NEMESIO Y LAS HOSTIAS SIN CONSAGRAR

La palabra Hostia, en latín significa «víctima ofrecida en sacrificio». La creencia de los católicos, impuesta por la Iglesia desde el Concilio de Trento  (1545-1563) es que Cristo se encuentra en persona en la Hostia.

A servidor, le gusta el sabor de la hostia (reminiscencias de monaguillo, que además, nos trincábamos unas pocas para comérnoslas con una onza de Chocolae Kitín Nogueroles).  Decia que me gusta su sabor, sobre todo mojadas en un buen moscatel, pero como a falta del “mosca” se despacha un buen mollati en los figones de este pueblo, me mojo en el bálsamo rojo manchego, los recortes de hostias que alguien me trae de los sagrados obradores de unas benditas monjas de un “conven”  o cenobio cercano a estos lares.

Pues jincándome una bolsa de casi un cuarto de kilo del citado material en cierto bareto, me tocan repetidamente en el hombro con la punta de los dedos. Yo ya había notado el edor a carajillo que traía el que solicitaba mi atención…

 Después no tuve más remedio que girar el cuello y….maldición, lo sabía. Era Nemesio el Rojo. Y digo rojo, no sólo por su “indeología y su sentí” como él dice, sino por el caldo de Baco que se mete en el saco digestivo.  Se quedó mirando la transparente “borsa” de recortes hostiales, en el que las buenas monjitas, deberían haber metido bastantes hostias algo defectuosas en fabricación…. Y el muy mamón, lo primero que vio fueron las hostias entre los recortes. Con cara de espanto y sin anestesia me enjareta: “Eres un beato mierdoso, que no sólo me cabreas en tu Santo con los cuadros esos del puñetero beaterío, sino quendemás te veo aquí comiéndote eso. “¡Pide unos callos con chorizo, que es lo que yo me voy a pedí, porque me vas a envitá, si o sí, que ha sío verte y cabrearme; a ver si así se me pasa la mala leche!

Sí, le dije; usted Nemesio, la tiene pero condensada. Y el muy gorrón dice a voz en grito: “¡Oye joven, ponme un tintorro der güeno y un cazoleto grande de callos y garbanzos con chorizo!”

¿Qué vino quiere el señor? Dice el camarero  “¡Qué señor ni hostias. Yo me llamo Nemesio, NE- ME- SIO. Señor, es en quien cree este beato de mierda, porque yo soy ateo y rojo con un par de cojones!”

¡Contra, Vd. es Nemesio, el personaje de quien me habla tanto y tan bien el amigo Juan!… Ya al abuelo, le cambió la cara y el ceño fruncido de malafollá, pasó a un aspecto tan suave como el culete de un bebé.

 El camarero le dio la mano y le dijo: Me alegro de conocerlo, porque es usted muy famoso. Al abuelo ya se le empezaban a notar los espasmos “sesuales”

Ponle un tintorro del bueno, le dije yo. Y antes de que le echara el vino, el viejo pone la mano encima de la copa y le espeta: Oye “¿Tú eres rojo también?”

El camarero me mira desconcertado y yo le indico disimuladamente con un gesto afirmativo. Y el chaval le dice: Tanto como Vd. Nemesio.

 “Pos ahora si me llenas, que tu y yo sí que nos vamos a entender. No como el Parrillosky este de los cojones, que sa vuerto un beato meapilas que ma icío que va a votá ar Riverita ese, que tié cara de…”  Eh, eh, Nemesio, que cada uno puede votar a quien le dé la gana.

“Mira niñato, si mentero que votas a ese, te los corto de cuajo… y te endiño una mascá que te acuerdas de mí pa toa la vida. “¡Quiero otro vino, coño, que ya mas cabreao!”

 Llevaría ya tres coporros(que como siempre pago yo) amén de los susodichos carajillos que se jinca en un tugurio de mala muerte, porque son más baratos y como los efluvios etílicos lo apaciguan me suelta:

 “Bueno retiro lo del tajo en los güitos y  lo de la mascá, porque me estoy acordando der piojoso ese que le endiñó la hostia al Presi, y a eso no hay derecho… Pero yo soy Rojo, que no se te orvide niñato!”

Yo también, Nemesio. “¿Tú Rojo como yo, so chupacandaos?”

Quiero decir que yo también condeno el hostión al Presidente, pero por lo demás, Rajoy está empezando a caerme bien.

“¡Vete a tomar por el culo, so cabronazo!”

 Los mayores primero, Nemesio, los mayores  primero. Que a mí me educaron muy bien y siempre cedo el paso a los mayores.

Saliendo por la puerta se vuelve y me dice: “¡No sé por qué me ajunto con la morralla!” Y allí me dejó con mis recortes y mis hostias. Claro y de pagano.

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