos o perdurables, fueron amor, lo fueron en su siempre. Además, si existiera el “para siempre” sólo se podría haber tenido un amor. O no? Y, sin embargo, solemos tener bastantes a lo largo de las etapas de la vida, más de los que reconoceríamos. Así que felicito a mis amores, a esos que llamamos amores, reales, imaginarios, creados, soñados, platónicos, posibles, imposibles, probables, improbables, secretos, ostensibles, tóxicos, sanos, pasados y futuros.  A algunos nunca nos arrepentiremos de haberlos sentido, siempre tienen sus causas y sus consecuencias, sus aprendizajes.  Me alegra que me persigan aún muchas sonrisas, algunos besos, ciertas manos, pequeñas o grandes añoranzas, fríos o cálidos te quieros, inesperados o esperados adioses. Y me digo ¿por qué tendrían que haber sido para siempre? Están bien como están.

Por eso, hoy, a todos ellos, que por llamarlos amores, no fueron para siempre, les dedico el día. Porque el amor depende, pero el enamoramiento sí es para siempre.

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