DE  Y  A   EDUARDO   GALEANO   Y   LA  EMANCIPACIÓN

 

            Es frecuente que en nuestra tierra nos acordemos más con frecuencia cuando una persona conocida y próxima ha muerto. No tienen nada particular que dediquemos una atención desigual, a veces desenfocada o poco ponderada, a los funerales. No es el caso que hoy me ocupa. De ahí las preposiciones que abren el título de este escrito.

Eduardo Galeano es una persona con la que mantengo un diálogo frecuente, en el que pienso perseverar pese a su reciente fallecimiento al cumplir setenta y cinco años. Lo conocí hace más de treinta años cuando leí por primera vez su obra Las venas abiertas de América Latina. Desde entonces he mantenido un fluido contacto con su obra y con su trayectoria vital seguida en la distancia. Mi amiga Virgilia y otras personas, como Antonio, que nos acompañamos en la preocupación por lo que viene ocurriendo en dicho continente me hacen llegar escritos y vídeos de escritos y/o entrevistas de este escritor uruguayo. Al rememorar alguna de sus obras, pensamientos o vivencias, no puedo por menos que tener presente a ese pequeño país, del que sufrió exilio, donde compartió la bonhomía solidaria de José Mújica y la magia comprometida de los poemas de Mario Benedetti.

Hace unas semanas me llegaba un texto sencillo, corto y fundamental-como son habitualmente los suyos- celebrando el último 12 de Octubre titulado 1.492: América descubre el capitalismo. En esta obra, de apenas una decena de páginas mejoraba, con la sabiduría y sensibilidad crecientes, lo que ya adelantaba en el libro antes citado. Con su maestra sencillez saca brillo a tanto saber precolombino como ha quedado vedado al conocimiento de lo que llamamos modernidad. Con esa mirada limpia de sus azules ojos nos sugería la calma solidaria que tanto ensalza en las comunidades de Bolivia o Brasil, y que con frecuencia añoramos en  nuestro mercantil ambiente.

En su obra, además del compromiso por la liberación  de sus hermanos iberoamericanos, hay un tensión humanista que traspasa con mucho las fronteras políticas, culturales  y éticas en la búsqueda de la solidaridad de la única raza humana. Ello nos lo empieza a insinuar en Vagamundo y otros relatos en el que acoge la injusticia y los falsos orgullos que generan desencuentros. En La canción de nosotros ya apunta ese sujeto colectivo de la gran mayoría de desheredados que veía venir a este presente cada vez más injusto. Días y noches de amor y de guerra es prácticamente el mismo relato que se viene produciendo por los acercamientos y desencuentros en ese sujeto colectivo. Memoria del fuego habla de un pasado precolombino casi siempre ignorado. En Libro de los abrazos mezcla el cariño con el respeto que, como en Sombreros, nos pueden mostrar los nativos de Bolivia cuando reconvierten esta prenda, en principio usada por los conquistadores como señal distintiva de posesión de los esclavos asignados, en algo personalizado con adornos y revestido de dignidad personal y colectiva.. En Nosotros decimos no, en Ser como ellos en Las palabras andantes y en otras obras vuelve a insistir en lo aprendido de la sencillez y la capacidad de avance real que de la misma se puede ofrecer al mundo. En es línea de influir en aprendizaje colectivo, publica Patas arriba: La escuela del mundo al revés.

Entre los muchos calificativos que vengo propiciando para este admirado y poliédrico personaje, yo destacaría el de su humanismo emancipador. Tanto al hablar de los indígenas de las distintas zonas rurales y apartadas, como de los gamines o de los nadies de la ciudad que en principio no se valoran ni por el costo de bala que los va a matar, lo que bulle en su obra-vida es el aliento emancipador. Emancipación que ha de empezar en tales personas , como en los demás quienes las miramos con lástima y orgullo discutibles. Esta continua aspiración emancipadora de la humanidad late con más fuerza premonitoria en sus últimas obras : Bocas del tiempo, Espejos: Una historia universal o Mujeres. En este libro acumula  escritos nuevos, junto a algunos anteriores entrañables. Yo recuerdo con frecuencia uno entrañable. En él cuenta como los hombres torpes y crueles de una tribu, para acabar con un beneficioso régimen de matriarcado, asesinan a sus mujeres adultas y reducen la dignidad de las niñas al papel degradado, en que en general permanecen.

Más que por gratitud, que tan bien, para con tan solidaria persona, hacer que siga Galeano enriqueciendo este atribulado presente, es nuestra conveniencia para el bien colectivo. 

Invitación a que siga vivo.

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